martes, agosto 21, 2007

La Ciudad Encantada de la Patagonia

La leyenda de la Ciudad de los Césares o Ciudad Encantada de la Patagonia fue el último gran mito de la conquista americana. Tuvo una vida muy larga que sobrevivió a la conquista misma. Comenzó en 1529 y duró hasta fines del siglo XVIII.

La también llamada Ciudad Errante, Elelín o su nombre más conocido, Ciudad de los Césares, es a una ciudad de plana cuadrada, como Buenos Aires; de piedra labrada y edificios techados con tejas. Sus templos son de oro macizo. El pavimento también. En algunas versiones está en un claro del bosque; en otras, en una península; otras dicen que ésta en el medio de un lago, con un puente levadizo como única puerta que le da acceso. Abunda en ella el oro y la plata, de las cuales están forradas las paredes. Con estos metales también se hacen asientos, cuchillos y rejas de arado. Tiene campanas y artillería, que se escuchan de lejos. Algunos dicen que al lado de ella hay dos cerros: uno de diamante y el otro de oro.

Sus habitantes son altos, rubios y con una barba larga. Hablan una lengua extraña, aunque en algunas versiones, es el español. Se dedican al ocio y no tienen enfermedades. O son inmortales o sólo mueren de viejos. Algunos dicen que son exactamente los mismos que fundaron la ciudad, ya que no nace ni muere nadie en la Ciudad Encantada. Tienen indígenas a su servicio, y algunos custodian el camino que lleva a ella. Algunas versiones dicen que son dos o tres ciudades (sus nombres son Hoyo, Muelle y Los Sauces). Tienen vigías para detectar la proximidad de intrusos e impedirles el acceso. También se dice que es invisible para los que no son habitantes de ella; a veces uno la puede ver si es un hombre justo, o al atardecer; o el viernes santo. Se la puede atravesar sin siquiera darse cuenta. Algunos dicen que es errante, o sea, que para encontrarla hay que limitarse a esperarla en un sitio.

En 1764 el inglés James Burgh publicó una ficción sobre la Ciudad de los Césares, en la que la describía como una utopía, como el lugar ideal.

La ilusión

La Patagonia era y es un escenario helado, desconocido. El clima es muy frío, con pocas lluvias. Los vientos son constantes, del oeste, a una velocidad de ochenta kilómetros por hora. Se forman tormentas de arena. El agua y el combustible escasean, así como también los animales de caza, los guanacos únicamente. Un lugar inhóspito para la búsqueda de una ciudad de ensueño.

Pero ¿de dónde proviene este mito? ¿Quiénes lo persiguieron sin encontrarlo?

En la conquista de América se gestaron muchas leyendas, todas salidas de la mente imaginativa y ávida de fortuna de los conquistadores; bastaban unas palabras o gestos de los indígenas para que se creara una leyenda. Las hubo por doquier: La Fuente de la Juventud, en Florida; Las Siete Ciudades de Cíbola, al norte de México; El Dorado, buscado desde el Caribe hasta el Amazonas; la famosa Sierra de la Plata y el Rey Blanco, de la zona del Río de la Plata; y por fin la más longeva de ellas, La ciudad de los Césares, de la Patagonia. Estas últimas eran un reflejo del esplendor de los incas del Perú comentado por los indígenas a los conquistadores, los cuales sólo querían escuchar dónde estaban el oro y la plata. En La Ciudad de los Césares también tienen su origen las historias de náufragos abandonados y conquistadores perdidos a lo largo de la Patagonia.

El César

La leyenda de la Ciudad Encantada de los Césares surge a partir de varios hechos que sucedieron a lo largo de la conquista de nuestro territorio, pero en especial de uno, que ocurrió durante el viaje de Caboto.

En el año 1527, Caboto funda un fuerte llamado Sancti Spiritus en la confluencia de los ríos Carcarañá y Paraná. Es el primer asentamiento de la Argentina. Mientras él preparaba una expedición río arriba por el Paraná, en 1528 manda una partida a explorar el interior del territorio. Parten en noviembre catorce hombres liderados por el capitán Francisco César. Un hombre audaz este César, se internó hacia el oeste. Antes dividió su pequeña columna en tres partes: una fue hacia el sur, a la tierra de los querandíes, de la cual nunca más se supo; otra se internó en las tierras de los carcarañás, de la cual tampoco se tuvo noticias, y por último, la tercera, al mando del propio César, siguió el curso del río Carcarañá, hacia el Noroeste. Esta tercera columna fue la única que volvió al fuerte: siete hombres que anduvieron doscientos cincuenta o trescientas leguas (mil cuatrocientos o mil setecientos kilómetros) durante tres meses. Volvieron y contaron maravillas. "...habían visto grandes riquezas de oro e plata e piedras preciosas", según surge de las declaraciones del propio César y sus soldados en Sevilla, cuando procesaron a Caboto por desobediencia.

A esta incursión de Francisco César, algunos autores la hacen llegar hasta el Nahuel Huapí y otros hasta el Perú, donde se habrían entrevistado con el Inca. Seguramente los pobres habrían vagado erráticamente, rendidos por el hambre y la fatiga, hasta toparse con la cordillera, donde los indígenas les habrían contado sobre la riqueza de los incas. Esas riquezas las atribuirían a esa ciudad maravillosa, la Ciudad Encantada, que pasaría a llamarse la Ciudad de los Césares, en honor a Francisco César y a sus valientes que la habrían descubierto. Esta aventura constituyó el núcleo original del mito de la Ciudad Encantada que fue ubicada desde las pampas y la cordillera, hasta la costa atlántica y la Patagonia austral.

Para avivar la leyenda, se agregaron los náufragos que habían quedado en la Patagonia tras las fallidas expediciones de Alcazaba, y del Obispo de Plasencia, y las ciudades que fundó Sarmiento de Gamboa.

Mas leña al fuego

Alcazaba intento poblar la Patagonia en 1534 dejando su vida y algunos náufragos en la zona. Años mas tarde la expedición del Obispo de Plasencia que intento cruzar el Estrecho de Magallanes dejó ciento cincuenta hombres refugiados en tierra, de los que nunca se supo más nada.

Lo mismo les ocurrió a los pobres pobladores de las dos ciudades que fundó Sarmiento de Gamboa en el estrecho, quien luego de fundarlas en 1584, las debe abandonar a su suerte. Había soldados y cincuenta y ocho colonos, trece mujeres, diez niños y veintiséis obreros. De ellos se habla aquí.

Según el imaginario estos pobres náufragos, que seguramente murieron de hambre o a manos de los indígenas, formaron parte de la Ciudad de los Césares; algunos dicen que fueron ellos quienes la fundaron. También se incluyó a los incas que huyeron de Cuzco después de la prisión de Atahualpa a manos de Pizarro.

Otros supuestos habitantes de la Ciudad Encantada fueron los pobres habitantes de la ciudad chilena de Osorno que tuvieron que huir hacia el sur, en 1599, perseguidos por los araucanos. Nunca más se supo de ellos; hasta 1790 no se vuelve a hablar de Osorno.

La búsqueda

Conquistados por todas estas historias, fueron muchos los españoles que partieron en expediciones en busca de la Ciudad Encantada de la Patagonia, desde 1576 hasta 1794.

Las expediciones más importantes y serias fueron la de Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), que salió de Buenos Aires en 1604, y la de Gerónimo Luis de Cabrera, desde Córdoba en 1622. Ambos buscan la ciudad a través de las pampas. El padre Mascardi y el padre Menéndez lo hacen desde Chile y atraviesan la cordillera de los Andes en su busca. Marcardi realiza dos viajes en 1670, otro en 1672 y el último en 1673, durante el cual pierde la vida. Menéndez realiza varios viajes entre 1783 y 1794, en busca de la mítica Ciudad de los Césares; fue el último viajero que la buscó. No se dio cuenta de que la ciudad que le mencionaban los indígenas era Carmen de Patagones, fundada en 1779 y desconocida del lado chileno.

La gente de los últimos tiempos del período colonial siguió creyendo en el mito, y los indígenas siguieron contando leyendas de ciudades encantadas en el fondo de los lagos, en lo alto de montañas, etc.

Gracias a este mito se recorrió y conquistó gran parte del territorio de la actual Argentina.

Para saber más

Domínguez, Manuel. El alma de la raza.

Fernández de Castillejo, Federico. La ilusión de la conquista. Atalaya. Buenos Aires, 1945.

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980.

Gandía, Enrique. “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de Magallanes”. En: Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo II, capitulo III.

Gandía, Enrique de. Historia crítica de los mitos de la conquista de América.

Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé, Buenos Aires, 1998.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

Lozano, P. Pedro. Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1873.

Morales, Ernesto. La ciudad encantada de la Patagonia. Secretaría de Cultura de la Nación Teoría. Buenos Aires, 1994

martes, agosto 07, 2007

La Maldonada, desgracias en la primera Buenos Aires

Fueron muchas las mujeres que se hicieron famosas en la conquista de América. En este capítulo se contará la historia de una de ellas, bastante legendaria, de quien no se supo ni el nombre; sólo su sobrenombre: la Maldonada.

