martes, julio 24, 2007

La Sierra de la Plata y el Rey Blanco

Los guaraníes de la costa brasileña contaban que muy al occidente estaba la riquísima tierra de los caracaraes, dominio del Rey Blanco, en donde había una gran sierra de plata (no rica en plata sino maciza) ríos de oro y maravillas indecibles. Entrando por el Río de la Plata se podían cargar los barcos con metales preciosos, aún lo más grandes. Los súbditos del Rey Blanco llevaban coronas de plata en la cabeza y planchas de oro colgadas al cuello.

Muchos exploradores españoles fueron deslumbrados por las constantes noticias que daban los indios sobre la Sierra de la Plata y del imperio grandioso que se hallaba hacia el occidente ignoto, custodiado por un gran dragón invencible. A este dragón bien lo podría representar la impenetrable selva del gran Chaco, y como veremos mas adelante fue finalmente vencido.

Su origen

Los incas irradiaron esplendor y riqueza por toda América del Sur; en tiempos anteriores a la conquista española.

Los guaraníes realizaron grandes emigraciones hacia las tierras incaicas del Perú con ánimo de conquista, pero fueron expulsados. Algunos, en su regreso, se establecieron en el gran Chaco y en las tierras paraguayas. Ya en las costas del Brasil, se encargaron de divulgar la fama de la Sierra de la Plata, de las ricas minas de Charcas. La noticia era cierta, pero deformada por el reflejo incaico, y mal calculada en su distancia del cerro Saigpurum, luego descubierto y llamado Potosí por los españoles.

Primera búsqueda

Corría el año 1516, y tres naves volvían a España por el río Paraná Guazú tras haber descubierto este inmenso río al que Juan Díaz de Solís llamó Mar Dulce. Los huesos del gran Capitán quedaron junto con los de varios compañeros en esas playas, luego de una matanza seguida de un ritual antropofágico de la cual sólo se salvó, de todo el grupo de desembarco, el grumete Francisco del Puerto. Luego, la pequeña flota pasó, sin su Almirante, junto a la isla Yurúminrín que más tarde Sebastian Caboto bautizaría con el nombre de Santa Catalina, en la costa del Brasil. Una de las carabelas, retrasada, naufragó en el Puerto de los Patos, la costa frente a la isla; quedaron ahí abandona-dos dieciocho tripulantes.

Estos náufragos se enteraron de la historia de la Sierra de la Plata. Uno de ellos, Alejo García, decidió realizar una expedición en su busca. Hay que aclarar que estos españoles eran náufragos en tierra indígena, y que estaban a casi dos mil kilómetros de Potosí. El audaz Alejo García, con cuatro de sus compañeros, logró alistar a varios cien-tos de guaraníes, algo que no le costó mucho, ya que éstos realizaban migraciones cada determinada cantidad de años hacia esa zona. La expedición cruzó las extensas selvas brasileñas y logró llegar a las sierras de Potosí, la ansiada Sierra de la Plata. Corrieron muchos peligros y guerrearon contra numerosos indígenas a su paso. Cuando García volvía de esta arriesgada expedición, cargado de oro y de plata, fue atacado y muerto por indígenas, y su expedición deshecha. Sólo algunos guaraníes y un hijo (americano) de García lograron regresar al Puerto de los Patos, donde estaban los demás náufragos a quienes les contaron las maravillosas historias sobre las inmensas riquezas y la muerte de sus compatriotas, que luego recorrerían la costa brasileña. Se cree que esta expedición ocurrió no mucho antes de la llegada de Caboto al Río de la Plata, hacia 1525.

La codicia

Las noticias de la Sierra de la Plata corrían por toda la costa del Brasil, desde Pernambuco hasta el Río de la Plata, el cual obtiene su nombre por ser la vía más rápida hacia la famosa sierra, y no porque hubiera plata en sus costas. Estas noticias habían llegado a España en las naves de Solís; del portugués Cristóbal Jacques, que se encontró con el grumete Francisco del Puerto (sobreviviente de la matanza de Solís) en el Río de la Plata; de Rodrigo de Acuña; y de aquel castellano que en 1521 habló con nueve náufragos de Santa Catalina y subió por el Río de la Plata un buen trecho. Estas buenas nuevas y los rumores sobre el imperio incaico se habían extendido por la costa brasileña hasta la boca del inmenso río de Solís. Y habían llegado hasta España "clavándose como una obsesión en la mente de Sebastián Caboto".

Caboto firma con el rey de España una capitulación para ir a las islas Molucas (en el sudeste asiático). Llegó a la costa del Brasil el 3 de junio de 1526; fondeó en Pernambuco, una factoría portuguesa. Durante su larga estancia allí, Caboto decidió, si no lo había hecho en España, explorar el río descubierto por Solís. Había obtenido bastante información sobre la existencia de grandes cantidades de metales preciosos.

Anoticiado de la existencia de los náufragos de Solís, los recoge en su camino al Río de la Plata. Sólo quedaban dos, Enrique Montes y Melchor Ramírez, los cuales exageraron sobremanera las riquezas que existían en la zona del Plata.

¿Un río con plata?

En el Río de la Plata sólo encontraron hambre y desastres. Con las mismas “riquezas” se encontró Diego García de Moguer (ex-integrante de la expedición de Solís), quien al igual que Caboto, había conseguido la capitulación para ir a las Molucas, y la violaba igual que aquel, para explorar el Río de la Plata atraído por las riquezas de la famosa sierra. Caboto y García regresaron a España sin poder encontrar nada, sólo llevaron consigo más leyendas que atraerían a más españoles al Río de la Plata.

Todas las noticias que llegaban del Perú y de la todavía esquiva Sierra de la Plata, prepararon la armada de don Pedro de Mendoza, la cual se hizo a la vela con más de dos mil hombres para defender la Raya de Tordesillas contra los avances de los portugueses, que por el Brasil pretendían alcanzar las minas peruanas.

El final de la leyenda

Mucho fue el hambre que se pasó luego de la fundación de Buenos Aires en 1536, como veremos más adelante. Juan de Ayolas, decidido a llegar a la Sierra de la Plata, se lanzó aguas arriba del Paraná. Poco más tarde salió Juan de Salazar de Espinoza llevando una ayuda que no pudo llegar a tiempo.

Desde el alto Paraguay, Ayolas cruzó el Chaco, dejando en un puerto a Martínez de Irala con treinta y tres hombres. Luego de muchos contratiempos llegó a las minas de Charcas y, al igual que Alejo García años antes, cargó todo el oro y plata que pudo. Sus hombres estaban muy debilitados y eran pocos; esto decidió a los indígenas que los acompañaban a sublevarse y matarlos a palos estando muy cerca de la meta, como revelarían algunos "indios amigos".

Mientras Salazar fundaba la actual Asunción del Paraguay, Irala llegaba hasta las mismas puertas del Perú, des-cubría que hacía tiempo que otros españoles dominaban esas tierras. El mito de la Sierra de la Plata se diluía en el olvido.

Para saber más

Domínguez, Manuel. El alma de la raza.

Fernández de Castillejo, Federico. La ilusión de la conquista. Atalaya. Buenos Aires, 1945.

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980.

Gandía, Enrique de. Historia crítica de los mitos de la conquista de América.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

lunes, julio 16, 2007

¿De dónde salieron los indígenas americanos?

¿De dónde salieron los indígenas americanos? Ésta es una pregunta que se realizaron los europeos casi inme-diatamente después del “descubrimiento” del Nuevo Mundo. Durante todos los siglos que nos separan de la llegada de Colón a América (1492), corrió mucha tinta sobre el supuesto origen de los primeros americanos. Infinidad de soluciones se han propuesto para explicar la presencia del hombre en esas nuevas tierras que se abrieron a la expan-sión europea. La mayoría nos parecerán graciosas o absurdas para nuestra época, pero eran proposiciones muy se-rias para aquellos tiempos.

En los primeros años del siglo XVI comenzó a manifestarse la idea de que las tierras a las que había arribado Colón no pertenecían al Asia, sino que eran parte de un nuevo continente del cual no se tenían noticias. El principal problema para el pensamiento europeo de esa época era que en los libros sagrados no se mencionaba ese continente ni a sus pobladores, que aparentemente eran humanos. Al principio se dijo que no eran hombres, sino que sólo lo parecían. Pero esta aberrante afirmación se echó por tierra con la bula papal del 9 de junio de 1537 (cuarenta y cin-co años después del descubrimiento), en la cual se consideraba a los indios americanos como verdaderos hombres, racionales y dotados de alma. Anteriormente el papa Alejandro VI había aprobado sin reservas la intención de los reyes de España de someter a los indígenas para convertirlos más fácilmente a la religión cristiana, como un acto de piedad religiosa.
Estos postulados, más que aclarar las cosas las complicaron, ya que en la Biblia no se los mencionaba, por lo tanto eso indicaba que tenían que haber sido creados aparte. Se barajaron muchas teorías, todas relacionadas con lo religioso, que era autoridad en esa época. La fantasía imperó en muchas de esas investigaciones; también se forzaron las evidencias en la mayoría de los casos.


Los judíos

Algunos, como Ario Montano en el siglo XVI, plantearon que los americanos eran descendientes de unos tata-ranietos de Noé. ¿Se acuerdan? El del diluvio. Montano aparece por primera vez con su libro Biblia Poliglota, pu-blicado en Amberes de 1569 a 1573. Tenía una concepción bastante original: dos hijos de Jectan, biznieto de Sem, hijo de Noé, habrían poblado América. Uno de ellos, Ophis, llegó al noroeste de América y de allí a Perú, y el otro, Jobal, colonizó Brasil. El historiador B. de Roo resucitó esta tesis en 1900.

