lunes, septiembre 17, 2007
Piratas en el Río de la Plata II
El piloto
Si recuerdan, el corsario inglés Fenton se había quedado con dos marineros del fraile, que eran conocedores de la zona del Río de la Plata. Uno de ellos era el piloto portugués Juan Pinto. Afortunadamente para nosotros Pinto, al igual que Rivadeneira, dejó un informe detallado sobre sus andanzas.
Pinto ya conocía las aguas y las costas del Río de la Plata. Había formado parte de la expedición del adelantado Juan Ortiz de Zárate, quien había fundado una efímera población en la actual costa uruguaya llamada San Salvador. Al morir Zárate en Asunción del Paraguay, Pinto quedó bajo el mando de Juan de Garay. Garay había enviado un navío a España con la noticia de la fundación de Buenos Aires en 1580. En ese navío fue Rivadeneira en busca de clérigos para estas tierras, y también partió en él el piloto Juan Pinto. Y al parecer se habían hecho amigos, ya que Pinto regresa junto con el fraile cuando vuelven al Río de la Plata en 1582.
Quiso la mala suerte que los atacaran los corsarios ingleses antes de llegar, y entre todo lo que se llevaron de los frailes españoles, estaba ese experimentado piloto. Luego de que fueran liberados los frailes, Pinto fue encerrado en la nave capitana. La intención de los corsarios, según cuenta Pinto, era dirigirse al Río de la Plata. Para ello conta-ban con su experiencia para guiarlos por los canales de entrada. Pinto les dijo que no había ningún canal y que la única forma de entrar era con barcos pequeños. Los tres navíos de Fenton entonces tomaron rumbo al norte. Una noche perdieron uno de los barcos, el comandado por John Drake, sobrino del famoso corsario inglés Francis Drake.
Utilizaron a Pinto para informarse también sobre la costa del Brasil. Cuando llegaron al puerto de San Vicente tenían intención de tomarlo, pero al día siguiente de la arribada llegaron tres naves españolas. Eran tres naves de la armada de Flores de Valdés(confirmar si Valdés va con s o con z) que iban a San Vicente en busca de provisiones. Era el 24 de enero de 1583.
Inmediatamente se enfrentaron los dos grupos. Intercambiaron cañonazos durante mu-cho tiempo. Los ingleses lograron hundir la nave almiranta de los españoles, pero perdieron muchos hombres. En-tonces huyeron a una isla cercana. Allí repararon sus naves y partieron rumbo a Inglaterra. Durante el viaje, los ingleses perdieron otra de las naves. Pinto llegó finalmente a Inglaterra en junio de 1583. Allí fue tratado muy bien. Lo llevaron ante el consejo de la Reina y le ofrecieron pasarse al bando de los ingleses, pero Pinto se negó y le permitieron volver a su Portugal natal. No se quedó allí si no que fue a relatarle al Rey de España toda la historia.
El sobrino famoso
Otro cabo suelto en esta historia que envuelve a la armada de Flores de Valdés con los corsarios ingleses, fue la huida de la nave comandada por John Drake, un joven de unos veinte años, sobrino del famoso corsario inglés Francis Drake. La nave, un patache llamado Francis, era propiedad de Francis Drake, y estaba tripulada por dieci-séis marineros. Drake se apartó de la armada de Fenton y enfiló hacia el Río de la Plata ya que tenía noticias de una nueva población en sus costas.
Pero los habitantes de Buenos Aires tenían una protección contra corsarios y piratas mucho mejor que los fuertes y los cañones: los bajos del río. La nave Francis fue a dar en un bajo de arena y lajas que causó su hundimiento. Este banco se llama desde aquel día Banco del inglés.