Ya han visto los padecimientos que sufrieron los pobladores de la primera Buenos Aires. Muchos no pudieron tolerarlos, así como tampoco los malos tratos de los capitanes. Entonces deciden desertar de su deber de conquista-dores y partir en busca de una nueva vida a otro lado.
Una mujer española, no pudiendo soportar más el hambre ni los sufrimientos, decidió marcharse con los indíge-nas. No tenía nada que perder, o se moría de hambre en Buenos Aires, o la mataban los indígenas, pero tal vez és-tos la dejasen sobrevivir. Y como dice el cronista Ruy Díaz de Guzmán: “…tomando la costa arriba llegó cerca de la Punta Gorda en el Monte Grande (sur del Riachuelo); y por ser ya tarde buscó dónde albergarse, y topando con una cueva grande que hacía la barranca de la misma costa, y repentinamente topó con una fiera leona que estaba en doloroso parto…”. Según cuenta Díaz de Guzmán, la mujer se desmayó al instante del susto; la leona viendola como presa fácil acometió para atacarla, pero se arrepintió al ver que ni se preocupaba por su vida. La mujer al ver esa muestra de bondad, decidió ayudar a la leona en el parto, trayendo al mundo dos leoncillos. La española se quedó algunos días con ellos; la leona, aparte de alimentar a sus crías, lo hacía también con la famélica mujer.

Un día al salir de la cueva para tomar agua en la orilla del río, se topó con un grupo de indígenas. Inmediata-mente la tomaron prisionera y la llevaron a su morada. Uno de los ellos la tomó por esposa.

Tiempo después, uno de los capitanes de Mendoza estaba recorriendo la zona cuando al llegar al asentamiento indígena reconoció a la española y la llevó con él. Pero como todos sabían sobre la huida de esta mujer, se decidió castigarla por traición. Resolvieron echarla a las fieras. La condujeron hasta la orilla del río y la ataron desnuda a un árbol, para que las bestias le diesen el castigo merecido.

Éstas se fueron acercando por la noche, pero entre ellas también estaba la leona que había ayudado la española. Ésta al verla tan desguarnecida, se quedó y la defendió de los ataques de otras fieras, dándole calor cuando se alejaban. Así lo hizo durante tres días. Para entonces, el capitán mandó a unos soldados a ver qué quedaba de la española. Los soldados la encontraron viva y, con la leona y sus leoncillos a sus pies, la cual sin atacar a los españoles se corrió a un lado para que pudiesen llegar hasta el árbol. Desataron a la mujer y la llevaron a Buenos Aires. La leona daba bramidos de pena al ver alejarse a su bienhechora.

De esta manera, la española quedó libre de su sentencia, ya que ésta no había podido llevarse a cabo. Ruy Díaz de Guzmán, cronista, es el que nos trajo esta historia, él dice en su libro “…la cual mujer yo la conocí y la llamaban la Maldonada, …”. Es una interesante historia que no pasa de ser una de las tantas que cuenta Ruy Díaz en su libro La Argentina, las cuales tienen más de leyenda que de verdad.

Esta historia dio origen al nombre del arroyo Maldonado, que corre actualmente entubado y subterráneo a lo largo de la avenida Juan B. Justo, en barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires.

Para saber más
Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé. Buenos Aires, 1998.

martes, julio 31, 2007

Lucía Miranda, una historia de amor en la conquista

Cuenta la leyenda, que en la expedición realizada por Sebastián Caboto ocurrió una historia muy particular. Como dice una canción: "Ésta es la historia del eterno triángulo", sólo que en este caso son dos caciques timbúes los que le disputan a un español el amor de una hermosa española llamada Lucía Miranda.

La expedición de Caboto había fundado un fuerte el 11 de mayo de 1527 a orillas del Carcarañá, río que desem-boca en el Paraná. Fue el primer establecimiento europeo en nuestro territorio, y fue llamado Sancti Spiritus.

La leyenda nos llega a través del historiador Ruy Díaz de Guzmán en su libro La Argentina, de 1612. Se cuenta que entre los timbúes que habitaban la zona del fuerte, había dos caciques que eran hermanos. Uno se llamaba Mangoré, y el otro, Siripo, de unos treinta años ambos, valientes y expertos en las artes de la guerra. Mangoré se había enamorado de una mujer española que vivía en la fortaleza, llamada Lucía Miranda; estaba casada con el español Sebastián Hurtado.

Los timbúes tenían tratos con los españoles y les llevaban alimentos. Mangoré le hacía muchos regalos a Lucía, y la ayudaba dándole comida. La española, muy agradecida por los regalos, le daba un trato muy amoroso. El caci-que se entusiasmó más de la cuenta con Lucía. Tanto pensaba en ella, que organizó en su mente el rapto de su amor no correspondido. Decidió invitar al marido de Lucía a mudarse a su pueblo, donde recibiría hospedaje y amistad, pero el español, con buenas razones, se negó. El cacique terminó por perder la paciencia. Con gran indignación y mortal pasión, al ver que la española no le prestaba la atención que él deseaba, y el esposo menos todavía, comenzó a preparar una traición a los españoles para conseguir a Lucía.

En ese momento de la historia entra en acción el otro cacique, su hermano Siripo. Mangoré le dice que no con-venía obedecer a los españoles, porque éstas eran tierras timbúes, y ellos eran tan señores en sus cosas, que en po-cos días los pondrían bajo su control, y en perpetua servidumbre. Entonces le pide a su hermano que lo ayude a destruir a los españoles, matando a todos y asolando el fuerte. Pero Siripo no quiere saber nada, y le pregunta cómo podía él pensar en una traición, cuando los españoles siempre le habían profesado amistad y él se sentía tan atraído por Lucía. Mangoré le replica indignado que así convenía para el bien común de los timbúes, y como él lo quería así, su hermano tenía que aceptarlo. Con esto persuadió a Siripo que accedió a realizar el ataque en el momento más oportuno.

La traición

Mangoré planeó el asalto al fuerte con más de cuatro mil hombres, aprovechando la salida varios españoles en busca de comida, entre ellos el marido de Lucía. Así salió con treinta hombres hacia la fortaleza, con comida y otras cosas, y repartió todo entre los españoles. Éstos, agradecidos, lo hospedaron en el fuerte por aquella noche. Una vez seguro de que todos dormían, Mangoré mandó matar a los centinelas, y abriendo la puerta hizo que entra-ran los cuatro mil hombres que esperaban emboscados fuera del fuerte. Los españoles se defendieron con gran va-lentía, pero ésta no alcanzó. Fue una carnicería. Los pocos que pudieron salir con vida escaparon hacia los barcos y se salvaron. Mangoré murió en el ataque.

Sólo quedaron con vida en el fuerte cinco mujeres, entre las cuales estaba la tan cara Lucía Miranda, más cuatro muchachos que fueron capturados. Siripo, viendo a su hermano muerto por una mujer española, lloró mucho, y lo único que pensó fue en quedarse con ella como prenda.

El Triángulo

Lucía lloraba mucho por su situación, aunque Siripo la trataba muy bien. El cacique, al verla así, la tomó por mujer y la consolaba diciéndole que era señora de todos sus dominios.

Al tiempo llegaron ante Siripo unos guerreros con un cautivo; era Sebastián Hurtado, el marido de Lucía. Éste, viendo el fuerte destruido, sólo pensó en buscar a su mujer y quedarse prisionero de los timbúes, si eso bastaba para ver a su Lucía. Siripo, al reconocerlo, ordenó que lo ejecutasen. Pero Lucía rogó por su marido y Siripo accedió a tomarlo como esclavo.

Sin embargo, ocurrió que Lucía y su esposo se veían a escondidas del cacique, y éste se enteró por una de sus esposas que estaba celosa de la “españolita”. Preso de una rabia infernal mandó que se armase una gran pila de madera sobre la cual se puso a Lucía Miranda y la prendió fuego. Ella aceptó con gran valor la sentencia y muerte. Al marido le reservó otro tipo de muerte. Lo ataron de pies y manos a un algarrobo, y le lanzaron dardos, primero, y luego, flechas hasta que lo mataron.

La historia

Hasta acá la leyenda. ¡Qué historia! Pero ¿fue cierta? Eso parece ¿no?, aunque está comprobado por diversos historiadores que no hubo ni una mujer en la expedición de Sebastián Caboto.
Lo cierto es que los españoles y los indígenas tenían un trato cordial, comprometiéndose estos últimos a traer alimentos a cambio de mercancías que los españoles les daban. El trato de los españoles a los indígenas no era de igual a igual, como estos últimos habrían esperado.