Marcio Lescarboto, en su libro Nouvelle France publicado en 1612, le otorga el mote de padre de los ameri-canos a Noé. Aduce que él se habría preocupado especialmente de poblar la actual América: “...pudo conducir allí a sus hijos, y no le fue más difícil ir por el estrecho de Gibraltar a la Nueva Francia (Brasil), desde Cabo Verde (África) a Brasil, de lo que fue a sus hijos ir a establecerse en Japón...”.

Otro que le otorgó el origen de los americanos a los judíos fue Gregorio García, que en 1607 publicó Origen de los indios del Nuevo Mundo, donde trataba de demostrar las coincidencias morales, lingüísticas, etc., que había entre los judíos y los indígenas americanos. Muchos historiadores y filósofos se unieron a la hipótesis judía: Tor-nielli, Vatablio, el alemán Gilbert Genebrand, André Thévet, y los ingleses Theodore Thorowgood y John Dury, son algunos.
Otros los imaginaron descendientes de las diez tribus perdidas de Israel. Esta teoría se basaba en lo ocurrido durante el año 721 a. C., cuando las diez tribus norteñas de Israel fueron conquistadas por Asiria y desaparecieron de la historia. Muchos autores trataron de defender esta hipótesis. Bartolomé de Las Casas, el padre Durán y un rabino portugués llamado Manasseh Ben Israel trataron de demostrar que las tribus perdidas se habrían refugiado en América. En siglos posteriores dicha hipótesis siguió encontrando defensores; el último fue lord Kingsborough, en el siglo XIX.


Los fenicios y otros

También los fenicios recibieron el nombre de padres de los americanos. Éstos habrían mandado colonias de emigrantes hacia América. Basándose en parecidos culturales, lingüísticos, a veces toponímicos, varios autores trataron de probarlo. Horn lo hizo en 1562; Huet, obispo de Avranches, en 1679; Court de Gébelin, de 1778 a 1784; y Ph. Gaffarel, en 1875. Geo Jones, abogado de Nueva York, trató de encontrar los antepasados de los indígenas americanos entre los fenicios de la ciudad de Tiro, quienes habrían huido luego de la conquista de su ciudad llevada a cabo por Alejandro Magno. También le atribuyeron el origen de los americanos a navegantes extraviados durante la expedición de este último a la India.

Asimismo se buscaron semejanzas y coincidencias a través de la lingüística, el arte, la tecnología y la arquitec-tura. Descubrieron conexiones con las civilizaciones de Creta, los carios de Asia Menor, los cananeos de Medio Oriente, romanos, griegos, egipcios, celtas, irlandeses y tantos otros. Trataron de encontrar el origen de las lenguas americanas en la japonesa, china, suméria, polinesia, cópta (de Egipto), vasca, y muchas más.

En 1829, se publicó un libro de John Ranking, en el cual se introducía a los mongoles en la carrera por los orí-genes americanos. Hacia 1380 Kublai Khan intentó conquistar Japón, pero su flota fue dispersada por una gran tormenta. Según el autor, las naves fueron llevadas por la tempestad hacia las costas americanas, donde los náufra-gos habrían fundado el imperio incaico. Varios autores compartieron esta tesis u otras semejantes.

Otros posibles padres de los americanos, serían los habitantes de la Atlántida, según E. Bailly d'Engel, 1767 y Carli en 1780. F de Castelnau opinó, en 1851, que los descendientes de Sem, hijo de Noé, habrían pasado por la Atlántida para colonizar América.


Orígenes locales

También se presentó la hipótesis del origen autóctono de la población americana. Varios sabios plantearon que el hombre se habría originado separadamente en todos los continentes, y América no era la excepción. Bory de Saint-Vincent, Frederick Muller, Morton, Meigs, Agassiz, Hervé, Haeckel, Hovelacque, Pouchet y otros habrían defendido esta hipótesis, llamada poligenista. Isaac La Peyrère, autor de Preadamitae (1655), sostenía que sólo Adán era el progenitor de los judíos, mientras que los otros pueblos antiguos descendían de antepasados preadami-tas. Henry Home, lord Kames, trató de llegar a un acuerdo con el Génesis en su libro Sketches of the history of man (1774). Dijo que las diferencias del ser humano se habrían generado luego de la construcción de la Torre de Babel; Dios habría equipado milagrosamente a cada grupo de hombres con especiales adaptaciones al clima, inteligencia y demás características. Afirmaba que los americanos no descienden de ningún pueblo del viejo mundo y postulaba una creación distinta para explicar su existencia.

Dios habría creado a todos los pueblos a partir de Adán y Eva, mientras que a los americanos los creó solos. ¿Serían el verdadero pueblo elegido?
Otros, como el alemán Johann Blumenbach o el francés Leclerc, conde de Buffon, creían que Adán y Eva habían sido blancos. Las otras "razas", entre las que se encontraban los americanos, eran una forma de degeneración. Pero por lo menos creían que ésta podía invertirse con un adecuado control, obviamente por parte de los europeos.


Madre argentina

Pero la teoría más interesante, sin duda, es la que el argentino Florentino Ameghino esbozó en el libro La anti-güedad del hombre en el Plata. Ameghino sostenía que el hombre era originario de América, y nada más ni nada menos, que de las pampas argentinas. Veamos esta teoría con detenimiento.

Los descubrimientos hechos o inspirados por el paleontólogo argentino Florentino Ameghino fueron, para su época, sensacionales y revolucionarios. Si bien son rechazados actualmente por los expertos, tuvieron tanta reso-nancia, que merecen ser expuestos.

Lo característico de los trabajos de Ameghino relativos al hombre y a los antropomorfos (antepasados con for-ma humana) es que la hipótesis ha precedido en mucho a los hechos sobre los cuales lógicamente hubiese debido apoyarse.

Según él, América habría sido el centro de evolución de todos los mamíferos y ciertos antecesores del hombre que, en las planicies desprovistas de vegetación arborescente de la Argentina, "se vieron obligados a levantarse sobre sus miembros posteriores para explorar el horizonte". Habrían dado nacimiento, así, al verdadero precursor del hombre, es decir, al primer ser adaptado a la posición erecta que él llama Tetraprothomo. De éste habrían naci-do por evolución progresiva el Triprothomo, el Diprothomo y finalmente, el Prothomo, antecesor inmediato del hombre actual. Éstos fueron descubiertos más tarde por Ameghino.

El Tetraprothomo argentinus está representado por un fémur y una vértebra cervical hallados en Monte Hermo-so (provincia de Buenos Aires); el Diprothomo platensis, por un casquete craneano descubierto en el puerto de la ciudad de Buenos Aires; el Prothomo pampeus, por una serie de cráneos y osamentas provenientes de diferentes lugares de la Argentina. Según Ameghino, el primero debió pertenecer a las capas geológicas más antiguas del mioceno superior (serían más de veinte millones de años); el segundo, al plioceno (cinco millones de años) y el tercero, a esa misma formación geológica, sólo que en su parte media. Los tres serían de la era terciaria, y por lo tanto, anteriores a los vestigios de esa época que había en el Viejo Continente. En consecuencia América sería la cuna de la humanidad, de cuyo centro partieron las emigraciones que poblaron la tierra de mamíferos y de hom-bres.

La edad que Ameghino atribuye a sus múltiples hallazgos está muy lejos de lo real. Él fue el único que sostenía esa antigüedad para las capas geológicas en que se encontraron dichos hallazgos; éstos por sí mismos, no valen mucho. Seguiremos al famoso Paul Rivet, que escribió El origen del hombre americano. Un fémur y una vértebra bastaron para que Ameghino creara al Tetraprothomo. Ambas piezas proceden de un mismo yacimiento. La vérte-bra es humana pero, según estudios posteriores, corresponde a una mujer piamontesa (italiana) y el fémur no puede pertenecer a esa mujer ya que es mucho más corto de lo que debiera ser y por sus particularidades no se lo conside-ra humano; perteneció a un carnívoro, probablemente a un félido. El casquete craneano que condujo al Diprot-homo, está sumamente incompleto y Ameghino habría hecho mal la reconstrucción. Mochi, Schwalbe y Von Lus-chan demostraron que el casquete craneano había sido proyectado erróneamente. Según el sabio argentino los crá-neos que representaban al Prothomo tenían rasgos primitivos, pero los antropólogos experimentados R. Lehmann-Nitsche, A. Mochi y A. Hrdlicka no tuvieron dificultad en descubrir que estos caracteres provienen de errores de técnica y de una deformación artificial que se practicaban los indígenas. En cuanto a los huesos, son de edad re-ciente, no más antiguos que la época de la conquista española.

La explicación de Ameghino se basaba en premisas e interpretaciones erróneas de los materiales observados; no olvidemos que se trataba de un científico formado por su propio esfuerzo. Sus convicciones lo desacreditaron en el ambiente científico, debido a que empañaron su gran actuación en la paleontología argentina en el estudio de la fauna extinta.


Nos vamos acercando

En 1590 se publicó un libro llamado Historia natural y moral de las Indias, en el cual su autor, el jesuita J. De Acosta, suponía que los habitantes de América habían llegado del norte de Asia: “...lo hicieron no tanto navegando por mar, como caminando por tierra; y este camino lo hicieron muy sin pensar, mudando sitios y tierra poco a po-co...”. En esa época no se conocía bien el norte de América, y menos el oeste, así que De Acosta pensó que habrían pasado por algún territorio desconocido para la época. Según él estos pobladores habrían sido cazadores que “... hayan penetrado, y poblado poco a poco aquel mundo...”.