Todos los tripulantes de la nave se salvaron a nado hasta la actual costa uruguaya. Eran dieciocho en total, y fueron dieciocho los días que los ingleses permanecieron en la costa hasta que el humo de sus fogatas llamó la atención de los indígenas del lugar, los charrúas, que se trabaron en combate con los corsarios. Los ingleses fueron superados por los charrúas, quienes los tomaron cautivos. Trece meses estuvieron prisioneros. Tres de los ingleses, John Drake entre ellos, lograros huir apoderándose de una canoa. Cruzaron el Río de la Plata en una travesía de varios penosos días. Finalmente, arribaron a la costa cercana a Buenos Aires en marzo de 1584. Llegaron a una casa donde los alimentaron y vistieron. Pero la guardia de la ciudad inmediatamente los tomó prisioneros, aunque los trató como señores. Fueron despachados a Asunción. En el camino pasaron por Santa Fe, donde se les tomó declaración. Pero cuando en Lima, la capital del Virreinato, se enteraron de la existencia de los ingleses pidieron que los enviaran allí, adonde fueron juzgados por la Inquisición y condenados a vivir reclusos en un monasterio.
Fue Francis Drake el que comenzó esta historia con sus correrías, provocando la idea de fortificar el estrecho de Magallanes, y es otro Drake el que termina de atar el último cabo suelto de la historia, dando origen a la idea de construir un fuerte en Buenos Aires.
Para saber más
Gandía, Enrique de. Historia de los piratas en el Río de la Plata. Librerías Cervantes. Buenos Aires, 1936.
Gandía, Enrique. “Los piratas en el Río de la Plata”. En: Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo III, cap. IV.
Lafuente Machain, Ricardo. Buenos Aires en el siglo XVII. Buenos Aires.
Villanueva, Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984.
Zabala, Rómulo y Gandía, Enrique. Historia de la ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1937.
lunes, septiembre 10, 2007
Piratas en el Río de la Plata I: Las Aventuras del padre Juan de Rivadeneira
Fray Juan de Rivadeneira, Comisario del Río de la Plata y Tucumán, tomó camino a España en busca de los necesitados clérigos y frailes. Como se dijo en el otro capítulo, Rivadeneira había asistido a la fundación de Buenos Aires llevada a cabo por Juan de Garay en 1580. Luego de tomar parte en esa ceremonia, había partido hacia España.
Una vez en la madre patria, fue fácil para Rivadeneira conseguir frailes para las colonias. Además, el rey en persona les concedió la oportunidad de embarcar en cuatro navíos que destinaba para la armada al mando del general Flores de Valdés. Esta armada era la que iba a fundar las ciudades del estrecho de Magallanes. Pero a último momento, el rey les quito esos barcos.
Viaje azaroso
Fray Rivadeneira terminó airoso, ya que el sobrino de Juan de Torres de Vera, oidor de la audiencia de Charcas en América, compró un barco y se ofreció a llevar a los frailes. Claro, ocuparse de los religiosos se ahorraba los gastos del flete de ida y vuelta, ya que corría todo por cuenta del rey. No contento con llevar más del doble del costo del navío en mercancías para vender, Torres de Vera compró agua de menos. Los frailes y otros pasajeros tuvieron que comprar más, pero aún así les faltó, y por ello tuvieron que acercarse a la costa brasileña en busca de agua.
Allí el barco encalló. Debieron desembarcar todos con lo que traían. Pasó una semana y el barco no desenca-llaba, así que fray Rivadeneira compró una fragatilla en Río de Janeiro para seguir viaje al Río de la Plata. En ella se embarcaron veintidós frailes y otras personas; ocho de los frailes que venían de España no se animaron a seguir viaje en un barco tan pequeño. Encima para ese momento, el barco Torres de Vera ya había desencallado.
En Río de Janeiro se encontraron con la armada de Flores de Valdés. Poco tiempo después reanudaron el viaje todos al mismo tiempo, pero los frailes iban cerca de la costa y la armada comandada por Flores de Valdés viajaba mar adentro.
Encuentro inesperado
Los frailes llegaron a la isla de Santa Catalina. Un día, al partir de ella, fue a su encuentro un patache con dos lanchas, todas armadas hasta los dientes. Estos inesperados sujetos siguieron a los frailes gritándoles que parasen en nombre de la Reina de Inglaterra. Los ingleses habían salido de Inglaterra en mayo de 1582 y habían llegado a Santa Catalina el 1° de diciembre; tenían dos galeones en puerto. Sin mucho ánimo ni con medios para pelear, los frailes se rindieron y fueron apresados de inmediato. Durante cuatro días los hostigaron para que abandonasen la fe católica como también todo aquello a lo que ella los obligaba.