Un día, antes de que Caboto partiera en expedición, ocurrieron diversos incidentes con los indígenas, que dieron lugar a fuertes actos de violencia por parte de los españoles. Los indígenas dejaron de ir a comerciar al fuerte. Todo hacía temer un ataque indígena. Una vez partido Caboto, el capitán Gregorio Caro, encargado del fuerte, descuidó su defensa. Había muchos españoles que tenían sus casas fuera del muro, si se le podía decir muro a una pila de tierra. En septiembre de 1529, pocos días después de partir Caboto en expedición, tuvo lugar el asalto, incendio y destrucción del fuerte de Sancti Spiritus.

Ocurrió de madrugada, la guardia del fuerte no estaba en su lugar. Varios cientos de indígenas habían rodeado el fuerte en silencio durante la noche y se lanzaron de golpe sobre los somnolientos españoles. Éstos, en vez de dar lucha hasta la muerte como cuenta la leyenda, salieron despavoridos sin saber hacia dónde correr. El jefe del fuerte, Gregorio Caro, que en la leyenda tiene otro nombre y muere valientemente, fue el primero en refugiarse en los barcos, seguido por varios otros. Uno de los barcos logró retirarse de la zona de combate, pero el otro quedó vara-do, y no pasó mucho hasta que los indígenas lo tomaron y quemaron. El fuerte fue destruido totalmente junto con las veinte casas que había mandado a construir Caboto.

La mayor parte de los antiguos historiadores de las tierras argentinas, Ruy Díaz de Guzmán, Lozano, Guevara, Charlevoix, Azara y otros, contaron la historia de Lucía Miranda como cierta. Modernamente, el historiador Legui-zamón demostró que fue el cronista Ruy Díaz de Guzmán el creador de la leyenda del martirio de Lucía Miranda en la destrucción del fuerte Sancti Spiritus. Su relato fue tomado por los historiadores posteriores, hasta que a fines del siglo XIX, el autor de la Historia del Puerto de Buenos Aires, Eduardo Madero, formuló la primera duda, y hoy está ya completamente demostrada la absoluta carencia de fondo histórico que tiene esta historia. Ella, sí tiene un fondo cultural: la relación entre los españoles e indígenas, y la lucha por la tierra.

También se quiso ver un intento de contener y desprestigiar las relaciones sexuales entre españoles e indígenas, que por lo general sucedían al revés de lo que se cuenta en esta historia, eran más comunes entre hombres españoles y mujeres indígenas. En la época en que Ruy Díaz escribió el relato (principios del siglo XVII) la relación entre españoles e indígenas era muy co-mún, y horrorizaba los pocos sacerdotes que había en estas zonas.

Para saber más

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980. Cap. III.
Gandía, Enrique. Historia crítica de los mitos de la conquista de América. Pag 176-177.
Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé, Buenos Aires, 1998. Cap. VII.
Lassaga, Ramón. Tradiciones y recuerdos historicos. Cap. XIV.
Leguizamón, Martiniano. “La leyenda de Lucia Miranda”. Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, Año VI – N° 1, marzo 1919.
Lozano, P. Pedro. Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1873. Cap. II.
Madero, Eduardo. Historia del Puerto de Buenos Aires. Buenos Aires, 1902. Pag. 114-117.
Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.
Silvestre, Hugo L.. “Lucía Miranda: leyenda y literatura”. Todo es Historia, N° 155, abril 1980.

martes, julio 24, 2007

La Sierra de la Plata y el Rey Blanco

Los guaraníes de la costa brasileña contaban que muy al occidente estaba la riquísima tierra de los caracaraes, dominio del Rey Blanco, en donde había una gran sierra de plata (no rica en plata sino maciza) ríos de oro y maravillas indecibles. Entrando por el Río de la Plata se podían cargar los barcos con metales preciosos, aún lo más grandes. Los súbditos del Rey Blanco llevaban coronas de plata en la cabeza y planchas de oro colgadas al cuello.

Muchos exploradores españoles fueron deslumbrados por las constantes noticias que daban los indios sobre la Sierra de la Plata y del imperio grandioso que se hallaba hacia el occidente ignoto, custodiado por un gran dragón invencible. A este dragón bien lo podría representar la impenetrable selva del gran Chaco, y como veremos mas adelante fue finalmente vencido.

Su origen

Los incas irradiaron esplendor y riqueza por toda América del Sur; en tiempos anteriores a la conquista española.

Los guaraníes realizaron grandes emigraciones hacia las tierras incaicas del Perú con ánimo de conquista, pero fueron expulsados. Algunos, en su regreso, se establecieron en el gran Chaco y en las tierras paraguayas. Ya en las costas del Brasil, se encargaron de divulgar la fama de la Sierra de la Plata, de las ricas minas de Charcas. La noticia era cierta, pero deformada por el reflejo incaico, y mal calculada en su distancia del cerro Saigpurum, luego descubierto y llamado Potosí por los españoles.

Primera búsqueda

Corría el año 1516, y tres naves volvían a España por el río Paraná Guazú tras haber descubierto este inmenso río al que Juan Díaz de Solís llamó Mar Dulce. Los huesos del gran Capitán quedaron junto con los de varios compañeros en esas playas, luego de una matanza seguida de un ritual antropofágico de la cual sólo se salvó, de todo el grupo de desembarco, el grumete Francisco del Puerto. Luego, la pequeña flota pasó, sin su Almirante, junto a la isla Yurúminrín que más tarde Sebastian Caboto bautizaría con el nombre de Santa Catalina, en la costa del Brasil. Una de las carabelas, retrasada, naufragó en el Puerto de los Patos, la costa frente a la isla; quedaron ahí abandona-dos dieciocho tripulantes.

Estos náufragos se enteraron de la historia de la Sierra de la Plata. Uno de ellos, Alejo García, decidió realizar una expedición en su busca. Hay que aclarar que estos españoles eran náufragos en tierra indígena, y que estaban a casi dos mil kilómetros de Potosí. El audaz Alejo García, con cuatro de sus compañeros, logró alistar a varios cien-tos de guaraníes, algo que no le costó mucho, ya que éstos realizaban migraciones cada determinada cantidad de años hacia esa zona. La expedición cruzó las extensas selvas brasileñas y logró llegar a las sierras de Potosí, la ansiada Sierra de la Plata. Corrieron muchos peligros y guerrearon contra numerosos indígenas a su paso. Cuando García volvía de esta arriesgada expedición, cargado de oro y de plata, fue atacado y muerto por indígenas, y su expedición deshecha. Sólo algunos guaraníes y un hijo (americano) de García lograron regresar al Puerto de los Patos, donde estaban los demás náufragos a quienes les contaron las maravillosas historias sobre las inmensas riquezas y la muerte de sus compatriotas, que luego recorrerían la costa brasileña. Se cree que esta expedición ocurrió no mucho antes de la llegada de Caboto al Río de la Plata, hacia 1525.

La codicia

Las noticias de la Sierra de la Plata corrían por toda la costa del Brasil, desde Pernambuco hasta el Río de la Plata, el cual obtiene su nombre por ser la vía más rápida hacia la famosa sierra, y no porque hubiera plata en sus costas. Estas noticias habían llegado a España en las naves de Solís; del portugués Cristóbal Jacques, que se encontró con el grumete Francisco del Puerto (sobreviviente de la matanza de Solís) en el Río de la Plata; de Rodrigo de Acuña; y de aquel castellano que en 1521 habló con nueve náufragos de Santa Catalina y subió por el Río de la Plata un buen trecho. Estas buenas nuevas y los rumores sobre el imperio incaico se habían extendido por la costa brasileña hasta la boca del inmenso río de Solís. Y habían llegado hasta España "clavándose como una obsesión en la mente de Sebastián Caboto".

Caboto firma con el rey de España una capitulación para ir a las islas Molucas (en el sudeste asiático). Llegó a la costa del Brasil el 3 de junio de 1526; fondeó en Pernambuco, una factoría portuguesa. Durante su larga estancia allí, Caboto decidió, si no lo había hecho en España, explorar el río descubierto por Solís. Había obtenido bastante información sobre la existencia de grandes cantidades de metales preciosos.

Anoticiado de la existencia de los náufragos de Solís, los recoge en su camino al Río de la Plata. Sólo quedaban dos, Enrique Montes y Melchor Ramírez, los cuales exageraron sobremanera las riquezas que existían en la zona del Plata.

¿Un río con plata?

En el Río de la Plata sólo encontraron hambre y desastres. Con las mismas “riquezas” se encontró Diego García de Moguer (ex-integrante de la expedición de Solís), quien al igual que Caboto, había conseguido la capitulación para ir a las Molucas, y la violaba igual que aquel, para explorar el Río de la Plata atraído por las riquezas de la famosa sierra. Caboto y García regresaron a España sin poder encontrar nada, sólo llevaron consigo más leyendas que atraerían a más españoles al Río de la Plata.

Todas las noticias que llegaban del Perú y de la todavía esquiva Sierra de la Plata, prepararon la armada de don Pedro de Mendoza, la cual se hizo a la vela con más de dos mil hombres para defender la Raya de Tordesillas contra los avances de los portugueses, que por el Brasil pretendían alcanzar las minas peruanas.