Ya en el siglo pasado el rigor científico comenzó a liderar las teorías. Alexander von Humboldt, en 1810, decía que las poblaciones americanas eran de origen asiático y que habrían venido por el estrecho de Bering. Muchos compartieron esta teoría durante el siglo XIX y principios del XX, como Powell, Holmes, Hrdlicka y otros. Es la teoría que se acepta hoy, aunque más elaborada que aquella.


Teorías actuales

Hubo una época en la que el estrecho de Bering no separaba a América de Asia, sino que estos continentes esta-ban unidos por una lengua de tierra que los geólogos llamaron Beringia. Esto ocurrió al final del pleistoceno, hace más de diez mil años, cuando el mar de Bering no existía. Debido a que el clima en esos tiempos era mucho más friío que el actual, los océanos del mundo tenían menos agua líquida que en la actualidad, ya que el agua estaba acumulada en inmensos glaciares en los polos y en el norte de los continentes. Al bajar tanto el nivel del mar, el estrecho de Bering habría quedado al descubierto y convertido en un territorio posible de ser habitado, como el norte de Asia.

El puente de Beringia es la única ruta temprana aceptada hoy. A partir de la entrada por este paso, se habría poblado a lo largo de cientos y cientos de años, la totalidad del continente americano. Los sitios arqueológicos más antiguos de Sudamérica tienen doce mil años.
Hubo otras rutas de poblamiento, pero más tardías. Hace tres mil años y posteriormente, habrían llegado nuevos habitantes por otras vías como el océano Pacífico, pero que no habrían tenido incidencia demográfica ni cultural, salvo en alguna región.

La influencia europea está descartada hasta la llegada de Colón, ya que en América no se conocía la rueda, muy difundida en Europa. Los vikingos sólo hicieron algunas incursiones al norte de América, fundaron dos colonias en Groenlandia que duraron solamente trescientos años y no habrían influido sobre las culturas indígenas.

Hay muchos debates y teorías sobre cómo y cuándo se habría poblado América, La controversia no ha conclui-do todavía, pero algo seguro es que los primeros pobladores de América provinieron del norte de Asia.


Para saber más

Boorstin, Daniel J. Los Descubridores. Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1986.
Carnac, Pierre. El primer descubrimiento. Martínez Roca. Barcelona, 1991.
Harris, Marvin. El desarrollo de la teoría antropológica. Alianza, 1992.
Lewin, Roger. Evolución Humana. Biblioteca Ciantífica Salvat. Barcelona, 1993.
Meek, Ronald. Los orígenes de la ciencia social. El desarrollo de la teoría de los cuatro estadios.
Pelaez, Pablo. Registro material y nuevos modelos sobre el poblamiento de América.
Rivet, Paul. Los orígenes del hombre americano. Fondo de Cultura Económico. México, 1960.

martes, junio 19, 2007

La primera Buenos Aires, 1536

Como vimos en otros capítulos, el Río de la Plata fue visitado por los españoles desde 1516, cuando lo descubre la expedición al mando de Juan Díaz de Solís. La más importante de todas las expediciones fue la de Sebastián Caboto. Este último, hipnotizado por la leyenda de la Sierra de la Plata y del Rey Blanco, había desviado su curso hacia las islas Molucas, en Asia, para adentrarse por el Plata en busca de grandes riquezas. Lo único que consiguió fue hambre y más leyendas. Solamente los mitos llegaron a España.

La corona española decidió poblar la zona para defenderla de las ambiciones de los portugueses; pero el principal motivo de enviar un adelantado con mil quinientos hombres y trece barcos no era otro que el de alcanzar la mítica Sierra de la Plata.

La partida


La expedición partió el 24 de agosto de 1535 desde Sanlúcar de Barrameda, al mando de don Pedro de Mendoza. Éste tenía el título de Adelantado y su labor consistía en fundar tres poblaciones y emprender la conquista de la mítica región del Rey Blanco. No sólo eso, también tenía que organizar un gobierno duradero.

En la expedición iban muchas mujeres, aparte de los soldados. Algunas de ellas fueron conocidas por sus nombres: Isabel de Guevara, autora de una carta en la cual cuenta la labor de las mujeres en la conquista; la Maldonada, de la cual se hablará más adelante; María Dávila, compañera y amante de don Pedro de Mendoza, quien lo acompañaría hasta el día de su muerte; y otras más.

La expedición se detuvo en las islas Canarias para aprovisionarse, y allí se les unieron tres naves más, provistas por el gobernador de Santa Marta, don Pedro Fernández de Lugo. Este último había sido un aspirante al título de Adelantado del Río de la Plata.

Don Pedro de Mendoza era un hombre viejo, con mucha experiencia militar. Pero estaba mortalmente enfermo de sífilis, una enfermedad que lo tuvo a maltraer durante todos los preparativos de la expedición, en el viaje y luego en el Río de la Plata. Este mal lo imposibilitó muchas veces para tomar decisiones, por lo cual la expedición careció de un buen líder desde el principio.

Mendoza se detuvo en Río de Janeiro, donde enjuició y mandó a asesinar al maestre de campo Juan de Osorio por presunta rebelión, la que luego se comprobó nunca había existido.

Mientras tanto el hermano del Adelantado, don Diego de Mendoza, siguió camino al Río de la Plata y desembarcó en las islas San Gabriel (frente a la actual Colonia, Uruguay). Allí se le reunió Pedro de Mendoza en enero de 1536. Construyeron unos barcos especiales para ríos bajos, y enviaron algunos bergantines con unos prácticos del río, veteranos de la expedición de Caboto, a fin de que eligieran el mejor lugar para levantar una población. El lugar elegido tenía grandes condiciones: un puerto cómodo, con un pequeño riachuelo que desembocaba en el gran Río de la Plata y una isla cubierta de sauces y juncos, que tapaba su desembocadura y lo protegía de los vientos. Allí, en ese riachuelo, se podrían cobijar varias embarcaciones.


Fundación

Mendoza trasladó a toda la gente hacia el punto elegido, y levantó una población en lo alto de una meseta bordeada por arroyos. Correspondía al llamado Alto de San Pedro, justo frente al lugar donde se guardaban los barcos, un canal que penetraba en el actual Riachuelo, este ultimo tenía en aquella época su desembocadura cubierta por la isla de los Pozos. El canal estaba escondido por un banco submarino que se extendía paralelo a la playa de la barranca, como continuación de la isla, y empezaba a hacerse visible en el punto llamado alto de San Pedro; sólo había una entrada a este canal, que estaba justo frente a la actual Retiro, o sea pasándose un poco al norte de donde estaría la ciudad. Había que embocar esta entrada al canal para poder entrar en el Riachuelo, si no los barcos se encallarían en el banco como le pasó más tarde a León Pancaldo, como ya veremos.

A muy poca distancia de la barranca comenzaba la llanura interminable y completamente plana, sin vegetación; a la vista la pampa resultaba infinita. Ni una colina, ni un árbol, todo liso.

A principios de febrero se fundó la ciudad que llamaron Nuestra Señora del Buen Aire. La fecha más aceptada es el 3 de febrero, pero no hay seguridad sobre ella: oficialmente se mantiene el 2 de febrero, aunque ni siquiera se sabe si hubo un acto de fundación. Lo más probable es que no haya existido dicho acto, ya que Mendoza estaba muy mal de su enfermedad en esa época. El lugar también es una incógnita, pero el más aceptado por los historiadores es el ya expuesto, que sería el final de la actual calle Humberto I. Donde comenzaba la parte visible del banco antes comentado.

Apenas fundada la ciudad, los españoles entraron en tratos con los indígenas, que se acercaron con curiosidad a ver qué pasaba. Éstos les procuraron alimentos: pescado y carne de venado. En la zona de la ciudad no había ni árboles frutales ni muchos animales. Había perdices, algunos avestruces o ñandúes, armadillos, gatos monteses y venados (para una descripción detallada de la región ver el capítulo “Historia del Riachuelo”). La pesca era imposible para los españoles ya que no habían traído anzuelos ni redes.

Mendoza ordenó enseguida que lo aprovisionasen de perdices para alimentarse él y sus capitanes amigos; los soldados las cazaban con ballestas para no gastar las balas de los arcabuces. Los líderes de la expedición siempre tuvieron alimento suficiente, incluso cuando los hombres y mujeres que tenían a su cuidado morían de hambre.


Levantar la ciudad

Por fin comenzaron los trabajos para levantar la ciudad. Hicieron chozas que tenían paredes de barro mezclado con paja, y los techos eran completamente de paja y cañas. Las ventanas, si es que tenían, de madera que obtenían de los algarrobos silvestres que había a orillas del Riachuelo. Levantaron también una casa grande y maciza que sería destinada al Adelantado Mendoza. Algunos cronistas dicen que tenía techo de tejas, las cuales se habría traído Mendoza desde España, así como gran cantidad de ropas finas, libros, exquisitas vajillas, manteles y muebles. Se rodeó a la nueva población con un terraplén de “tres pies” de ancho y “de la altura de un hombre parado”, que había que reparar cada día, ya que se desarmaba. También un foso que rodeaba al terraplén. Con el tiempo a la "muralla" se le agregó una empalizada hecha con troncos de árbol. La extensión del poblado era de aproximadamente una manzana.