Pasados estos días, el General de los ingleses, Eduard Fenton fue a ver al padre Rivadeneira. Hizo que el fraile le exhibiese todo lo que traía en el navío, de lo cual levantó un prolijo inventario. Al otro día, los ingleses los amenazaron de muerte, una táctica común para que soltasen la lengua. Más tarde les dieron a elegir entre irse con ellos o ser abandonados en la playa. Cuando apareció Fenton y le preguntó a fray Rivadeneira qué había escogido, éste le rogó que no matase a sus frailes, ni se los llevase, ni los abandonase en la playa; le pidió que los dejase volver a San Vicente. El inglés lo pensó y le contestó que no podía decidirlo él solo, así que lo invitaba a comer al día si-guiente en su barco; allí tendría la respuesta.
Comida amistosa
Al día siguiente, 7 de diciembre de 1582, fray Rivadeneira fue a comer con los ingleses. Éstos estaban vestidos con sus mejores galas. El inglés Fenton comenzó un juego de palabras con el fraile. Lo primero que le preguntó fue si el Rey español tenía conciencia. El fraile contestó que sí, a lo que el inglés replicó que no, ya que enviaba a morir a los españoles al estrecho de Magallanes. Como se ve, el inglés estaba al tanto de la expedición española para fundar unos fuertes en el estrecho de Magallanes , justamente para frenar a estos corsarios ingleses. En la charla, el inglés demostró estar muy bien informado sobre la armada de Flores de Valdés. O se estaba mandando la parte de sus conocimientos para que el fraile informase sobre ello a sus autoridades, o quería soltar la lengua del fraile para averiguar algo más y luego matarlos a todos. Todo eso cruzaba por la mente del fraile español.
Luego fueron a comer. Fray Rivadeneira se sentó junto a Fenton, quien empezó otra conversación amena. Comenzó a contarle cuántos galeones tenía, la gran cantidad de hombres armados y armas sueltas que poseía. Todo era real, pero con el único motivo de alardear frente al español. Le contaba que estaba muy deseoso de encontrar la armada de Flores de Valdés y aplastarla. Se reía y hablaba mal del español.
De todo lo que decía Fenton, se desprendía un gran conocimiento de la armada de Flores de Valdés y de sus planes más detallados. Hasta sabía cuántos fuertes iban a fundar y dónde; también sabía que el nuevo gobernador de Chile, Alonso de Sotomayor, estaba con ellos camino a su nueva gobernación con setecientos hombres; lo que no sabía era el mal estado de la armada de Flores de Valdés, estaba arruinada.
Luego de tanta charla, Fenton le comunicó que los dejaría en libertad. Pero con dos condiciones: tenían que esperar dos días luego de la partida de los ingleses para continuar su viaje; y la otra era que ellos se quedaban con las mercancías que habían ganado en “buena guerra”. Se quedaron con varias cosas de los frailes, aparte de dos marineros conocedores de aquella zona: uno inglés y otro portugués llamado Juan Pinto.
Nueva aventura
El 4 de diciembre le fue entregado a fray Juan de Rivadeneira un salvoconducto (para no ser atacado por otros corsarios) firmado por “Edwardus Fentonus, Generalis”, escrito en latín.
A los dos días, los frailes se encaminaron al Río de la Plata. Finalmente podían seguir su viaje. Pero al día siguiente de su partida, divisaron catorce naves; el pánico se apoderó de los frailes al pensar que podía ser la armada completa de los ingleses. Pero eran los españoles. La famosa armada de Flores de Valdés que se dirigía a colo-nizar el estrecho de Magallanes. Estaba en muy malas condiciones, casi todos los navíos estaban averiados.
Fray Rivadeneira pasó a la nave capitana y le contó a Diego Flores de Valdés su encuentro con los corsarios ingleses. Éste ordenó inmediatamente la vuelta a la isla Santa Catalina. Fray Rivadeneira le dijo que él quería se-guir viaje al Río de la Plata, pero el general Flores de Valdés le dijo que no lo permitiría porque, si los ingleses los capturaban nuevamente, les contarían sobre el mal estado de la armada española. Los pobres frailes seguían prisio-neros, pero ahora de los españoles.