El final de la leyenda

Mucho fue el hambre que se pasó luego de la fundación de Buenos Aires en 1536, como veremos más adelante. Juan de Ayolas, decidido a llegar a la Sierra de la Plata, se lanzó aguas arriba del Paraná. Poco más tarde salió Juan de Salazar de Espinoza llevando una ayuda que no pudo llegar a tiempo.

Desde el alto Paraguay, Ayolas cruzó el Chaco, dejando en un puerto a Martínez de Irala con treinta y tres hombres. Luego de muchos contratiempos llegó a las minas de Charcas y, al igual que Alejo García años antes, cargó todo el oro y plata que pudo. Sus hombres estaban muy debilitados y eran pocos; esto decidió a los indígenas que los acompañaban a sublevarse y matarlos a palos estando muy cerca de la meta, como revelarían algunos "indios amigos".

Mientras Salazar fundaba la actual Asunción del Paraguay, Irala llegaba hasta las mismas puertas del Perú, des-cubría que hacía tiempo que otros españoles dominaban esas tierras. El mito de la Sierra de la Plata se diluía en el olvido.

Para saber más

Domínguez, Manuel. El alma de la raza.

Fernández de Castillejo, Federico. La ilusión de la conquista. Atalaya. Buenos Aires, 1945.

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980.

Gandía, Enrique de. Historia crítica de los mitos de la conquista de América.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

lunes, julio 16, 2007

¿De dónde salieron los indígenas americanos?

¿De dónde salieron los indígenas americanos? Ésta es una pregunta que se realizaron los europeos casi inme-diatamente después del “descubrimiento” del Nuevo Mundo. Durante todos los siglos que nos separan de la llegada de Colón a América (1492), corrió mucha tinta sobre el supuesto origen de los primeros americanos. Infinidad de soluciones se han propuesto para explicar la presencia del hombre en esas nuevas tierras que se abrieron a la expan-sión europea. La mayoría nos parecerán graciosas o absurdas para nuestra época, pero eran proposiciones muy se-rias para aquellos tiempos.

En los primeros años del siglo XVI comenzó a manifestarse la idea de que las tierras a las que había arribado Colón no pertenecían al Asia, sino que eran parte de un nuevo continente del cual no se tenían noticias. El principal problema para el pensamiento europeo de esa época era que en los libros sagrados no se mencionaba ese continente ni a sus pobladores, que aparentemente eran humanos. Al principio se dijo que no eran hombres, sino que sólo lo parecían. Pero esta aberrante afirmación se echó por tierra con la bula papal del 9 de junio de 1537 (cuarenta y cin-co años después del descubrimiento), en la cual se consideraba a los indios americanos como verdaderos hombres, racionales y dotados de alma. Anteriormente el papa Alejandro VI había aprobado sin reservas la intención de los reyes de España de someter a los indígenas para convertirlos más fácilmente a la religión cristiana, como un acto de piedad religiosa.
Estos postulados, más que aclarar las cosas las complicaron, ya que en la Biblia no se los mencionaba, por lo tanto eso indicaba que tenían que haber sido creados aparte. Se barajaron muchas teorías, todas relacionadas con lo religioso, que era autoridad en esa época. La fantasía imperó en muchas de esas investigaciones; también se forzaron las evidencias en la mayoría de los casos.


Los judíos

Algunos, como Ario Montano en el siglo XVI, plantearon que los americanos eran descendientes de unos tata-ranietos de Noé. ¿Se acuerdan? El del diluvio. Montano aparece por primera vez con su libro Biblia Poliglota, pu-blicado en Amberes de 1569 a 1573. Tenía una concepción bastante original: dos hijos de Jectan, biznieto de Sem, hijo de Noé, habrían poblado América. Uno de ellos, Ophis, llegó al noroeste de América y de allí a Perú, y el otro, Jobal, colonizó Brasil. El historiador B. de Roo resucitó esta tesis en 1900.

Marcio Lescarboto, en su libro Nouvelle France publicado en 1612, le otorga el mote de padre de los ameri-canos a Noé. Aduce que él se habría preocupado especialmente de poblar la actual América: “...pudo conducir allí a sus hijos, y no le fue más difícil ir por el estrecho de Gibraltar a la Nueva Francia (Brasil), desde Cabo Verde (África) a Brasil, de lo que fue a sus hijos ir a establecerse en Japón...”.

Otro que le otorgó el origen de los americanos a los judíos fue Gregorio García, que en 1607 publicó Origen de los indios del Nuevo Mundo, donde trataba de demostrar las coincidencias morales, lingüísticas, etc., que había entre los judíos y los indígenas americanos. Muchos historiadores y filósofos se unieron a la hipótesis judía: Tor-nielli, Vatablio, el alemán Gilbert Genebrand, André Thévet, y los ingleses Theodore Thorowgood y John Dury, son algunos.
Otros los imaginaron descendientes de las diez tribus perdidas de Israel. Esta teoría se basaba en lo ocurrido durante el año 721 a. C., cuando las diez tribus norteñas de Israel fueron conquistadas por Asiria y desaparecieron de la historia. Muchos autores trataron de defender esta hipótesis. Bartolomé de Las Casas, el padre Durán y un rabino portugués llamado Manasseh Ben Israel trataron de demostrar que las tribus perdidas se habrían refugiado en América. En siglos posteriores dicha hipótesis siguió encontrando defensores; el último fue lord Kingsborough, en el siglo XIX.


Los fenicios y otros

También los fenicios recibieron el nombre de padres de los americanos. Éstos habrían mandado colonias de emigrantes hacia América. Basándose en parecidos culturales, lingüísticos, a veces toponímicos, varios autores trataron de probarlo. Horn lo hizo en 1562; Huet, obispo de Avranches, en 1679; Court de Gébelin, de 1778 a 1784; y Ph. Gaffarel, en 1875. Geo Jones, abogado de Nueva York, trató de encontrar los antepasados de los indígenas americanos entre los fenicios de la ciudad de Tiro, quienes habrían huido luego de la conquista de su ciudad llevada a cabo por Alejandro Magno. También le atribuyeron el origen de los americanos a navegantes extraviados durante la expedición de este último a la India.

Asimismo se buscaron semejanzas y coincidencias a través de la lingüística, el arte, la tecnología y la arquitec-tura. Descubrieron conexiones con las civilizaciones de Creta, los carios de Asia Menor, los cananeos de Medio Oriente, romanos, griegos, egipcios, celtas, irlandeses y tantos otros. Trataron de encontrar el origen de las lenguas americanas en la japonesa, china, suméria, polinesia, cópta (de Egipto), vasca, y muchas más.

En 1829, se publicó un libro de John Ranking, en el cual se introducía a los mongoles en la carrera por los orí-genes americanos. Hacia 1380 Kublai Khan intentó conquistar Japón, pero su flota fue dispersada por una gran tormenta. Según el autor, las naves fueron llevadas por la tempestad hacia las costas americanas, donde los náufra-gos habrían fundado el imperio incaico. Varios autores compartieron esta tesis u otras semejantes.

Otros posibles padres de los americanos, serían los habitantes de la Atlántida, según E. Bailly d'Engel, 1767 y Carli en 1780. F de Castelnau opinó, en 1851, que los descendientes de Sem, hijo de Noé, habrían pasado por la Atlántida para colonizar América.


Orígenes locales

También se presentó la hipótesis del origen autóctono de la población americana. Varios sabios plantearon que el hombre se habría originado separadamente en todos los continentes, y América no era la excepción. Bory de Saint-Vincent, Frederick Muller, Morton, Meigs, Agassiz, Hervé, Haeckel, Hovelacque, Pouchet y otros habrían defendido esta hipótesis, llamada poligenista. Isaac La Peyrère, autor de Preadamitae (1655), sostenía que sólo Adán era el progenitor de los judíos, mientras que los otros pueblos antiguos descendían de antepasados preadami-tas. Henry Home, lord Kames, trató de llegar a un acuerdo con el Génesis en su libro Sketches of the history of man (1774). Dijo que las diferencias del ser humano se habrían generado luego de la construcción de la Torre de Babel; Dios habría equipado milagrosamente a cada grupo de hombres con especiales adaptaciones al clima, inteligencia y demás características. Afirmaba que los americanos no descienden de ningún pueblo del viejo mundo y postulaba una creación distinta para explicar su existencia.

Dios habría creado a todos los pueblos a partir de Adán y Eva, mientras que a los americanos los creó solos. ¿Serían el verdadero pueblo elegido?
Otros, como el alemán Johann Blumenbach o el francés Leclerc, conde de Buffon, creían que Adán y Eva habían sido blancos. Las otras "razas", entre las que se encontraban los americanos, eran una forma de degeneración. Pero por lo menos creían que ésta podía invertirse con un adecuado control, obviamente por parte de los europeos.


Madre argentina

Pero la teoría más interesante, sin duda, es la que el argentino Florentino Ameghino esbozó en el libro La anti-güedad del hombre en el Plata. Ameghino sostenía que el hombre era originario de América, y nada más ni nada menos, que de las pampas argentinas. Veamos esta teoría con detenimiento.