Había también una fortaleza o casa de gobierno, que funcionaba como residencia de las autoridades, oficinas y prisión. En realidad era un barco encallado, que luego se deshizo para construir una iglesia y fue reemplazada por otra nave en las mismas condiciones, donde vivía en 1539 el teniente gobernador Ruiz Galán.

Mientras los soldados construían la ciudad, los indígenas dejaron de procurarles comida. Se cree que estos últimos eran los querandíes, que habitaban las zonas aledañas. Los cronistas no cuentan por qué dejaron de abastecerlos, pero lo más probable es que se hartasen de los malos tratos y prepotencia de los españoles, quienes exigían los alimentos con argumentos “legales”, leyes que los indígenas no conocían ni les interesaban.

Mendoza envió al alcalde Juan Pabón junto con dos soldados a pedir a los querandíes que siguiesen procurándoles alimentos. Este Pabón debió ser pavo además, porque no se hizo entender o realizó su demanda a la fuerza, ya que los querandíes lo molieron a palos a él y a sus dos compañeros; igualmente se las ingeniaron para volver a Buenos Aires. Desde ese momento los indígenas se volvieron hostiles hacia los españoles. Se habían dado cuenta de las intenciones de ellos y no los querían cerca. Les tendieron varias emboscadas lo que hacía muy peligroso el salir de la empalizada que rodeaba al pequeño poblado.

Otro peligro, no menor que el de los indígenas, lo presentaban las fieras, llamadas tigres por los españoles. Como sabrán no había tigres en la zona, pero sí gatos monteses. Muchos españoles murieron atacados por estos felinos. Cuenta un soldado llamado Bartolomé García, que éstos entraban en la ciudad y mataban a la gente sin problema. Otro cronista, Antonio Rodríguez, contó que los seis primeros hombres que se enviaron a recorrer la zona fueron atacados y despedazados por tigres.

Mendoza envió a unos expedicionarios en barco al mando de Gonzalo de Acosta a explorar la zona y ver si conseguía víveres que ya estaban escaseando. Acosta era práctico en estas regiones a las que había visitado con Caboto. Llegaron hasta el actual río Luján, donde fueron atacados por los guaraníes que vivían en la zona; enseguida volvieron al poblado. La noticia de los malos tratos de los españoles corrían como el viento, y los indígenas ya los recibían con desconfianza y casi siempre en pie de guerra.

Viendo truncadas sus salidas, Mendoza sólo acertó a mandar un galeón al Brasil en busca de alimentos. Éste salió el 3 de marzo, exactamente a un mes de la fundación del poblado, al mando de Gonzalo de Mendoza, con Gonzalo de Acosta. Luego Mendoza preparó siete navíos con doscientos hombres y los envió a explorar las islas del Delta del Paraná.. Esta incursión fue un fracaso total, apenas quedaron la mitad de los soldados; los otros murieron, ya sea por el hambre, las fieras, el ataque de los indígenas o las enfermedades. Volvieron a los dos meses.

A fines de mayo de 1536, Mendoza decidió probar suerte por la zona en que Caboto había fundado el fuerte Sancti Spiritus, que decían era muy fértil. Envió a Juan de Ayolas al mando de noventa hombres en tres bergantines. Muchos murieron de hambre en el camino. Pero finalmente llegaron a la zona y fundaron un fuerte llamado Corpus Christi el 15 de junio. También consiguieron la ayuda de los indígenas; gracias a ellos no murieron de hambre. Como siempre, los únicos que pasaban hambre eran los soldados, ya que a los capitanes nunca les faltaba ración suficiente de alimento.

Un expedicionario llamado Domingo Martínez, que era un simple estudiante, se las ingenió para fabricar anzuelos y así poder pescar. Con el tiempo, ese ingenioso hombre fabricaría peines, cuchillos y un sin fin de cosas para los pobladores de la futura Asunción.

El ataque

Entretanto, en Buenos Aires se organizaba una expedición de reprimenda contra los guaraníes del Luján. Y también les robarían todos los alimentos de que dispusiesen. Querían enseñarles quién mandaba; no hay que olvidar que los españoles estaban convencidos de que los “indios” debían servirlos, porque ése era su rol natural. El Rey mismo ordenó a Mendoza que armase encomiendas, o sea grupos de indios que trabajasen para los españoles. Éstos nunca debían trabajar la tierra, sino los indios encomendados.

La expedición salió al mando del hermano del Adelantado, don Diego, con trescientos hombres de a pie y unos treinta a caballo. Los españoles se encontraron con indígenas en las cercanías de una laguna, con quienes se trabaron en un fuerte combate. Según los cronistas, estos indígenas eran miles, aunque parece ser que no serían más de unos cientos. Se habían juntado los guaraníes de las islas y los querandíes. Como hoy se sabe, estos indígenas, aún juntos, no eran muchos. Los españoles salieron victoriosos; mataron a muchos de ellos y pusieron en fuga al resto. Pero la victoria fue muy cara. Muchos hombres importantes murieron ese día 15 de junio, el mismo día en que Ayolas fundaba Corpus Christi. Uno de los ellos fue don Diego, el hermano del Adelantado. Los indígenas los atacaron con boleadoras y lo más importante, no le tuvieron miedo a los caballos. Éstos habían sido utilizados como arma de terror en otras partes de América, ya que inspiraban mucho temor en los indígenas que no los conocían. Pero en este caso no se dio así, los caballos eran boleados como si nada, y sus jinetes acabados en el suelo, de un certero y duro golpe.

Lo único que consiguieron con esta desastrosa victoria fueron unas cuantas redes de pesca que llevaron de vuelta a Buenos Aires.

Mendoza, dolido por la muerte de su hermano y por su terrible enfermedad, cayó en un profundo estado depresivo que no le permitía tomar decisiones, lo que dejaba a la ciudad casi desamparada. Esta situación posibilitó que los indígenas se reagrupasen y se uniesen a otras tribus. De este modo cercaron la ciudad poco a poco, y la sitiaron por completo el día 24 de junio de 1536.

El hambre


Este asedio fue desastroso. Los españoles no podían salir del poblado sin ser flechados por los indígenas. La única defensa era un “muro” de tierra que lo rodeaba. Se hacían guardias con los arcabuces, y se montaron sobre el terraplén unas piezas de artillería traídas en los barcos para rechazar los ataques de los indígenas. Éstos no se acercaban a la ciudad más que para lanzar flechas con fuego en sus puntas, las cuales prendían muy fácilmente los techos de paja de las pobres chozas. Las mujeres fueron destinadas a apagar los incendios, curar los heridos, preparar las armas, y hasta hacían rondas de vigilancia, ya que los hombres estaban muy debilitados por el hambre. Los pobres soldados maldecían contra aquellos que les habían hablado de imperios dorados.

El hambre cundió rápidamente en la población, compuesta por unas cuatrocientas personas. No había forma de abastecerse de alimentos, ya que no se podía salir de la empalizada sin perder la vida. Los pocos alimentos que tenían, se repartían en raciones ínfimas: 6 onzas (172 gramos) de pan por día.

Mendoza estaba totalmente delirante por su enfermedad, veía alucinaciones y no paraba de quejarse. Por las noches sólo se escuchaban sus aterradores quejidos. Esto daba pie a que sus capitanes hicieran lo que querían. Castigaban a los soldados por cualquier cosa, sin tener en cuenta que estaban totalmente debilitados por el hambre, lo que no les ocurría a ellos. Muchos murieron de hambre, y de las enfermedades que éste desencadenó. Otros llegaron a comer cualquier cosa. No quedó en pie ni una rata, rana o culebra dentro del poblado. No hay que olvidar que estaban en invierno, y en esa época esta zona era muchos más fría de lo que es hoy, sin contar los vientos que azotaban al poblado .

Unos soldados sacrificaron a un caballo flaco para comerlo, a pesar de la prohibición, pero fueron descubiertos y ajusticiados. Sus cuerpos sin vida colgaron de la horca durante todo el día; en la noche unos vecinos cortaron sus piernas y se retiraron a comerlas en sus chozas. Otros escondían a sus compañeros de habitación muertos para comer su ración de alimento, o simplemente se comían los cadáveres. Llegaron a comer cuero mojado de las suelas de los zapatos. Los cronistas no escatiman detalles de ese horrible espectáculo: “Acaeció también –dice uno- comer unos la suciedad de otro que después de haber comido echaba…”. Cuentan el caso de un soldado llamado Diego González Baitos, que luego de comerse un cadáver, se dio cuenta de que era el de su hermano.

Mendoza, postrado en su cama, no sabía qué hacer ante una situación tan terrible. Como ya se dijo, a él y a su estado mayor nunca les faltaron provisiones suficientes, hasta tenían vino, y algunos manjares traídos de España.


Fin del asedio

El asedio terminó al fin, debido a que el hambre también había llegado a las filas indígenas. Mendoza pensó en regresar a España, ya que no tenía sentido seguir ahí si no podía casi pararse. Ya tenía listo el barco en el que se volvería, cuando llegó Ayolas de su expedición por el Delta, con las noticias de la fundación de Corpus Christi y con gran cantidad de provisiones.

Mendoza, alegre y dispuesto, decidió enviar una nave a la isla de los Lobos para traer alimentos. Pero ésta no regresaría, ya que su tripulación desertó y se fue con la nave a Pernambuco, una ciudad portuguesa en Brasil; allí la vendieron. Los pobres que no estuvieron de acuerdo con la deserción fueron abandonados a su suerte en la costa del Brasil, en un lugar llamado cabo Darbinas.