A pesar de las advertencias, Flores de Valdés navegaba muy cerca de la costa, lo que le costó el naufragio de una de sus naves. El almirante de la escuadra, Diego de la Ribera, pidió a los frailes su navío para enviarlo a soco-rrer a los náufragos y las mercancías de la nave accidentada. Entre tanto, Flores de Valdés había seguido viaje con ocho de las naves sin hacer caso de los pedidos de auxilio del Almirante.
Gran parte de las mercancías del navío accidentado se cargaron en el barco de los frailes como también veinticinco de los integrantes de la tripulación. Pero el pobre barco de los frailes, que era muy pequeño y viejo, no toleró semejante peso y comenzó a hacer agua por todos lados, aunque éste no fue el fin del navío, ya que un viento repentino lo tiró contra la costa y lo hizo pedazos contra las piedras.
Todos se salvaron a nado. Algunos frailes y los náufragos del navío español estaban en la playa abandonados a su suerte. Eran más de cien en total. Treinta partieron a pie hacia la isla de Santa Catalina, donde se encontraron con la armada de Flores de Valdés; otros setenta, todos arcabuceros, decidieron partir al Paraguay con unos guías indígenas, también a pie. Aunque se encontraron primero con la armada española que os volvió a embarcar.
Rivadeneira y el resto de sus frailes se habían pasado al barco del Almirante, en el cual llegaron a Santa Catalina y se unieron nuevamente a la armada de Flores de Valdés. Este último ni se inmutó por la pérdida de los barcos y los pobres tripulantes abandonados, como tampoco lo hizo tiempo después, cuando dejó perderse a doscientos cin-cuenta españoles que se hundían con otra de sus naves.
Vuelta a cero
Otra vez estaban donde comenzaron. Finalmente la armada de Flores de Valdés partió hacia el estrecho, pero los frailes siguieron camino con el nuevo Gobernador de Chile que desembarcaría en el Río de la Plata. Si bien se accidentan varios barcos del Gobernador a la entrada del río, por suerte los frailes no sufren nuevos problemas. En Buenos Aires terminan su aventura trágica. No tenían medios para llegar hasta Tucumán, su destino final, pero el padre Rivadeneira se las ingenió para lograrlo. Termina así su informe sobre lo ocurrido: “Creo que el demonio, de envidia de que vienen sus contrarios, ha querido poner en mis las manos y aún los pies de los caballos, más siendo Nuestro Señor de nuestro bando, no hay que temer”. Esto de los caballos venía a cuento de la última de las desven-turas del pobre fraile: lo había pateado un caballo en Buenos Aires.
Para saber más
Gandía, Enrique de. “Historia de los piratas en el Río de la Plata”. Buenos Aires, 1934.
Gandía, Enrique. “Los piratas en el Río de la Plata”. En: “Historia de la Nación Argentina”. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo III, cap. IV.
Lafuente Machain, Ricardo. “Buenos Aires en el siglo XVII”. Buenos Aires.
Villanueva, Héctor. “Vida y pasión del Río de la Plata”. Plus Ultra, 1984.
Zabala, Rómulo y Gandía Enrique. “Historia de la ciudad de Buenos Aires”. Buenos Aires, 1937
lunes, septiembre 03, 2007
Fundaciones en el estrecho de Magallanes
El propulsor de esta idea de colonizar el estrecho de Magallanes fue Sarmiento de Gamboa, quien ya había explorado el estrecho en una ocasión, y creía que había que proteger ese paso de los corsarios ingleses, como Francis Drake, el cual le había dado más de un dolor de cabeza a las colonias españolas. El Real Consejo y el Consejo de Indias avalaron el proyecto de Gamboa.
Organización
En España hasta los expertos militares tomaron partido; diseñaron los fuertes que se iban a construir y se hicieron planos para emplazar una fortaleza a cada lado del estrecho en su parte más angosta. El sistema defensivo se iba a completar con una inmensa cadena de madera "con tablazones gruesas y fuertes de hierro", tendida de lado a lado del estrecho, detrás de la cual maniobrarían seis barcazas chatas y bajas. Se ocuparon sobremanera de todos los planes, menos de pensar cómo sobrevivirían en semejante soledad, ya que no estaba preparados ni acostumbra-dos, como los onas y tehuelches que habitaban la zona.
