martes, octubre 09, 2007

Náufragos en las Malvinas (1812)

Durante varios años no hubo autoridad en las islas Malvinas. Como vimos, los españoles habían retirado a sus gobernantes. Si bien Buenos Aires las daba por suyas, en las islas no había ningún tipo de gobierno. Muchos barcos de diferentes banderas, ingleses y estadounidenses sobretodo, utilizaban las islas como puerto de recalada en viajes más largos. O se dedicaban a la explotación de los recursos naturales de las islas, como pieles de focas y lobos marinos.

El capitán Charles H. Barnard, protagonista de nuestra historia, era uno de estos marinos; conocía muy bien las Malvinas, por haberlas explorado en expediciones anteriores.
En esta ocasión Barnard había preparado una expedición, que parecía iba a ser un éxito rotundo. Imaginó ir a las Malvinas con una tripulación de marinos experimentados dispuestos a permanecer un invierno en ellas. El plan consistía en que el buque volvería al puerto de origen una vez terminada la labor de caza, pero un grupo de hombres sería dejado en tierra para continuar con la matanza de focas. Cuando el barco volviese, recogería a la tripulación y el cargamento e iría a China, el mejor mercado del momento para vender la mercadería.
Zarparon de Estados Unidos el 12 de abril de 1812. Una tripulación experta acompañaba a Barnard, incluido su padre de sesenta años, quien se encargaría de conducir al Nanina, su barco, de regreso a Nueva York. El 7 de septiembre arribaron a las Malvinas, exactamente a la isla Goicoechea, New Island según ingleses y norteamericanos. Enseguida armaron una ballenera bastante grande, que traían desarmada, y que utilizarían para movilizarse. Una vez lista, comenzaron la cacería por las islas cercanas. En uno de esos viajes se encontraron con un buque compatriota, que les avisó sobre el comienzo de una guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña.

Luego de un tiempo se trasladaron a la Gran Malvina, y siguieron allí con la cacería. Uno de esos días de caza, vieron a lo lejos una columna de humo. Barnard decidió ir a averiguar a qué se debía ese humo, para descartar que fuese una autoridad de Buenos Aires. Descubrió que eran náufragos ingleses, cuarenta y siete sobrevivientes del buque inglés Isabella, que iba desde Australia a Londres cuando naufragó.

Náufragos ingleses

Antes de seguir vamos a ver quiénes eran estos ingleses, y qué hacían ahí.
Por una impericia de su capitán, George Higton (se dijo que estaba ebrio), el Isabella naufragó en Pig Point, en el islote Speedwell, al norte de la isla Soledad. Esto ocurrió el 9 de febrero de 1813. El Isabella transportaba a unos pasajeros bastante curiosos. Australia, en esos tiempos, era la cárcel de Gran Bretaña; allí enviaban a todos los indeseables, incluso a menesterosos o indigentes cuyo único delito cometido era el de ser pobre. Viajaban, aparte de los once de la tripulación, dos importantes militares con sus esposas e hijos; la acompañante del capitán, Mary Ann Spencer, mujer codiciada por muchos; y el más curioso de todos, sir Henry Hays, entre otros.

Hays había conseguido su título de nobleza brindándole una ayuda especial a un ministro. Luego raptó a una joven de buena posición económica para casarse con ella. Por este hecho fue encarcelado y sentenciado a cadena perpetua en Australia. Después de catorce años, brindó su ayuda al Gobernador de Australia en un momento oportuno, y recibió a cambio la conmutación de su pena. Entonces emprendió el regreso a su patria en el Isabella.

Luego del accidente, los ingleses se trasladaron a tierra en un bote y dejaron que el barco se hundiese. Como no tenían muchas provisiones, decidieron ir en busca de ayuda. Enviaron para esto al capitán Brooks, uno de los pasajeros del Isabella, al mando de un bote. La idea era llegar al primer puerto que avistasen, y pedir ayuda. En el bote iban también el teniente Loudin y cuatro marineros. Lo increíble fue que llegaron al Río de la Plata tras recorrer más de mil ochocientos kilómetros. Partieron el 22 de febrero, y llegaron a Buenos Aires el 31 de marzo, tras poco más de un mes de viaje. Una vez en Buenos Aires pidieron auxilio a la estación naval inglesa en el Río de la Plata, al mando del capitán Heywood, quien envió un buque que socorriera a los náufragos. La casualidad nos da otro personaje curioso, este Heywood había sido víctima del famoso motín del Bounty en 1789, sobre el cual se filma-ron dos películas, la última protagonizada por Mel Gibson.