A fines de agosto, Mendoza partió con Ayolas hacia Corpus Christi. En este fuerte había aparecido de entre las selvas un español llamado Jerónimo Romero, un sobreviviente de la expedición de Caboto. Éste último recordemos que había fundado un fuerte en las cercanías, luego destruido. Romero tenía grandes noticias sobre la Sierra de la Plata y el imperio del Rey Blanco. Esto le dio nuevos aires a Mendoza, quien organizó una expedición en busca de la leyenda. Fundó otro fuerte poco más al norte de Corpus Christi, llamado Buena Esperanza. Desde allí envió a Juan de Ayolas a buscar la Sierra de la Plata, el 14 de octubre de 1536. Días después Mendoza regresó a Buenos Aires.


La ciudad se encamina

Mientras tanto a Buenos Aires habían llegado desde Brasil Gonzalo de Mendoza y Gonzalo de Acosta con las provisiones. Allá se había encontrado con algunos españoles, portugueses e italianos que estaban desde tiempos de Caboto, quien, como se ve, había abandonado gente por todos lados.

La ciudad estaba al mando de Francisco Ruiz Galán quien probaría ser un muy buen gobernante. En ausencia de Mendoza había hecho sembrar una huerta y construir tres iglesias; dos de ellas se incendiaron y a la otra la destruyó una crecida del río. Entonces Ruiz Galán mandó deshacer la nave Santa Catalina y con sus maderas construyó una iglesia, donde se decía misa todos los días; muchos eran los religiosos que había en la ciudad.

Don Pedro llegó en noviembre de 1536 a Buenos Aires. La ciudad estaba tranquila, sin ataques y mejor defendida. Estaba rodeada por un foso, una empalizada y un muro de tierra. En medio de la población había una plaza y frente a ella la iglesia parroquial y la casa de Mendoza. Como se dijo más arriba, ésta era muy lujosa, comparada con las chozas de los soldados, en torno de las cuales había un terrenito sembrado con hortalizas traídas de España.

Ante la ausencia de noticias de Ayolas, que había partido en busca de la Sierra de la Plata, Mendoza decidió preparar otra expedición que fuera en su búsqueda. Zarpó de Buenos Aires el 15 de enero de 1537 al mando de Juan de Salazar de Espinosa. Partió con unos sesenta hombres y tres bergantines. Paró brevemente en el fuerte Corpus Christi y, siguió viaje al norte.

En Buenos Aires, comenzaron a inquietarse por la ausencia de noticias de las dos expediciones. Mendoza, abatido por su enfermedad y por los constantes desastres, decidió volverse a España. Nombró Teniente de Gobernador y Capitán General a Juan de Ayolas y Teniente de Gobernador de Buenos Aires, Corpus Christi y Buena Esperanza a Francisco Ruiz Galán. Pasó todos sus derechos de herencia a Ayolas y dejó Buenos Aires el 22 de abril de 1537. Sólo dejaba unas cuatrocientas personas de las más de mil quinientos que habían salido de España; en Buenos Aire quedaban ochenta.

Mendoza murió en alta mar el 23 de junio de 1537. Para esa fecha se encontraban en el alto Paraguay Juan de Salazar de Espinosa y Domingo Martínez de Irala, segundo de Ayolas; este último había partido hacia el oeste en busca de la Sierra de la Plata y se ignoraba su paradero. Irala estaba esperando a Ayolas en el lugar del encuentro con Salazar. Luego de recorrer el río en busca de Ayolas, Salazar volvió a un punto que le había gustado, y levantó un fuerte el 15 de agosto de 1537, al que llamó Asunción, la actual capital del Paraguay. Era un lugar muy diferente a Buenos Aires: estaba lleno de vegetación, plantaciones, y lo habitaban indígenas pacíficos, los guaraníes. Éstos tenían diferentes cultivos y los compartían con los españoles. Salazar volvió luego a Buenos Aires donde contó todas sus peripecias.

Ruiz Galán resolvió visitar la nueva fundación en el Paraguay y se puso en viaje con cuatro bergantines. Pasó por Corpus Christi el 28 de diciembre de 1537 y siguió viaje hacia Asunción con dos bergantines más que se le habían unido. Llegó a Asunción en febrero de 1538, y unos kilómetros más al norte se encontró con Irala. Éste tenía un poder de Ayolas que lo nombraba su sucesor, y como Ayolas estaba desaparecido y era el heredero de Mendoza, comenzó una disputa con Ruiz Galán para ver a quién correspondía el mando general. Esta disputa y la ambición de Irala (un simple capitán hasta ese momento) traerían muchos males a la empresa, y más aún a Buenos Aires.

Mientras, el pobre Ayolas volvía de su expedición a la Sierra de la Plata, que esta vez había descubierto las sierras de Potosí. Venía cargado de riquezas, pero cuando llegó al punto de encuentro, Irala no lo estaba esperando y se quedó solo con sus hombres, rodeado de indígenas hostiles. Abandonado y olvidado, lo mataron a él y a todos sus compañeros. Irala estaba con sus ambiciones discutiendo con Ruiz Galán. No se enterarían sino hasta mucho más tarde del trágico fin de Ayolas. Ruiz Galán viendo que no podía hacer nada, volvió a Buenos Aires en mayo de 1538. En el viaje había desembarcado en Corpus Christi, donde construyó una iglesia y castigó y mató a muchos indígenas, algo que iba a pesar sobre el futuro del fuerte.


Comienzo del fin

A Buenos Aires habían llegado dos naves: una de un comerciante genovés llamado León Pancaldo (del cual hablaremos en otro capítulo) y otra al mando de Antón López de Aguiar. Las dos llegaron juntas en abril de 1538. Pancaldo se dirigía originalmente al Perú a vender sus mercancías, pero por diferentes problemas tuvo que entrar en el Río de la Plata, donde se encontró con López de Aguiar. Éste lo guió hasta Buenos Aires.

La nave de Pancaldo se quedó varada en el banco que tapaba la entrada al Riachuelo y Pancaldo la dejó perder, ya que estaba muy maltratada. Pudo desembarcar sus mercancías para venderlas en Buenos Aires, pero como se sabe nadie tenía plata para pagar; entonces se le pagó con pagarés y así Pancaldo se convirtió en el salvador de la ciudad, que estaba muy necesitada de provisiones no tanto alimenticias como de ropa. Pancaldo trajo de todo: telas, ropas, peines, peines para barba, comida, especias, joyas, herramientas, etc. Incluso hasta sus propias provisiones tuvo que vender a la fuerza.

López de Aguiar había venido al Plata enviado por el apoderado de Mendoza, Martín de Orduña, para traer refuerzos y provisiones a las fuerzas de Buenos Aires. Pero lo hizo un poco tarde, a tres años de la partida de la expedición. Con él vinieron doscientos nuevos soldados.

Mientras, la ciudad prosperaba. Se abrían cada vez más tierras de siembra; con estos cultivos se sostendrían holgadamente en los próximos años. Según cuentan algunos cronistas, el mismo Ruiz Galán “…hizo muchas rozas y sembró maíz, en los cuales él por su persona propia trabajó mucho, cavando con el arado en las manos, juntamente con los soldados…”.

En junio de 1538, Ruiz Galán despachó a Gonzalo de Mendoza en busca de alimentos a la costa del Brasil. Llegó a Santa Catalina, donde se encontró con una nave española que venía al Plata y traía al veedor del Rey, Alonso Cabrera. Éste estaba medio loco y lo demostraría más tarde en Buenos Aires; esa misma locura terminaría con su vida años después en España.

Tras varias peripecias y un naufragio, llegaron ambos a Buenos Aires en noviembre de 1538. Apenas llegado, Cabrera se enemistó con casi todos, y logró enemistar a todos entre sí; pero con el que más se irritó fue con el gobernador de Buenos Aires, Ruiz Galán, quien no quería acatar sus órdenes.

Cabrera venía para decidir quién iba a ser el reemplazo de Mendoza y determinó que el gobierno le correspondía a Ayolas, quien aunque nadie lo sabia, estaba muerto . Cabrera luego se pondría del lado de Irala, a quien apoyaría como gobernador general, y en contra de Ruiz Galán. Esta pelea ocasionaría el fin de la ciudad. Para anular a Ruiz Galán, Cabrera llegaría a promover la destrucción y abandono de Buenos Aires, único lugar donde éste tenía poder. Estas disputas se dieron a lo largo de toda América, entre los conquistadores que se hallaban tan lejos del rey, que se creían con poder de decidir todo, y así fue que se sucedieron por toda la América española guerras civiles entre los conquistadores.

En febrero se abandonó el fuerte de Corpus Christi debido a un ataque masivo de los indígenas, molestos por los malos tratos de los españoles. Ruiz Galán había enviado justo a tiempo unos barcos a rescatar a los españoles.

En mayo de 1539 Alonso Cabrera y Ruiz Galán partieron junto con doscientos hombres, hacia Asunción en siete bergantines. Llegaron en junio. Al poco tiempo Cabrera consiguió poner a Irala de su lado y lo nombró sucesor de Ayolas. Apenas allí se acordaron de Ayolas. Irala realizó unas excursiones en su busca. Entonces se enteró por los indígenas de la zona lo que le había sucedido a Ayolas.


La destrucción

En ese momento, con el campo libre, Irala, incitado por Alonso Cabrera, envió a Juan de Ortega con dos bergantines a despoblar Buenos Aires el 28 de junio de 1540.