Se designó General de la Armada a un español bastante oportunista y cobarde, llamado Diego Flores de Valdés. Sarmiento de Gamboa fue designado “Capitán General del Estrecho de Magallanes y Gobernador de lo que en él se poblare". No tendría poder sino hasta llegar y desembarcar en el estrecho.
Como ya dijimos, los preparativos fueron muy importantes ya que era una de las expediciones más significativas que habían salido de España. Pero ya de entrada las cosas funcionaron mal; detrás de las órdenes del Rey se tejió una trama de traficantes que realizaron más de un negociado con esta empresa.
Gamboa, no pudiendo hacer nada contra este desorden, se ocupó personalmente de conseguir a los pobladores; trescientos cincuenta que fueron cuidadosamente seleccionados. Había de todo: diez frailes franciscanos, albañiles, carpinteros, herreros y pedreros, criados, peluqueros y trompeteros. Muchos iban con su mujer y sus hi-jos. Los niños sumaban veintiocho.
La partida
La expedición partió el 25 de septiembre de 1581 desde Sanlúcar de Barrameda. Eran veintitrés navíos que llevaban a más de tres mil personas; entre ellas seiscientos soldados que iban a Chile con su nuevo gobernador, Álvaro de Sotomayor, trescientos cincuenta pobladores y seiscientos setenta marineros que junto con el resto constituían la guarnición militar para las fortalezas del estrecho. La escuadra iba muy bien armada y abastecida.
Ya al partir los azotó un temporal que los obligó a volver a Cádiz. Perdieron cuatro barcos y tres que quedaron a la miseria fueron abandonados. Dos meses después, el 9 de diciembre, vuelven a partir; esta vez con dieci-séis barcos. El 9 de enero de 1582 hacen escala en las islas de Cabo Verde, frente al África. Los maestres y otros, con el aval de Flores, venden gran parte de los alimentos de la armada, vino, pólvora, lonas y ropa. Un desastre. Finalmente dejan las islas y cruzan el Atlántico. Llegan a Río de Janeiro el 25 de marzo de 1582. En ese momento el Brasil era una posesión española, ya que Felipe II había unido los reinos de España y Portugal.
Durante la travesía se perdieron ciento cincuenta hombres por diversas enfermedades, y en Río de Janeiro murieron doscientos más. En este puerto continuaron los negociados y el tráfico, lo que culminó con la partida de la flota el 2 de noviembre. En el viaje hasta el Río de la Plata tuvieron temporales y fueron atacados por corsarios; sólo quedaron ocho naves. Entre las que se perdieron estaba la Proveedora, que, como su nombre lo indica, era el barco almacén. Entonces decidieron volver atrás para arreglar las naves, enfilaron hacia Santa Catalina, y allí permanecieron hasta el 7 de enero de 1583, fecha en que partieron nuevamente hacia el sur. El 19 de enero desembarcó el Gobernador de Chile con sus soldados en el Río de la Plata.
La escuadra más imponente jamás salida de España llegó al estrecho el 17 de febrero de 1583 con sólo cinco naves de las veintitrés que habían salido de España. Los vientos contrarios impedían la entrada al estrecho; lo intentaron durante varios días, entrando y volviendo a salir por culpa de los vientos y las mareas. El general Flores, cansado de semejante situación, decidió dar media vuelta y volver, ante el desconcertado Gamboa.
Discordias
En mayo llegaron otra vez a Río de Janeiro, y ahí se dividieron en dos bandos: Flores de Valdés decidió volver a España, mientras que Sarmiento de Gamboa se decidió a cumplir su misión.
Gamboa preparó su expedición durante todo el invierno, y partió el 2 de diciembre otra vez hacia el estrecho, esta vez decidido a fundar los asentamientos que crecieran en la mente de Felipe II. El 1º de febrero de 1584 llegaron al estrecho, aunque sólo pudieron desembarcar el día 7, debido a los vientos. Tomaron posesión de los territorios, y procedieron a buscar un buen lugar donde fundar una ciudad.