Salvadores burlados

Mientras tanto Barnard ayudaba a los náufragos ingleses. Les contó del estado de guerra entre sus respectivas naciones, firmaron un convenio y embarcó parte de los sobrevivientes, mujeres y niños. Luego Barnard llevó a esta gente al campamento, donde estaba su buque; recordemos que estaban en la ballenera. En el lugar del naufragio quedaron algunos hombres de Barnard y el resto de los ingleses con la misión de recoger todo lo que sirviese de la nave hundida.

Los estadounideses comenzaron a preparar el Nanina para partir en busca del resto de la gente y poder llevarlos a algún lugar seguro. Mientras se realizaban los preparativos, Barnard, junto con cuatro voluntarios y su perro de caza llamado Cent partieron en la ballenera a cazar pájaros y chanchos salvajes en la isla San Rafael. Tres de los voluntarios eran ingleses, el otro era uno de los hombres de Barnard. Volvieron al anochecer luego de una buena jornada de caza. Una tremenda sorpresa los esperaba: el Nanina había desaparecido. Los ingleses habían capturado el barco, y huido. Buscaron por todos lados, aunque sea alguna una carta aclaratoria, pero no había nada.

Lo primero que hacen los nuevos náufragos, es lanzar el bote que les quedaba al mar, y tratar de llegar al lugar del naufragio inglés, pero los fuertes vientos se los impidió. Tratan de cruzar una parte de la Gran Malvina por tierra arrastrando el bote, pero el mal tiempo, la debilidad y la falta de alimentos, deciden a Barnard a volver a San Rafael, donde se podrían abastecer fácilmente de alimento.

El 12 de julio llegan al lugar, dos días más tarde se dirigen a la isla Goicoechea. Barnard organiza todo muy bien, el trabajo se reparte entre todos (tres ingleses y dos estadounidenses), unos cazaban chanchos salvajes y focas, y otros hacían ropa con las pieles obtenidas; tenían que pasar el invierno. Y no descuidaban la vigilancia de las costas, por si aparecía algún auxilio.

Nuevo abandono

Así pasaron los meses, y el 10 de octubre los cuatro compañeros de Barnard se apoderaron del bote y de Cent, el perro, y se fugaron; lo dejaron solo y sin nada. Se habían llevado el único medio de transporte que tenían, los ele-mentos para encender fuego y todo lo demás.

Sin desatender el fuego que había quedado prendido, ya que no tenía medios para volver a encenderlo, Barnard se las fue ingeniando para sobrevivir. Construyó una pequeña choza de piedras, erigió un mástil con una bandera de pieles; hasta se construyó una cacerola para cocinar con un pedazo de chapa. Luego de varios días descubrió un nuevo sistema para encender el fuego. Los meses fueron pasando, y en diciembre regresaron los compañeros de Barnard, arrepentidos; volvían con el bote intacto y con el perro Cent. Barnard no castigó a nadie, estaba en inferioridad de condiciones, pero volvió a tomar el mando de la pequeña comunidad de náufragos. Los cuatro marineros le contaron sus andanzas. Lo primero que habían hecho fue llegar hasta el lugar del naufragio inglés, para ver si había algo de valor, pero los ingleses que robaron el Nanina, ya se habían llevado todo. Sólo habían dejado una botella que contenía noticias de ellos. Decían que habían robado el Nanina y abandonado a su salvador, porque tenían miedo que Barnard los tomase como prisioneros de guerra.