Ortega hizo todo lo posible, pero los pobladores no querían saber nada de irse y abandonar su ciudad y sus tierras. Irala, viendo que Ortega no volvía, se encaminó a terminar él el asunto Partió en enero de 1541. Llegaron en abril a Buenos Aires, y comprobaron que nadie quería partir. Buenos Aires, entonces estaba muy bien encaminada; bien fortificada; con muchas plantaciones de maíz y demás cultivos; y las casas, ya bien construidas, de madera; también tenían gallinas, chanchos y otros animales domésticos.

Pero Irala y Cabrera estaban muy enemistados con Ruiz Galán, quien tenía como único dominio a Buenos Aires; si la destruían también acababan con su poder.

El 16 de abril Irala aceptó un requerimiento que le hizo Cabrera por el cual se debía despoblar la ciudad. Lo pregonaron desde los cuatro ángulos de la plaza pública a todos los pobladores, en él decía que tenían que estar listos para abandonar la ciudad el 10 de mayo. A pesar de todas las protestas de los pobladores, Irala no se echó atrás. La justificación que daban para el despoblamiento era que sólo había unos cuatrocientos cincuenta hombres en total entre Asunción y Buenos Aires, y como en la primera tenían indígenas para hacerlos trabajar, decidían juntar a todos en el Paraguay. Años más tarde, todos los responsables de la destrucción de Buenos Aires serían enjuiciados por el nuevo adelantado Alvar Nuñez Cabeza de Vaca.

Irala aplazó la despoblación por unas noticias que habían llegado de que en el Brasil había una flota española, la de Cabeza de Vaca. Pero como pasaban los días y la flota no venía, terminaron el trabajo. Esparcieron algunos animales por los alrededores para que se reprodujesen, y quemaron todo: los cultivos, la iglesia, las casas de madera, la estacada de la ciudad, una nave encallada que servía de fortaleza, todo ardió... y de la primera Buenos Aires no quedaron más que cenizas.

El conquistador Antonio Thomás, nacido en Portugal, fue el único de los pobladores de Buenos Aires que pudo ver y asistir a la repoblación de la ciudad, que realizó Juan de Garay en 1580. Fue en calidad de guía. Dice un cronista “…que dicho capitán Antonio Thomás fue con su persona armas y a su costa y mincion a poblar la ciudad de la Trinidad y el puerto de Buenos Ayres como persona baqueana y que era imposible poderla poblar si el dicho capitán no fuera tan baqueano y saber la tierra por haber estado en ella con el dicho gobernador don Pedro de Mendoza”.

Para saber más

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.

Gandía, Enrique de. Crónica del magnífico adelantado don Pedro de Mendoza. Buenos Aires, 1936.

Gandía, Enrique de. Historia de Alonso Cabrera y de la destrucción de Buenos Aires en 1541. Librería Cervantes. Buenos Aires, 1936.

Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé, Buenos Aires, 1998.

Lafuente Machain, Ricardo de. Don pedro de Mendoza y el puerto de Buenos Aires. Buenos Aires, 1535.

Lozano, P. Pedro. Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1873.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

Schmidl, Ulrico. Viaje al Río de la Plata. Emecé. Buenos Aires, 1997.

Torre Revello, José. La fundación y despoblación de Buenos Aires, 1536-1541. Buenos Aires. 1937.

Villanueva, Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984.

Zabala, Rómulo y Gandía, Enrique. Historia de la ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1937.

lunes, junio 12, 2006

Gobierno inglés sobre Buenos Aires en 1806

Los ingleses no podían haber estado más equivocados cuando pensaron que la conquista de Buenos Aires iba a resultar fácil y segura. El comodoro Home Riggs Popham estaba convencido de que la llegada de las fuerzas inglesas sería celebrada por los habitantes de Buenos Aires, oprimidos por el poder español, y los partidarios del libre comercio. La realidad no fue tan simple para los invasores.

El 14 de abril de 1806 zarpó de la ciudad de El Cabo la expedición al mando del comodoro Popham, transportando un ejército dirigido por el general William Carr Beresford, que sería nombrado Gobernador al llegar al Plata, para excluir la posibilidad de que Popham con sus ideas liberales quisiera independizar la ciudad.

El 25 de junio las naves inglesas aparecieron frente a Buenos Aires, y entre las once y las doce del mediodía comenzaron a desembarcar sus efectivos en las playas de Quilmes con toda tranquilidad y sin la menor oposición. Esto ocurría a la vista de todos los testigos que miraban desde la fortaleza, la alameda y desde algunos techos.

Un oficial inglés de esa tropa escribiría años más tarde: "Nuestro ejército efectivo, destinado a conquistar una ciudad de más de cuarenta mil habitantes, con un inmenso cuerpo para disputarnos la entrada en ella, se componía solamente de setenta oficiales de toda graduación, setenta y dos sargentos, veinte tambores y mil cuatrocientos sesenta y seis soldados". Mientras las chalupas iban y venían desembarcando ingleses, las embarcaciones de guerra porteñas permanecieron ancladas sin recibir orden alguna.

La ocupación

La ciudad cayó en dos días sin mucha pelea. El pueblo le echaba la culpa a la ineficacia y cobardía del virrey marqués de Sobremonte, que se mantuvo inactivo y ordenó a las fuerzas y voluntarios porteños que hicieran lo mismo, hasta que, en fuga, el Virrey ordena al brigadier José Ignacio de la Quintana iniciar las tratativas de capitulación.

A la tres de la tarde del 27 de junio de 1806, bajo la lluvia y el frío, desfilaron los soldados ingleses por las calles de la capital virreinal, estirando la fila para parecer más. "Los balcones de las casas estaban alineados con el bello sexo, que daba la bienvenida con sonrisas y no parecía de ninguna manera disgustado con el cambio", comenta nuestro cronista inglés.

"Yo he visto en la plaza llorar a muchos hombres por la infamia con que se les entrega, y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de1806 vi entrar mil quinientos sesenta hombres ingleses, que apoderándose de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de esta ciudad." Así opinaba Mariano Moreno, prócer de la Revolución de Mayo.

La bandera británica estaba en lo alto de la Fortaleza de San Juan de Austria, vivienda de los virreyes, si bien no podía flamear por la lluvia, que la mojaba y estrujaba contra el asta. Allí se alojaría Beresford con cuatrocientos hombres de la tropa, los demás irían treinta en cada uno de los "puestos" de piquetes, en el Cabildo, el Retiro y el Bajo; el resto en el viejo teatro de la Ranchería, improvisado cuartel. Los oficiales lo harían en casas de familia; donde sin ninguna obligación son aceptados, ya que son "gente de bien".

El nuevo Gobernador de Buenos Aires, Beresford, consciente de la necesidad de no irritar a la ciudad evitó cuidadosamente toda medida despótica, y durante ese mes y medio de dominación inglesa desplegó un tacto singular: ratificó las leyes españolas, confirmó a todos los funcionarios públicos, garantizó la protección de todas las personas y sus bienes, como también de la Iglesia católica. Permitió el comercio libre al abolir el monopolio de la corona española, también se bajaron los impuestos al comercio con extranjeros. Castigó severamente a los soldados ingleses que cometían delitos o abusos. Todo se cumplió estrictamente.

El 28, el día siguiente a la ocupación, la ciudad estaba como muerta; no se abrió ninguna tienda ni pulpería y el mercado de la plaza estaba desierto. El tiempo seguía nuboso, y a cada rato caía algún aguacero. Los ingleses comenzaron a hacer guardia en las esquinas de la Plaza, en los portales de la Recova, que cruzaba la actual plaza de Mayo, en el Cabildo, y en las calles, abatidas por la sudestada y el frío. Poca gente andaba por las calles, apenas los proveedores de agua y carne, que ya no cantaban. La gente no salía, principalmente por el miedo que tenían a los asaltos y saqueos del populacho excitado y de algunos soldados ingleses.

Días después, Beresford dictaría un bando incitando a los dueños de las tiendas a abrirlas, que no tuvieran prejuicio; e imponiendo penas severas al que no lo hiciese. También decía que él se encargaría de la seguridad total de la ciudad.

Causó escándalo e indignación entre los habitantes de Buenos Aires la actitud de algunos criollos hacia los ingleses, ya que muchos se acercaron al invasor ofreciendo su colaboración.

En los días siguientes comenzaron a deambular por las calles de la ciudad patrullas y rondas realizadas por los alcaldes de barrio, dos vecinos y dos soldados ingleses, destinadas a conservar el orden. Los ingleses harían ejercicios diarios en la plaza Mayor (actual Plaza de Mayo), y rondas nocturnas por la ciudad. Para confundir sobre su número, se ordenaban raciones dobles de alimentos y hacían correr la voz de que la mayor parte de la tropa permanecía a bordo de los barcos. También decían que Montevideo estaba en sus manos.

La resistencia

Ya el 29 de junio se comienza a trabajar por la liberación de Buenos Aires; se hace desde adentro. Los más serios y violentos son un grupo de catalanes a los que luego se les dirá la Junta catalana. Estos catalanes son los más perjudicados por el gobierno inglés, ya que estaban bien con el comercio monopolista, y no con el mercado abierto que impuso el Gobernador inglés. Comenzaron a observar a los ingleses, estudiando sus movimientos y los lugares de sus guardias.

La ciudad "estaría con los ingleses" le habría dicho Francisco Miranda a Popham; lo mismo le diría el espía Wayn, en El Cabo (Sudáfrica) y le había confirmado William White y O'Gormann. Nada más lejos de la verdad.