Primera fundación
El 11 de febrero de 1584 funda la ciudad de Nombre de Jesús. Estaba cerca del Cabo Vírgenes, la punta sudeste del continente. Todos los pobladores estaban presentes. Daban una imagen deprimente. Casi todos estaban descalzos y la mayor parte sin camisas y con la poca ropa que tenían hecha harapos. Eran unos trescientos.
Los días siguientes a la fundación se hizo el trazado de la ciudad. Se distribuyeron los terrenos entre los pobladores, los cuales comenzaron a levantar sus casas. Y por supuesto, se instituyeron las autoridades de la ciudad: el Cabildo, Regidores, Procurador, Ejecutor, Escribano y Alguacil Mayor.
Como si hubieran sido pocos los problemas sufridos, el almirante Diego de la Ribera se volvió a España sin siquiera avisar a los que estaban en tierra. Dejó sólo una nave, a la cual previamente despojó de su carga y hasta de clavos y candados, para los pobres ciento setenta y siete soldados, cuarenta y ocho marineros, dos frailes, cincuenta y ocho pobladores, trece mujeres y diez niños, más algunos peones que todos juntos constituían a la población. En total eran trescientas treinta y ocho personas. Todas ellas más las que murieron o escaparon en el viaje iban a de-pender de la ayuda exterior para sobrevivir en un lugar tan alejado e inaccesible, pero fueron abandonados a sus propios recursos. Con sólo un barco no podían hacer mucho.
Gamboa alentó a los pobladores para que construyeran viviendas sólidas, araran la tierra y sembraran granos y hortalizas. Con un optimismo que enternece, plantaron membrillos, parras y jengibres. Emplazaron algunos cañones para defenderse de ataques indígenas.
Segunda fundación
Estando en tan malas condiciones y con tanta desventaja, a Gamboa, sin embargo, se le ocurrió la loca idea de fundar otra ciudad a casi doscientos kilómetros, en la Segunda Angostura del Estrecho, cerca de la actual Punta Arenas (fundada en 1849). Eligió a los noventa hombres más robustos y enfiló hacia la Segunda Angostura por tierra; mientras la María, la única nave que tenía, iba por mar para encontrarse allá.
La marcha fue sumamente penosa, no tenían ya calzados y sus ropas eran harapos; para colmo de males fueron atacados por los indígenas. Muchos murieron en el camino, o simplemente desaparecían. Otros tantos se dejaban caer para morir y así poder huir de tanto suplicio. Pero Gamboa los arengó contándoles historias de grandes conquistadores como Cortéz y Pizarro. Finalmente llegaron y se encontraron con sus compañeros del barco.
El 25 de marzo de 1584 se funda la segunda población, a la que se llamó Ciudad del Rey don Felipe. Era un muy buen lugar, ya que tenía abundante agua y bosque; allí tendría que haberse fundado una única población. Se realizaron las mismas tareas que en la anterior ciudad. Se levantó un buen poblado, con la gran cantidad de madera que había en el lugar, material que no existía en Nombre de Jesús. Hubo sublevaciones e intentos de huir a Chile, pero fueron aplastados por Gamboa.
Todo listo
Finalmente a fines de mayo, Gamboa decidió partir hacia Nombre de Jesús para ver cómo andaban las cosas por allá. Fue por mar con la única nave que tenía. Al llegar sólo tuvo tiempo de enviar información y algunas instrucciones, ya que al cortarse el ancla, la nave fue expulsada por los vientos hacia el Atlántico. Los vientos eran tan fuertes y contrarios, y el barco estaba en tan malas condiciones, que desistieron de entrar en el estrecho y partieron al Brasil en busca de ayuda y provisiones. Pero Gamboa no sabía que le esperaba una gran racha de mala suer-te. Los barcos que envía desde el Brasil al estrecho naufragan en la costa brasileña. Ya sin dinero decide partir a España. Como si fuera poco, en el viaje es capturado por unos corsarios ingleses y nunca más volvería al estrecho. Sólo lo liberarían en 1590; él mismo tuvo que pagarse el rescate.
Abandonados
¿Qué pasó con la gente del estrecho? Nadie más se preocupó por ellos. Al pobre Gamboa no le prestaron atención en España luego de su largo cautiverio en cárceles inglesas, y lo hicieron olvidarse de los pobres pobladores. Nadie partió en su ayuda ni siquiera un pequeño barco. Si no fuera por dos corsarios ingleses que pasaron por el estrecho, no se sabría nada sobre esa pobre gente.