Los descubrimientos hechos o inspirados por el paleontólogo argentino Florentino Ameghino fueron, para su época, sensacionales y revolucionarios. Si bien son rechazados actualmente por los expertos, tuvieron tanta reso-nancia, que merecen ser expuestos.

Lo característico de los trabajos de Ameghino relativos al hombre y a los antropomorfos (antepasados con for-ma humana) es que la hipótesis ha precedido en mucho a los hechos sobre los cuales lógicamente hubiese debido apoyarse.

Según él, América habría sido el centro de evolución de todos los mamíferos y ciertos antecesores del hombre que, en las planicies desprovistas de vegetación arborescente de la Argentina, "se vieron obligados a levantarse sobre sus miembros posteriores para explorar el horizonte". Habrían dado nacimiento, así, al verdadero precursor del hombre, es decir, al primer ser adaptado a la posición erecta que él llama Tetraprothomo. De éste habrían naci-do por evolución progresiva el Triprothomo, el Diprothomo y finalmente, el Prothomo, antecesor inmediato del hombre actual. Éstos fueron descubiertos más tarde por Ameghino.

El Tetraprothomo argentinus está representado por un fémur y una vértebra cervical hallados en Monte Hermo-so (provincia de Buenos Aires); el Diprothomo platensis, por un casquete craneano descubierto en el puerto de la ciudad de Buenos Aires; el Prothomo pampeus, por una serie de cráneos y osamentas provenientes de diferentes lugares de la Argentina. Según Ameghino, el primero debió pertenecer a las capas geológicas más antiguas del mioceno superior (serían más de veinte millones de años); el segundo, al plioceno (cinco millones de años) y el tercero, a esa misma formación geológica, sólo que en su parte media. Los tres serían de la era terciaria, y por lo tanto, anteriores a los vestigios de esa época que había en el Viejo Continente. En consecuencia América sería la cuna de la humanidad, de cuyo centro partieron las emigraciones que poblaron la tierra de mamíferos y de hom-bres.

La edad que Ameghino atribuye a sus múltiples hallazgos está muy lejos de lo real. Él fue el único que sostenía esa antigüedad para las capas geológicas en que se encontraron dichos hallazgos; éstos por sí mismos, no valen mucho. Seguiremos al famoso Paul Rivet, que escribió El origen del hombre americano. Un fémur y una vértebra bastaron para que Ameghino creara al Tetraprothomo. Ambas piezas proceden de un mismo yacimiento. La vérte-bra es humana pero, según estudios posteriores, corresponde a una mujer piamontesa (italiana) y el fémur no puede pertenecer a esa mujer ya que es mucho más corto de lo que debiera ser y por sus particularidades no se lo conside-ra humano; perteneció a un carnívoro, probablemente a un félido. El casquete craneano que condujo al Diprot-homo, está sumamente incompleto y Ameghino habría hecho mal la reconstrucción. Mochi, Schwalbe y Von Lus-chan demostraron que el casquete craneano había sido proyectado erróneamente. Según el sabio argentino los crá-neos que representaban al Prothomo tenían rasgos primitivos, pero los antropólogos experimentados R. Lehmann-Nitsche, A. Mochi y A. Hrdlicka no tuvieron dificultad en descubrir que estos caracteres provienen de errores de técnica y de una deformación artificial que se practicaban los indígenas. En cuanto a los huesos, son de edad re-ciente, no más antiguos que la época de la conquista española.

La explicación de Ameghino se basaba en premisas e interpretaciones erróneas de los materiales observados; no olvidemos que se trataba de un científico formado por su propio esfuerzo. Sus convicciones lo desacreditaron en el ambiente científico, debido a que empañaron su gran actuación en la paleontología argentina en el estudio de la fauna extinta.


Nos vamos acercando

En 1590 se publicó un libro llamado Historia natural y moral de las Indias, en el cual su autor, el jesuita J. De Acosta, suponía que los habitantes de América habían llegado del norte de Asia: “...lo hicieron no tanto navegando por mar, como caminando por tierra; y este camino lo hicieron muy sin pensar, mudando sitios y tierra poco a po-co...”. En esa época no se conocía bien el norte de América, y menos el oeste, así que De Acosta pensó que habrían pasado por algún territorio desconocido para la época. Según él estos pobladores habrían sido cazadores que “... hayan penetrado, y poblado poco a poco aquel mundo...”.

Ya en el siglo pasado el rigor científico comenzó a liderar las teorías. Alexander von Humboldt, en 1810, decía que las poblaciones americanas eran de origen asiático y que habrían venido por el estrecho de Bering. Muchos compartieron esta teoría durante el siglo XIX y principios del XX, como Powell, Holmes, Hrdlicka y otros. Es la teoría que se acepta hoy, aunque más elaborada que aquella.


Teorías actuales

Hubo una época en la que el estrecho de Bering no separaba a América de Asia, sino que estos continentes esta-ban unidos por una lengua de tierra que los geólogos llamaron Beringia. Esto ocurrió al final del pleistoceno, hace más de diez mil años, cuando el mar de Bering no existía. Debido a que el clima en esos tiempos era mucho más friío que el actual, los océanos del mundo tenían menos agua líquida que en la actualidad, ya que el agua estaba acumulada en inmensos glaciares en los polos y en el norte de los continentes. Al bajar tanto el nivel del mar, el estrecho de Bering habría quedado al descubierto y convertido en un territorio posible de ser habitado, como el norte de Asia.

El puente de Beringia es la única ruta temprana aceptada hoy. A partir de la entrada por este paso, se habría poblado a lo largo de cientos y cientos de años, la totalidad del continente americano. Los sitios arqueológicos más antiguos de Sudamérica tienen doce mil años.
Hubo otras rutas de poblamiento, pero más tardías. Hace tres mil años y posteriormente, habrían llegado nuevos habitantes por otras vías como el océano Pacífico, pero que no habrían tenido incidencia demográfica ni cultural, salvo en alguna región.

La influencia europea está descartada hasta la llegada de Colón, ya que en América no se conocía la rueda, muy difundida en Europa. Los vikingos sólo hicieron algunas incursiones al norte de América, fundaron dos colonias en Groenlandia que duraron solamente trescientos años y no habrían influido sobre las culturas indígenas.

Hay muchos debates y teorías sobre cómo y cuándo se habría poblado América, La controversia no ha conclui-do todavía, pero algo seguro es que los primeros pobladores de América provinieron del norte de Asia.


Para saber más

Boorstin, Daniel J. Los Descubridores. Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1986.
Carnac, Pierre. El primer descubrimiento. Martínez Roca. Barcelona, 1991.
Harris, Marvin. El desarrollo de la teoría antropológica. Alianza, 1992.
Lewin, Roger. Evolución Humana. Biblioteca Ciantífica Salvat. Barcelona, 1993.
Meek, Ronald. Los orígenes de la ciencia social. El desarrollo de la teoría de los cuatro estadios.
Pelaez, Pablo. Registro material y nuevos modelos sobre el poblamiento de América.
Rivet, Paul. Los orígenes del hombre americano. Fondo de Cultura Económico. México, 1960.

martes, junio 19, 2007

La primera Buenos Aires, 1536

Como vimos en otros capítulos, el Río de la Plata fue visitado por los españoles desde 1516, cuando lo descubre la expedición al mando de Juan Díaz de Solís. La más importante de todas las expediciones fue la de Sebastián Caboto. Este último, hipnotizado por la leyenda de la Sierra de la Plata y del Rey Blanco, había desviado su curso hacia las islas Molucas, en Asia, para adentrarse por el Plata en busca de grandes riquezas. Lo único que consiguió fue hambre y más leyendas. Solamente los mitos llegaron a España.

La corona española decidió poblar la zona para defenderla de las ambiciones de los portugueses; pero el principal motivo de enviar un adelantado con mil quinientos hombres y trece barcos no era otro que el de alcanzar la mítica Sierra de la Plata.

La partida


La expedición partió el 24 de agosto de 1535 desde Sanlúcar de Barrameda, al mando de don Pedro de Mendoza. Éste tenía el título de Adelantado y su labor consistía en fundar tres poblaciones y emprender la conquista de la mítica región del Rey Blanco. No sólo eso, también tenía que organizar un gobierno duradero.

En la expedición iban muchas mujeres, aparte de los soldados. Algunas de ellas fueron conocidas por sus nombres: Isabel de Guevara, autora de una carta en la cual cuenta la labor de las mujeres en la conquista; la Maldonada, de la cual se hablará más adelante; María Dávila, compañera y amante de don Pedro de Mendoza, quien lo acompañaría hasta el día de su muerte; y otras más.

La expedición se detuvo en las islas Canarias para aprovisionarse, y allí se les unieron tres naves más, provistas por el gobernador de Santa Marta, don Pedro Fernández de Lugo. Este último había sido un aspirante al título de Adelantado del Río de la Plata.