En Montevideo se comenzó a organizar la reconquista apenas se tuvieron noticias de la caída de la capital virreinal. Sólo algunos pocos estarían contentos con el cambio, principalmente los comerciantes, o mejor debería decir contrabandistas.

La vida tiene que seguir

Solamente tres días después de la toma de la ciudad comenzaron a abrirse los cafés y las tiendas, y volvía el movimiento en la ex-capital virreinal.

El 1° de julio se celebra una comida en la casa de Martín de Sarratea a la cual son invitados los jefes ingleses, y acuden Santiago de Liniers, y las bellas niñas porteñas. La noticia de esta cena escandalizó a la ciudad. Esta reunión se hizo para festejar que los ingleses habían devuelto los barcos particulares que tomaran por la fuerza.

Muchas familias invitaban a los oficiales ingleses a las tertulias; éstos participaban de la vida social porteña como si nada hubiera sucedido. Charlaban, bailaban y penetraban poco a poco en la sociedad. Las más distinguidas señoritas porteñas se paseaban con los gallardos oficiales británicos. Eran las hijas de Sarratea, Marcó del Pont, Escalada, etc.

Lentamente se dejó de lado la idea de piratas herejes que se tenía sobre los ingleses. Hasta se decía que tenían cola como los diablos. Algunos supersticiosos creían que la invasión inglesa estaba predestinada a triunfar: se decía que en el Perú, en un templo inca, se halló escrito el vaticinio de la venganza que obtendrían los incas a manos de una nación europea, que no sería otra que la inglesa.

El pueblo llano detestaba a esta gente que colaboraba con el invasor y los consideraba traidores; ellos no pactaban con el enemigo, así fue como luego de la reconquista muchos los quisieron ajusticiar.

"...parecía que teníamos en la ciudad algunos amigos ocultos, pues casi todas las tardes, después de oscurecer, uno o más ciudadanos criollos acudían a mi casa para hacer el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico [...] El número llego finalmente a cincuenta y ocho", dice el capitán ingles Gillespie al recordar aquellos tiempos.

Con plata, todo cambia

El día 2 de julio el invasor consiguió los caudales de la ciudad que estaban en Luján. Ante esto, Beresford concedió las condiciones de rendición. Las tropas vencidas quedaban licenciadas y debían jurar fidelidad al Rey de Inglaterra; también debían dar juramento de no tomar armas contra Gran Bretaña mientras durase la guerra. Eran prisioneros de guerra. No se forzaría a nadie luchar contra el Rey de España, y deberían entregarse todas las armas. Todo esto y más se declaraba en una hoja suelta, una parte en español y otra en inglés; la gente atacaba el texto en inglés, como si atacara a los mismos soldados.

Todos los miembros del poder eclesiástico y del poder civil deberían prestar juramento de fidelidad al Rey de Inglaterra, y a partir del 10 de julio lo tendrían que hacer los vecinos más importantes y principales de la ciudad; el pueblo lo podía hacer voluntariamente. Manuel Belgrano huyó de la ciudad hacia su campo en Uruguay, para evitar la jura de fidelidad, ya que él era secretario del Consulado; muchos siguieron su ejemplo.

Mientras los oficiales ingleses se reunían a charlar y divertirse en la Fonda de los Tres Reyes, los militares españoles tenían a la ciudad por cárcel; podían vivir en cualquier punto de la ciudad, también ir y venir a su antojo, siempre y cuando no salieran de los límites de Buenos Aires.

Luego vendrían días turbios. Los ingleses descubrieron un polvorín no entregado y escondido en San José de Flores. Se iniciaron averiguaciones, se tomaron declaraciones, y se promulgaron severas penas para los que escondieran armas.

También comenzaron las deserciones en la tropa inglesa. Los más propensos a desertar eran los irlandeses, que al ser católicos eran incitados por los españoles a dejar las filas británicas; también porque la mayoría era obligado a enrolarse en el ejército.

Beresford les ordenó a sus hombres que se mezclasen con la población, juzgando que esta mezcla haría ver a los españoles la superioridad de los ingleses. Pero al entablar contacto con los españoles los potenciales desertores eran seducidos por éstos últimos, y en todas las ocasiones los habitantes los auxiliaban y ocultaban en sus casas. Beresford, alarmado por la gran deserción que había en su tropa, emitió un severísimo bando, en el cual penaba de muerte a los que ayudaban a los desertores y a los desertores mismos.

Los primeros días Beresford y su oficialidad la pasaron muy bien. Él y Popham salían a caballo algunas tardes. Beresford tenían un corcel de carrera, uno de los primeros vistos por estas tierras. Había quienes barajaban la idea de asesinar o secuestrar al Gobernador inglés en una de estas salidas.

Insurrección

Casi todos querían sacarse de encima al gobierno inglés; mucha gente comenzó a organizar intentonas. Los catalanes, más arriba nombrados, al mando de Felipe de Sentenach, se reunieron una semana después de la invasión, para planear la reconquista. El catalán José Fornaguera, sería el primero en planificarla al día siguiente de la entrada de los ingleses. Su plan consistía en entrar una noche en el edificio del desaparecido teatro de la Ranchería con un grupo de conjurados y acuchillar a todos los ingleses, mientras otros grupos hacían lo mismo en los "puestos"; los de Beresford en la Fortaleza no tendrían más que rendirse. El comerciante español Martín de Álzaga se ofreció a financiar el plan. Pero Felipe Sentenach y Gerardo Esteve y Llach mejoraron el plan de Fornaguera. Su idea era minar el Fuerte (actual Casa Rosada) y el cuartel que los ingleses habían improvisado en la Ranchería. También acamparían en las inmediaciones de Buenos Aires con una fuerza de mil voluntarios cuya misión era invadir la ciudad luego de la voladura de los bastiones ingleses.

Se barajaron otros planes más improvisados e ingenuos, pero el primero predominó. Días más tarde se reunieron en la casa de Martín de Álzaga, donde debatieron como reclutar a la gente. Pasaban los días y los catalanes seguían con su empresa, sin que los ingleses se enterasen.

Había quienes querían sorprender a los ingleses y degollarlos. Éstos, liderados por Juan Trigo y Juan Vázquez Feijoo, fueron invitados a unirse con los catalanes, más que nada para que no se delatasen por tanta imprudencia.

Se reunía dinero y armas en casas particulares, en los almacenes y barracas.

Para poder cavar la mina debajo del cuartel de la Ranchería, los catalanes alquilaron una casa cercana donde ubicaron la boca del túnel. Se dice que el mismo Sentenach entró disfrazado en el cuartel de la Ranchería para estudiar la disposición y ubicación de los dormitorios de la tropa inglesa. Reclutaron voluntarios para cavar las minas, a quienes se les pagaba un sueldo como compensación.

Los voluntarios para el "ejército invisible" se reclutaban por un sistema de células: cada conjurado reunía a cinco, y cada uno de estos cinco a otros cinco. Se tomaban todas las precauciones posibles debido a que Beresford contaba con un muy buen sistema de delatores y espías.

Estos mismos catalanes se comunicaron con el Gobernador de Montevideo, Pascual Ruíz Huidobro, y éste les respondió el 18 de julio que ya había tomado las prevenciones necesarias para la reconquista de la ciudad y que disponía de mil hombres, doce lanchas cañoneras y cinco goletas. La tropa sería embarcada en Colonia y desembarcaría en Olivos, aunque luego cambiarán los planes y lo harán finalmente en el Tigre.

Algunos estaban conformes con el gobierno inglés. Como se dijo, se los consideraba "progresistas" que creían que Buenos Aires se convertiría en un emporio sin igual, como habría ocurrido si no hubiera sido por el gobierno español.

Los esclavos negros estaban contentos también, porque se había corrido la voz de que los ingleses los dejarían en libertad. Andaban sueltos y ociosos, hasta que Beresford publicó un bando en el cual decía: "Sepan los negros y mulatos esclavos, que no deben pretender en ninguna manera sacudir la subordinación a que su estado los liga, y vuelvan a su obediencia... y quédense sujetos a sus amos, bajo las más rigurosas penas."

En la noche del 21 de julio llegaron a San Isidro Juan Martín de Pueyrredón y otros. Llegaron con las órdenes del Gobernador de Montevideo de reclutar voluntarios de la campaña de Buenos Aires y estar listos para apoyar la expedición de auxilio que llegaría del Uruguay. Estableció su campamento en la villa de Luján, sin percatarse de sus acciones, que fueron conocidas por los ingleses a través de sus espías. Los ingleses, mientras tanto, como ya temían algo, habrían puesto centinelas en muchas esquinas de la ciudad. Además, para impresionar a los ciudadanos, intensificaron el trabajo constante al cual sometían a la tropa, las maniobras en la Plaza o en la ciudad; todo esto acompañado de grandes gritos al son de las gaitas.


Perdriel

Ya el 23 de julio los catalanes enviaron a todos los voluntarios a una chacra que habían alquilado en la zona de los Olivos, llamada Perdriel. El 29 recibieron un requerimiento del capitán de navío Santiago de Liniers, quien estaba al mando de las tropas de Montevideo, pidiendo reúnan fuerzas para su desembarco inminente, pues ya estaba en Colonia listo para cruzar el río.

Esto no les cayó nada bien a los catalanes, ya que frustraba sus sueños y esperanzas, y les arrebataba los laureles merecidos. Hoy todos saben quién reconquistó la ciudad, Santiago de Liniers, pero de los catalanes nadie se acuerda. El 2 de agosto le piden a Liniers que detenga su marcha en Colonia hasta que ellos estén listos para la acción: volar el Fuerte y el Cuartel.