El tiempo siguió pasando para los náufragos. Los cinco se llevaban bien, pero uno de ellos era muy problemático; Samuel Ansel, uno de los tres marineros ingleses, y el principal instigador del abandono de Barnard, en meses pasados. Como Ansel no dejaba de protestar y contradecir al capitán, Barnard decidió amonestarlo. El 29 de diciembre de 1813, lo dejaron solo en las costas de la isla San Rafael, para que meditase y escarmentase. Apenas en febrero de 1814 lo fueron a buscar. Había escarmentado, ahora estaba más sociable y dócil.

Como el tiempo pasaba y no había señales de auxilio, Barnard se preparó para pasar el nuevo invierno. Los me-ses pasaron más lentos. Fueron nuevamente al lugar del naufragio inglés, y consiguieron clavos, sogas, lonas, algu-nas maderas, trece papas y unos anteojos, los cuales servían para prender el fuego.

Salvación

Finalmente, luego de un año y nueve meses de abandono, el 25 de noviembre, aparecen unos barcos en Goicoechea , donde estaban los cinco náufragos. Eran dos buques ingleses que venían a salvarlos. Allí se enteraron finalmente de qué fue lo que pasó cuando Barnard y sus cuatro acompañantes se fueron a buscar provisiones.

El capitán inglés Durie ayudado por sus hombres armados y por los demás ingleses rescatados, dominaron a la tripulación de Barnard y controlaron al Nanina. Luego fueron en busca de los ingleses que quedaban en el lugar del naufragio, y allí se encontraron con un barco inglés, que había sido enviado desde Buenos Aires para socorrerlos. El capitán de ese barco tomó posesión del Nanina como botín de guerra; así fue enviado a Río de Janeiro y luego a Inglaterra. Y nadie se volvió a acordar de Barnard y los cuatro marineros.

Pero finalmente, fueron rescatados y se repartieron en los dos barcos ingleses, Barnard junto a dos de sus compañeros en uno y los otros dos, en el otro. Pero no iban a Buenos Aires ni a ningún puerto conveniente para los exnáufragos, ya que cruzaron el Cabo de Hornos, al sur de Tierra del Fuego, en dirección al Pacífico. No tocarían puerto en muchos meses. Por eso Barnard decidió hacer una de las suyas y llegar a la costa americana por su cuenta.

Largo camino a casa

Barnard, sus dos compatriotas y el perro Cent arriaron su bote, que los ingleses habían salvado, a muchas millas del continente y partieron en busca de algún puerto americano. Llegaron a Pisco, y de allí puerto en puerto, hasta llegar a Lima. Allí vieron al cónsul estadounidense, quien los ayudó en todo lo que pudo. Le consiguió a Barnard un lugar en el buque Eliza, que partió el 16 de mayo de 1815 hacia el sur. Pero la impaciencia por volver a la patria pudo más con Barnard. El buque Eliza era un pesquero, se detuvo a pescar en una de las islas Juan Fernández, frente a la costa de Chile. Barnard decidió desembarcar y pasar el tiempo en la isla.

Luego de un mes en la isla, el 20 de agosto, llegó otro buque, llamado Millwood, Barnard entro en tratos con ellos y se enteró de que iba a Cantón, China; y de ahí seguiría directamente a Estados Unidos. Se embarcó enseguida, antes dando aviso a los del Eliza. Si no se olvidaron, Cantón era el destino original de Barnard, al que al fin llegó algunos años más tarde.

Por último Barnard se trasbordó a otro barco, y finalmente logró llegar a Estados Unidos el 24 de octubre de 1816, luego de más de cuatro años de ausencia. Pero no se quedó quieto, al poco tiempo de llegar, ya partía nuevamente en una expedición pesquera... Finalmente, era un hombre de mar.

Para saber más

Caillet-Bois, Ricardo. Una tierra argentina, Las Islas Malvinas. Jacobo Peuser. Buenos Aires, 1948.
Canclini, Arnoldo. Malvinas. Su historia en historias. Buenos Aires, Planeta, 2000.
Fitte, Ernesto J. Una aventura de náufragos en las Islas Malvinas. Buenos Aires, 1959.
Groussac, Paul. Las Islas Malvinas. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1936.

1 comentario:

Esther Gómez dijo...

Me encantó la historia