Don Pedro de Mendoza era un hombre viejo, con mucha experiencia militar. Pero estaba mortalmente enfermo de sífilis, una enfermedad que lo tuvo a maltraer durante todos los preparativos de la expedición, en el viaje y luego en el Río de la Plata. Este mal lo imposibilitó muchas veces para tomar decisiones, por lo cual la expedición careció de un buen líder desde el principio.

Mendoza se detuvo en Río de Janeiro, donde enjuició y mandó a asesinar al maestre de campo Juan de Osorio por presunta rebelión, la que luego se comprobó nunca había existido.

Mientras tanto el hermano del Adelantado, don Diego de Mendoza, siguió camino al Río de la Plata y desembarcó en las islas San Gabriel (frente a la actual Colonia, Uruguay). Allí se le reunió Pedro de Mendoza en enero de 1536. Construyeron unos barcos especiales para ríos bajos, y enviaron algunos bergantines con unos prácticos del río, veteranos de la expedición de Caboto, a fin de que eligieran el mejor lugar para levantar una población. El lugar elegido tenía grandes condiciones: un puerto cómodo, con un pequeño riachuelo que desembocaba en el gran Río de la Plata y una isla cubierta de sauces y juncos, que tapaba su desembocadura y lo protegía de los vientos. Allí, en ese riachuelo, se podrían cobijar varias embarcaciones.


Fundación

Mendoza trasladó a toda la gente hacia el punto elegido, y levantó una población en lo alto de una meseta bordeada por arroyos. Correspondía al llamado Alto de San Pedro, justo frente al lugar donde se guardaban los barcos, un canal que penetraba en el actual Riachuelo, este ultimo tenía en aquella época su desembocadura cubierta por la isla de los Pozos. El canal estaba escondido por un banco submarino que se extendía paralelo a la playa de la barranca, como continuación de la isla, y empezaba a hacerse visible en el punto llamado alto de San Pedro; sólo había una entrada a este canal, que estaba justo frente a la actual Retiro, o sea pasándose un poco al norte de donde estaría la ciudad. Había que embocar esta entrada al canal para poder entrar en el Riachuelo, si no los barcos se encallarían en el banco como le pasó más tarde a León Pancaldo, como ya veremos.

A muy poca distancia de la barranca comenzaba la llanura interminable y completamente plana, sin vegetación; a la vista la pampa resultaba infinita. Ni una colina, ni un árbol, todo liso.

A principios de febrero se fundó la ciudad que llamaron Nuestra Señora del Buen Aire. La fecha más aceptada es el 3 de febrero, pero no hay seguridad sobre ella: oficialmente se mantiene el 2 de febrero, aunque ni siquiera se sabe si hubo un acto de fundación. Lo más probable es que no haya existido dicho acto, ya que Mendoza estaba muy mal de su enfermedad en esa época. El lugar también es una incógnita, pero el más aceptado por los historiadores es el ya expuesto, que sería el final de la actual calle Humberto I. Donde comenzaba la parte visible del banco antes comentado.

Apenas fundada la ciudad, los españoles entraron en tratos con los indígenas, que se acercaron con curiosidad a ver qué pasaba. Éstos les procuraron alimentos: pescado y carne de venado. En la zona de la ciudad no había ni árboles frutales ni muchos animales. Había perdices, algunos avestruces o ñandúes, armadillos, gatos monteses y venados (para una descripción detallada de la región ver el capítulo “Historia del Riachuelo”). La pesca era imposible para los españoles ya que no habían traído anzuelos ni redes.

Mendoza ordenó enseguida que lo aprovisionasen de perdices para alimentarse él y sus capitanes amigos; los soldados las cazaban con ballestas para no gastar las balas de los arcabuces. Los líderes de la expedición siempre tuvieron alimento suficiente, incluso cuando los hombres y mujeres que tenían a su cuidado morían de hambre.


Levantar la ciudad

Por fin comenzaron los trabajos para levantar la ciudad. Hicieron chozas que tenían paredes de barro mezclado con paja, y los techos eran completamente de paja y cañas. Las ventanas, si es que tenían, de madera que obtenían de los algarrobos silvestres que había a orillas del Riachuelo. Levantaron también una casa grande y maciza que sería destinada al Adelantado Mendoza. Algunos cronistas dicen que tenía techo de tejas, las cuales se habría traído Mendoza desde España, así como gran cantidad de ropas finas, libros, exquisitas vajillas, manteles y muebles. Se rodeó a la nueva población con un terraplén de “tres pies” de ancho y “de la altura de un hombre parado”, que había que reparar cada día, ya que se desarmaba. También un foso que rodeaba al terraplén. Con el tiempo a la "muralla" se le agregó una empalizada hecha con troncos de árbol. La extensión del poblado era de aproximadamente una manzana.

Había también una fortaleza o casa de gobierno, que funcionaba como residencia de las autoridades, oficinas y prisión. En realidad era un barco encallado, que luego se deshizo para construir una iglesia y fue reemplazada por otra nave en las mismas condiciones, donde vivía en 1539 el teniente gobernador Ruiz Galán.

Mientras los soldados construían la ciudad, los indígenas dejaron de procurarles comida. Se cree que estos últimos eran los querandíes, que habitaban las zonas aledañas. Los cronistas no cuentan por qué dejaron de abastecerlos, pero lo más probable es que se hartasen de los malos tratos y prepotencia de los españoles, quienes exigían los alimentos con argumentos “legales”, leyes que los indígenas no conocían ni les interesaban.

Mendoza envió al alcalde Juan Pabón junto con dos soldados a pedir a los querandíes que siguiesen procurándoles alimentos. Este Pabón debió ser pavo además, porque no se hizo entender o realizó su demanda a la fuerza, ya que los querandíes lo molieron a palos a él y a sus dos compañeros; igualmente se las ingeniaron para volver a Buenos Aires. Desde ese momento los indígenas se volvieron hostiles hacia los españoles. Se habían dado cuenta de las intenciones de ellos y no los querían cerca. Les tendieron varias emboscadas lo que hacía muy peligroso el salir de la empalizada que rodeaba al pequeño poblado.

Otro peligro, no menor que el de los indígenas, lo presentaban las fieras, llamadas tigres por los españoles. Como sabrán no había tigres en la zona, pero sí gatos monteses. Muchos españoles murieron atacados por estos felinos. Cuenta un soldado llamado Bartolomé García, que éstos entraban en la ciudad y mataban a la gente sin problema. Otro cronista, Antonio Rodríguez, contó que los seis primeros hombres que se enviaron a recorrer la zona fueron atacados y despedazados por tigres.

Mendoza envió a unos expedicionarios en barco al mando de Gonzalo de Acosta a explorar la zona y ver si conseguía víveres que ya estaban escaseando. Acosta era práctico en estas regiones a las que había visitado con Caboto. Llegaron hasta el actual río Luján, donde fueron atacados por los guaraníes que vivían en la zona; enseguida volvieron al poblado. La noticia de los malos tratos de los españoles corrían como el viento, y los indígenas ya los recibían con desconfianza y casi siempre en pie de guerra.

Viendo truncadas sus salidas, Mendoza sólo acertó a mandar un galeón al Brasil en busca de alimentos. Éste salió el 3 de marzo, exactamente a un mes de la fundación del poblado, al mando de Gonzalo de Mendoza, con Gonzalo de Acosta. Luego Mendoza preparó siete navíos con doscientos hombres y los envió a explorar las islas del Delta del Paraná.. Esta incursión fue un fracaso total, apenas quedaron la mitad de los soldados; los otros murieron, ya sea por el hambre, las fieras, el ataque de los indígenas o las enfermedades. Volvieron a los dos meses.

A fines de mayo de 1536, Mendoza decidió probar suerte por la zona en que Caboto había fundado el fuerte Sancti Spiritus, que decían era muy fértil. Envió a Juan de Ayolas al mando de noventa hombres en tres bergantines. Muchos murieron de hambre en el camino. Pero finalmente llegaron a la zona y fundaron un fuerte llamado Corpus Christi el 15 de junio. También consiguieron la ayuda de los indígenas; gracias a ellos no murieron de hambre. Como siempre, los únicos que pasaban hambre eran los soldados, ya que a los capitanes nunca les faltaba ración suficiente de alimento.

Un expedicionario llamado Domingo Martínez, que era un simple estudiante, se las ingenió para fabricar anzuelos y así poder pescar. Con el tiempo, ese ingenioso hombre fabricaría peines, cuchillos y un sin fin de cosas para los pobladores de la futura Asunción.

El ataque

Entretanto, en Buenos Aires se organizaba una expedición de reprimenda contra los guaraníes del Luján. Y también les robarían todos los alimentos de que dispusiesen. Querían enseñarles quién mandaba; no hay que olvidar que los españoles estaban convencidos de que los “indios” debían servirlos, porque ése era su rol natural. El Rey mismo ordenó a Mendoza que armase encomiendas, o sea grupos de indios que trabajasen para los españoles. Éstos nunca debían trabajar la tierra, sino los indios encomendados.