Ese mismo día 2 de agosto, los ingleses atacan a Pueyrredón y a los voluntarios reclutados por los catalanes en Perdriel, dispersándolos a los cuatro vientos. Si bien lucharon con coraje y valentía, la mayoría de ellos estaban muy mal armados. Al mismo tiempo se conoció que el virrey Sobremonte, que estaba en Córdoba, se preparaba para marchar sobre Buenos Aires… un poco tarde.

El 6 de agosto Liniers desembarcó en el Tigre con más de mil hombres y artillería. Dos días antes, Beresford, manifestaba que había concluido el nefasto sistema del monopolio y que la población podría gozar, entonces, de los beneficios de las producciones de otros países. Pero los días en que Buenos Aires formaba parte del imperio británico llegaban a su fin.

Los catalanes no pudieron terminar sus trabajos de minado a tiempo. En la tarde del 12 de agosto de 1806 los ingleses, ahora acantonados en el Fuerte, se rendían ante las fuerzas de Liniers y la increíble cantidad de voluntarios que llenaron la Plaza pidiendo sus cabezas. Los ingleses se defendieron duramente en cada calle, en cada esquina; muchos cuerpos quedaron en las calles porteñas como saldo de la dura lucha.

Luego vendría la segunda Invasión Inglesa y la heroica defensa de la ciudad llevada a cabo por sus habitantes.

Para saber más

Beverina, Juan . Las invasiones inglesas al Río de la Plata [1806-1807]. t.1y t.2. Círculo Militar. Buenos Aires, 1939

Battolla, Octavio C. La sociedad de antaño. Emecé. 2000.

Capdevila, Arturo. Las Invasiones Inglesas. Espasa Calpe, 1951.

Gillespie, Alexander. Buenos Aires y el interior. Hyspamerica. Buenos Aires, 1986.

Roberts, Carlos. Las Invasiones inglesas al Río de la Plata (1806-1807) y la influencia inglesa en la independecia y organización de las provincias del Río de la Plata. Jacobo Peuser. Buenos Aires, 1938. (reedición actual: Roberts, Carlos. Las Invasiones inglesas. Emecé. Buenos Aires, 2000.)

Rosa, José María. Historia Argentina. Tomo II. Oriente. Buenos Aires, 1974.

Salas, Alberto. Diario de Buenos Aires 1806-1807.

miércoles, mayo 17, 2006

Cuando se comieron a Solís

En los comienzos de la conquista y descubrimiento de los actuales territorios de la Argentina y Uruguay, los españoles sufrieron una gran pérdida, bastante sangrienta. La muerte del piloto mayor de España, Juan Díaz de Solís, a mano de los indígenas.

En 1513 se revela la existencia de un mar situado más allá de las tierras descubiertas por Colón, llamado luego océano Pacífico. Esto auguraba la posibilidad de llegar a la India a través de algún paso. En busca de dicho paso partió desde Sevilla, Juan Díaz de Solís.

El 8 de octubre de 1515 salieron de Sanlúcar de Barrameda tres carabelas tripuladas por sesenta hombres. Tras una breve escala en la isla de Tenerife, Solís rumbeó hacia la costa del Brasil con su pequeña armada. Llegaron a la altura del cabo San Roque. Luego continuó hacia el sur, siguiendo la costa brasileña. En los primeros días de febrero de 1516, vieron que la costa doblaba hacia el oeste dando lugar a un inmenso estuario de unas aguas que cambiaban de un color azul verdoso a un rubio barroso. El Piloto Mayor ordenó probar ese líquido cuyo sabor resultó suave y azucarado. Como la extensión de aquella dulzura era enorme, le dieron el nombre de Mar Dulce. Más tarde cambiado por Río de Solís, y finalmente se impondría el actual y mítico nombre de Río de la Plata.

La exploración

Solís decidió explorar el inmenso estuario. Con una de las carabelas comenzó a costear la actual orilla uruguaya a lo largo de ciento cincuenta kilómetros, y llegó a una isla a la cual llamó Martín García, en honor al despensero de la expedición, que fue enterrado allí.

Ven sobre la costa “muchas casas de indios y gente, que con mucha atención estaba mirando pasar el navío y con señas ofrecían lo que tenían poniéndolo en el suelo; quiso en todo caso ver qué gente era ésta y tomar algún hombre para traer a Castilla”. Seducido por estas demostraciones de amistad, o quizá esperando conseguir víveres frescos y hacer algún comercio, Solís se embarca en un pequeño bote hacia la costa con el contador Alarcón, el factor Marquina y seis marineros más. Sabían que más al norte, en la costa atlántica, los indios eran bondadosos y ofrecían a los navegantes, frutas y otros géneros.

Una vez en tierra, en la margen izquierda del arroyo de las Vacas, se adentraron un poco alejándose de la orilla. Los nativos estaban emboscados, esperándolos, y como una avalancha cayeron sobre ellos con boleadoras y macana, y los apalearon y despedazaron hasta matarlos a todos, con la única excepción del joven grumete Francisco del Puerto, que se salvó y quedó cautivo con los indígenas.

La generalidad de los cronistas y otros testimonios de la época añaden que los indígenas descuartizaron los cadáveres a la vista de los que habían quedado en la carabela, y comieron los trozos de los españoles. No faltan modernos historiadores que niegan el hecho, considerándolo falso y como una de las muchas leyendas infundadas que hay en la conquista de América. Pero J. T. Medina logró probar, hace ya muchos años, que en efecto los indios mataron y comieron a los desdichados españoles, utilizando los testimonios de Diego García, y de muchos más, entre ellos los relatos del sobreviviente Francisco del Puerto.

No fueron los charrúas

No se sabe si los indígenas que dieron muerte a Solís y a sus hombres, fueron guaraníes de las islas del delta o los charrúas de la costa uruguaya.

La hipótesis de que los asesinos del descubridor del Plata fueron los charrúas del Uruguay ha quedado fuera del tintero, ya que no habitaban la zona en la cual desembarcó Solís. Los charrúas eran indígenas cazadores y recolectores nómadas, que vivían en las costas del Río de la Plata y del río Uruguay, también practicaban la pesca para lo cual contaban con grandes canoas.

Quedarían los guaraníes, pero los detalles de la muerte de Juan Díaz de Solís, de la manera en que fueron referidos, muestran un canibalismo diferente del practicado por los guaraníes, ya que están ausentes los elementos simbólicos que lo caracterizaban, lo mismo que su ceremonial preparatorio y su forma de ejecución.

Esto indicaría que los autores habrían sido indígenas guaranizados, que asimilaron nada más que algunos rasgos culturales sin aprender la significación global de una institución como el canibalismo de los guaraníes, que se distinguía precisamente por la forma estudiada en que se cumplían las sucesivas etapas conducentes a sacrificar y comer a un prisionero de guerra.

Siempre se aplicaban con el sentido de absorber las virtudes del inmolado, que generalmente era un guerrero hecho prisionero en combate. Todo ese ceremonial no tenía comparación con la manera repentina y precipitada en que, según las fuentes, procedieron los indígenas a matar y devorar en el sitio mismo a los extraños que acababan de desembarcar. Tampoco hay ningún relato de otro acontecimiento similar que hubiera ocurrido en alguna parte del Río de la Plata, por lo que algunos historiadores, como se dijo más arriba, han puesto en duda la veracidad de las narraciones consideradas clásicas. Pero el hecho de que dejaran con vida al joven grumete Francisco del Puerto obedece a las costumbres de sólo comer a los guerreros, dejando fuera a niños y mujeres.

El pobre grumete, abandonado por sus compatriotas, estuvo conviviendo muchos años con los indígenas, hasta que fue rescatado en 1527 por la expedición de Sebastián Caboto. Francisco del Puerto les sirvió como intérprete durante la expedición, pero un día consideró que no era suficientemente recompensado y tramó una venganza. Durante una operación comercial con ciertos indígenas, en el río Pilcomayo, organizó un ataque sorpresivo que infligió muchas bajas en los españoles. Nunca más se supo nada del grumete Francisco del Puerto.

Regreso sin Solís

Los demás integrantes de la expedición de Solís, regresaron a España, menos dieciocho marineros que quedaron abandonados en la isla de Santa Catalina (Brasil), a la cual llegaron a nado tras haber naufragado una de las carabelas.

Estos náufragos iban a tener un papel protagónico en la historia y conquista del Río de la Plata, ya que fueron ellos los que, rescatados por Caboto, dieron comienzo a la leyenda del rey Blanco que vivía en una sierra de plata. Como su nombre lo indica era toda de plata, y estaba en las inmediaciones del inmenso Río de Solís, también bañado de plata. Esta leyenda es la que originó las expediciones al Río de la Plata, todas con el objetivo de encontrar grandes cantidades de plata. Pero la plata de la que tanto se hablaba era la de los incas, en el Perú, y la del Potosí, en Bolivia. En las costas argentinas y uruguayas, sólo había de plata el reflejo de la Luna sobre el río.


Para saber más

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.

Gandía, Enrique. “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de Magallanes”. En: AA. VV. Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo II, capitulo III.

Martínez Sarasola, Carlos. Nuestros paisanos los indios. Emecé. Buenos Aires, 1996.

Medina, José Toribio. Juan Días de Solís. Estudio histórico. Santiago de Chile, 1908.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

Villanueva, Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984.