La expedición salió al mando del hermano del Adelantado, don Diego, con trescientos hombres de a pie y unos treinta a caballo. Los españoles se encontraron con indígenas en las cercanías de una laguna, con quienes se trabaron en un fuerte combate. Según los cronistas, estos indígenas eran miles, aunque parece ser que no serían más de unos cientos. Se habían juntado los guaraníes de las islas y los querandíes. Como hoy se sabe, estos indígenas, aún juntos, no eran muchos. Los españoles salieron victoriosos; mataron a muchos de ellos y pusieron en fuga al resto. Pero la victoria fue muy cara. Muchos hombres importantes murieron ese día 15 de junio, el mismo día en que Ayolas fundaba Corpus Christi. Uno de los ellos fue don Diego, el hermano del Adelantado. Los indígenas los atacaron con boleadoras y lo más importante, no le tuvieron miedo a los caballos. Éstos habían sido utilizados como arma de terror en otras partes de América, ya que inspiraban mucho temor en los indígenas que no los conocían. Pero en este caso no se dio así, los caballos eran boleados como si nada, y sus jinetes acabados en el suelo, de un certero y duro golpe.

Lo único que consiguieron con esta desastrosa victoria fueron unas cuantas redes de pesca que llevaron de vuelta a Buenos Aires.

Mendoza, dolido por la muerte de su hermano y por su terrible enfermedad, cayó en un profundo estado depresivo que no le permitía tomar decisiones, lo que dejaba a la ciudad casi desamparada. Esta situación posibilitó que los indígenas se reagrupasen y se uniesen a otras tribus. De este modo cercaron la ciudad poco a poco, y la sitiaron por completo el día 24 de junio de 1536.

El hambre


Este asedio fue desastroso. Los españoles no podían salir del poblado sin ser flechados por los indígenas. La única defensa era un “muro” de tierra que lo rodeaba. Se hacían guardias con los arcabuces, y se montaron sobre el terraplén unas piezas de artillería traídas en los barcos para rechazar los ataques de los indígenas. Éstos no se acercaban a la ciudad más que para lanzar flechas con fuego en sus puntas, las cuales prendían muy fácilmente los techos de paja de las pobres chozas. Las mujeres fueron destinadas a apagar los incendios, curar los heridos, preparar las armas, y hasta hacían rondas de vigilancia, ya que los hombres estaban muy debilitados por el hambre. Los pobres soldados maldecían contra aquellos que les habían hablado de imperios dorados.

El hambre cundió rápidamente en la población, compuesta por unas cuatrocientas personas. No había forma de abastecerse de alimentos, ya que no se podía salir de la empalizada sin perder la vida. Los pocos alimentos que tenían, se repartían en raciones ínfimas: 6 onzas (172 gramos) de pan por día.

Mendoza estaba totalmente delirante por su enfermedad, veía alucinaciones y no paraba de quejarse. Por las noches sólo se escuchaban sus aterradores quejidos. Esto daba pie a que sus capitanes hicieran lo que querían. Castigaban a los soldados por cualquier cosa, sin tener en cuenta que estaban totalmente debilitados por el hambre, lo que no les ocurría a ellos. Muchos murieron de hambre, y de las enfermedades que éste desencadenó. Otros llegaron a comer cualquier cosa. No quedó en pie ni una rata, rana o culebra dentro del poblado. No hay que olvidar que estaban en invierno, y en esa época esta zona era muchos más fría de lo que es hoy, sin contar los vientos que azotaban al poblado .

Unos soldados sacrificaron a un caballo flaco para comerlo, a pesar de la prohibición, pero fueron descubiertos y ajusticiados. Sus cuerpos sin vida colgaron de la horca durante todo el día; en la noche unos vecinos cortaron sus piernas y se retiraron a comerlas en sus chozas. Otros escondían a sus compañeros de habitación muertos para comer su ración de alimento, o simplemente se comían los cadáveres. Llegaron a comer cuero mojado de las suelas de los zapatos. Los cronistas no escatiman detalles de ese horrible espectáculo: “Acaeció también –dice uno- comer unos la suciedad de otro que después de haber comido echaba…”. Cuentan el caso de un soldado llamado Diego González Baitos, que luego de comerse un cadáver, se dio cuenta de que era el de su hermano.

Mendoza, postrado en su cama, no sabía qué hacer ante una situación tan terrible. Como ya se dijo, a él y a su estado mayor nunca les faltaron provisiones suficientes, hasta tenían vino, y algunos manjares traídos de España.


Fin del asedio

El asedio terminó al fin, debido a que el hambre también había llegado a las filas indígenas. Mendoza pensó en regresar a España, ya que no tenía sentido seguir ahí si no podía casi pararse. Ya tenía listo el barco en el que se volvería, cuando llegó Ayolas de su expedición por el Delta, con las noticias de la fundación de Corpus Christi y con gran cantidad de provisiones.

Mendoza, alegre y dispuesto, decidió enviar una nave a la isla de los Lobos para traer alimentos. Pero ésta no regresaría, ya que su tripulación desertó y se fue con la nave a Pernambuco, una ciudad portuguesa en Brasil; allí la vendieron. Los pobres que no estuvieron de acuerdo con la deserción fueron abandonados a su suerte en la costa del Brasil, en un lugar llamado cabo Darbinas.

A fines de agosto, Mendoza partió con Ayolas hacia Corpus Christi. En este fuerte había aparecido de entre las selvas un español llamado Jerónimo Romero, un sobreviviente de la expedición de Caboto. Éste último recordemos que había fundado un fuerte en las cercanías, luego destruido. Romero tenía grandes noticias sobre la Sierra de la Plata y el imperio del Rey Blanco. Esto le dio nuevos aires a Mendoza, quien organizó una expedición en busca de la leyenda. Fundó otro fuerte poco más al norte de Corpus Christi, llamado Buena Esperanza. Desde allí envió a Juan de Ayolas a buscar la Sierra de la Plata, el 14 de octubre de 1536. Días después Mendoza regresó a Buenos Aires.


La ciudad se encamina

Mientras tanto a Buenos Aires habían llegado desde Brasil Gonzalo de Mendoza y Gonzalo de Acosta con las provisiones. Allá se había encontrado con algunos españoles, portugueses e italianos que estaban desde tiempos de Caboto, quien, como se ve, había abandonado gente por todos lados.

La ciudad estaba al mando de Francisco Ruiz Galán quien probaría ser un muy buen gobernante. En ausencia de Mendoza había hecho sembrar una huerta y construir tres iglesias; dos de ellas se incendiaron y a la otra la destruyó una crecida del río. Entonces Ruiz Galán mandó deshacer la nave Santa Catalina y con sus maderas construyó una iglesia, donde se decía misa todos los días; muchos eran los religiosos que había en la ciudad.

Don Pedro llegó en noviembre de 1536 a Buenos Aires. La ciudad estaba tranquila, sin ataques y mejor defendida. Estaba rodeada por un foso, una empalizada y un muro de tierra. En medio de la población había una plaza y frente a ella la iglesia parroquial y la casa de Mendoza. Como se dijo más arriba, ésta era muy lujosa, comparada con las chozas de los soldados, en torno de las cuales había un terrenito sembrado con hortalizas traídas de España.

Ante la ausencia de noticias de Ayolas, que había partido en busca de la Sierra de la Plata, Mendoza decidió preparar otra expedición que fuera en su búsqueda. Zarpó de Buenos Aires el 15 de enero de 1537 al mando de Juan de Salazar de Espinosa. Partió con unos sesenta hombres y tres bergantines. Paró brevemente en el fuerte Corpus Christi y, siguió viaje al norte.

En Buenos Aires, comenzaron a inquietarse por la ausencia de noticias de las dos expediciones. Mendoza, abatido por su enfermedad y por los constantes desastres, decidió volverse a España. Nombró Teniente de Gobernador y Capitán General a Juan de Ayolas y Teniente de Gobernador de Buenos Aires, Corpus Christi y Buena Esperanza a Francisco Ruiz Galán. Pasó todos sus derechos de herencia a Ayolas y dejó Buenos Aires el 22 de abril de 1537. Sólo dejaba unas cuatrocientas personas de las más de mil quinientos que habían salido de España; en Buenos Aire quedaban ochenta.

Mendoza murió en alta mar el 23 de junio de 1537. Para esa fecha se encontraban en el alto Paraguay Juan de Salazar de Espinosa y Domingo Martínez de Irala, segundo de Ayolas; este último había partido hacia el oeste en busca de la Sierra de la Plata y se ignoraba su paradero. Irala estaba esperando a Ayolas en el lugar del encuentro con Salazar. Luego de recorrer el río en busca de Ayolas, Salazar volvió a un punto que le había gustado, y levantó un fuerte el 15 de agosto de 1537, al que llamó Asunción, la actual capital del Paraguay. Era un lugar muy diferente a Buenos Aires: estaba lleno de vegetación, plantaciones, y lo habitaban indígenas pacíficos, los guaraníes. Éstos tenían diferentes cultivos y los compartían con los españoles. Salazar volvió luego a Buenos Aires donde contó todas sus peripecias.

Ruiz Galán resolvió visitar la nueva fundación en el Paraguay y se puso en viaje con cuatro bergantines. Pasó por Corpus Christi el 28 de diciembre de 1537 y siguió viaje hacia Asunción con dos bergantines más que se le habían unido. Llegó a Asunción en febrero de 1538, y unos kilómetros más al norte se encontró con Irala. Éste tenía un poder de Ayolas que lo nombraba su sucesor, y como Ayolas estaba desaparecido y era el heredero de Mendoza, comenzó una disputa con Ruiz Galán para ver a quién correspondía el mando general. Esta disputa y la ambición de Irala (un simple capitán hasta ese momento) traerían muchos males a la empresa, y más aún a Buenos Aires.

Mientras, el pobre Ayolas volvía de su expedición a la Sierra de la Plata, que esta vez había descubierto las sierras de Potosí. Venía cargado de riquezas, pero cuando llegó al punto de encuentro, Irala no lo estaba esperando y se quedó solo con sus hombres, rodeado de indígenas hostiles. Abandonado y olvidado, lo mataron a él y a todos sus compañeros. Irala estaba con sus ambiciones discutiendo con Ruiz Galán. No se enterarían sino hasta mucho más tarde del trágico fin de Ayolas. Ruiz Galán viendo que no podía hacer nada, volvió a Buenos Aires en mayo de 1538. En el viaje había desembarcado en Corpus Christi, donde construyó una iglesia y castigó y mató a muchos indígenas, algo que iba a pesar sobre el futuro del fuerte.


Comienzo del fin

A Buenos Aires habían llegado dos naves: una de un comerciante genovés llamado León Pancaldo (del cual hablaremos en otro capítulo) y otra al mando de Antón López de Aguiar. Las dos llegaron juntas en abril de 1538. Pancaldo se dirigía originalmente al Perú a vender sus mercancías, pero por diferentes problemas tuvo que entrar en el Río de la Plata, donde se encontró con López de Aguiar. Éste lo guió hasta Buenos Aires.

La nave de Pancaldo se quedó varada en el banco que tapaba la entrada al Riachuelo y Pancaldo la dejó perder, ya que estaba muy maltratada. Pudo desembarcar sus mercancías para venderlas en Buenos Aires, pero como se sabe nadie tenía plata para pagar; entonces se le pagó con pagarés y así Pancaldo se convirtió en el salvador de la ciudad, que estaba muy necesitada de provisiones no tanto alimenticias como de ropa. Pancaldo trajo de todo: telas, ropas, peines, peines para barba, comida, especias, joyas, herramientas, etc. Incluso hasta sus propias provisiones tuvo que vender a la fuerza.

López de Aguiar había venido al Plata enviado por el apoderado de Mendoza, Martín de Orduña, para traer refuerzos y provisiones a las fuerzas de Buenos Aires. Pero lo hizo un poco tarde, a tres años de la partida de la expedición. Con él vinieron doscientos nuevos soldados.

Mientras, la ciudad prosperaba. Se abrían cada vez más tierras de siembra; con estos cultivos se sostendrían holgadamente en los próximos años. Según cuentan algunos cronistas, el mismo Ruiz Galán “…hizo muchas rozas y sembró maíz, en los cuales él por su persona propia trabajó mucho, cavando con el arado en las manos, juntamente con los soldados…”.

En junio de 1538, Ruiz Galán despachó a Gonzalo de Mendoza en busca de alimentos a la costa del Brasil. Llegó a Santa Catalina, donde se encontró con una nave española que venía al Plata y traía al veedor del Rey, Alonso Cabrera. Éste estaba medio loco y lo demostraría más tarde en Buenos Aires; esa misma locura terminaría con su vida años después en España.

Tras varias peripecias y un naufragio, llegaron ambos a Buenos Aires en noviembre de 1538. Apenas llegado, Cabrera se enemistó con casi todos, y logró enemistar a todos entre sí; pero con el que más se irritó fue con el gobernador de Buenos Aires, Ruiz Galán, quien no quería acatar sus órdenes.

Cabrera venía para decidir quién iba a ser el reemplazo de Mendoza y determinó que el gobierno le correspondía a Ayolas, quien aunque nadie lo sabia, estaba muerto . Cabrera luego se pondría del lado de Irala, a quien apoyaría como gobernador general, y en contra de Ruiz Galán. Esta pelea ocasionaría el fin de la ciudad. Para anular a Ruiz Galán, Cabrera llegaría a promover la destrucción y abandono de Buenos Aires, único lugar donde éste tenía poder. Estas disputas se dieron a lo largo de toda América, entre los conquistadores que se hallaban tan lejos del rey, que se creían con poder de decidir todo, y así fue que se sucedieron por toda la América española guerras civiles entre los conquistadores.

En febrero se abandonó el fuerte de Corpus Christi debido a un ataque masivo de los indígenas, molestos por los malos tratos de los españoles. Ruiz Galán había enviado justo a tiempo unos barcos a rescatar a los españoles.

En mayo de 1539 Alonso Cabrera y Ruiz Galán partieron junto con doscientos hombres, hacia Asunción en siete bergantines. Llegaron en junio. Al poco tiempo Cabrera consiguió poner a Irala de su lado y lo nombró sucesor de Ayolas. Apenas allí se acordaron de Ayolas. Irala realizó unas excursiones en su busca. Entonces se enteró por los indígenas de la zona lo que le había sucedido a Ayolas.


La destrucción

En ese momento, con el campo libre, Irala, incitado por Alonso Cabrera, envió a Juan de Ortega con dos bergantines a despoblar Buenos Aires el 28 de junio de 1540.

Ortega hizo todo lo posible, pero los pobladores no querían saber nada de irse y abandonar su ciudad y sus tierras. Irala, viendo que Ortega no volvía, se encaminó a terminar él el asunto Partió en enero de 1541. Llegaron en abril a Buenos Aires, y comprobaron que nadie quería partir. Buenos Aires, entonces estaba muy bien encaminada; bien fortificada; con muchas plantaciones de maíz y demás cultivos; y las casas, ya bien construidas, de madera; también tenían gallinas, chanchos y otros animales domésticos.

Pero Irala y Cabrera estaban muy enemistados con Ruiz Galán, quien tenía como único dominio a Buenos Aires; si la destruían también acababan con su poder.

El 16 de abril Irala aceptó un requerimiento que le hizo Cabrera por el cual se debía despoblar la ciudad. Lo pregonaron desde los cuatro ángulos de la plaza pública a todos los pobladores, en él decía que tenían que estar listos para abandonar la ciudad el 10 de mayo. A pesar de todas las protestas de los pobladores, Irala no se echó atrás. La justificación que daban para el despoblamiento era que sólo había unos cuatrocientos cincuenta hombres en total entre Asunción y Buenos Aires, y como en la primera tenían indígenas para hacerlos trabajar, decidían juntar a todos en el Paraguay. Años más tarde, todos los responsables de la destrucción de Buenos Aires serían enjuiciados por el nuevo adelantado Alvar Nuñez Cabeza de Vaca.

Irala aplazó la despoblación por unas noticias que habían llegado de que en el Brasil había una flota española, la de Cabeza de Vaca. Pero como pasaban los días y la flota no venía, terminaron el trabajo. Esparcieron algunos animales por los alrededores para que se reprodujesen, y quemaron todo: los cultivos, la iglesia, las casas de madera, la estacada de la ciudad, una nave encallada que servía de fortaleza, todo ardió... y de la primera Buenos Aires no quedaron más que cenizas.

El conquistador Antonio Thomás, nacido en Portugal, fue el único de los pobladores de Buenos Aires que pudo ver y asistir a la repoblación de la ciudad, que realizó Juan de Garay en 1580. Fue en calidad de guía. Dice un cronista “…que dicho capitán Antonio Thomás fue con su persona armas y a su costa y mincion a poblar la ciudad de la Trinidad y el puerto de Buenos Ayres como persona baqueana y que era imposible poderla poblar si el dicho capitán no fuera tan baqueano y saber la tierra por haber estado en ella con el dicho gobernador don Pedro de Mendoza”.

Para saber más

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.

Gandía, Enrique de. Crónica del magnífico adelantado don Pedro de Mendoza. Buenos Aires, 1936.

Gandía, Enrique de. Historia de Alonso Cabrera y de la destrucción de Buenos Aires en 1541. Librería Cervantes. Buenos Aires, 1936.

Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé, Buenos Aires, 1998.

Lafuente Machain, Ricardo de. Don pedro de Mendoza y el puerto de Buenos Aires. Buenos Aires, 1535.

Lozano, P. Pedro. Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1873.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

Schmidl, Ulrico. Viaje al Río de la Plata. Emecé. Buenos Aires, 1997.

Torre Revello, José. La fundación y despoblación de Buenos Aires, 1536-1541. Buenos Aires. 1937.

Villanueva, Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984.

Zabala, Rómulo y Gandía, Enrique. Historia de la ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1937.