Los únicos relatos que nos refieren lo sucedido en esas ciudades hasta su desaparición son los de dos corsarios ingleses y el de Tomé Hernández, sobreviviente rescatado por uno de ellos, que cuenta en 1620 su historia frente a la corte de Lima.
En Nombre de Jesús, cuando partió Gamboa en mayo de 1584, había ciento noventa y tres personas al mando de Andrés de Biedma, y unos cien, en Rey Don Felipe al mando de Juan Suárez de Quiroga. Los pobres estaban descalzos y casi desnudos. No tenían para comer más que mariscos y algunos frutos silvestres; sin quererlo se habían convertido en otros indígenas más, pero que con menos experiencia que éstos para sobrevivir en tales condiciones.
Tres años más tarde, el 6 de enero de 1587, llegó al estrecho una flota corsaria inglesa al mando de Thomas Cavendish. Los pobladores ya no estaban en las ciudades, sino que se habían esparcido por la costa para poder tener mejor acceso a la pesca. Estos corsarios encontraron a dieciséis españoles. Según uno de ellos, Hernando, los demás habrían muerto de hambre. Tres españoles suben a bordo, los otros son temerosos del enemigo inglés. Tomé es uno de los que sube. Más tarde los otros dos bajan a tierra con la misión de traer a todos los sobrevivientes, ya que los ingleses se ofrecen a salvarlos; pero repentinamente, al soplar un viento favorable, los ingleses deciden partir y dejan a los pobres sobrevivientes en tierra, llevándose a Tomé Hernández. Quedaban doce hombres y tres mujeres.
El día 9 de enero los ingleses desembarcan en la ciudad Rey don Felipe, donde roban las piezas de artillería. Cavendish rebautizó a la ciudad como Port Famine o Puerto Hambre. Los cadáveres de los españoles eran los únicos pobladores, hasta quedaban tres colgados de la horca, ajusticiados quién sabe por qué. Luego llegan a la costa de Chile, donde el español logra escaparse, y puede contar su historia.
En 1590 pasa por el estrecho el corsario inglés Andrew Merrick. Encuentra a un solo español, totalmente loco. Hacía dos años que vivía solo, en una casa y con un arcabuz. Aunque murió en el desastroso viaje de vuelta a Inglaterra, era el último sobreviviente de los trescientos treinta y ocho que habían desembarcado seis años antes con la intención de fundar dos ciudades que protegieran el estrecho de los corsarios ingleses.
Gracias a Tomé Hernández y a los corsarios ingleses, se supo cómo los pobres pobladores del estrecho padecieron el frío, el hambre, los ataques indígenas… y el abandono.
Para saber más
Arcinega, Rosa. Pedro Sarmiento de Gamboa. Sudamericana. Buenos Aires, 1956.
Barros, José Miguel. “Primer testimonio de Tome Hernández sobre las fundaciones hispánicas del Estrecho de Magallanes”. Anales del Instituto Patagónico, Punta Arenas, Chile, Vol. 9, 1978.
Braun Menéndez, Armando. Pequeña historia austral. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires, 1971.
Braun Menéndez, Armando. Pequeña historia magallánica. Editorial Francisco de Aguirre. Buenos Aires, 1969.
Martinió, Mateo. “Nombre de Jesús, una población de ubicación incierta”. Anales del Instituto Patagónico, Punta Arenas, Chile, Vol. 9, 1978.
Saenz Quesada, María. “Pedro Sarmiento de Gamboa, el navegante infortunado”. Todo es Historia, N° 166. marzo 1981.
Sarmiento de Gamboa, Pedro. Viajes al Estrecho de Magallanes. Madrid, 1988. Alianza Editorial.
Taiana, Jorge A. La gran aventura del Atlántico Sur. Navegantes, descubridores y aventureros (siglos XVI-XVIII). El Ateneo. Buenos Aires, 1985.
lunes, agosto 27, 2007
Juan de Garay y la segunda Buenos Aires
La segunda Buenos Aires se originó por necesidades comerciales. Tucumán, Paraguay y el Alto Perú, necesita-ban un puerto de salida, ya que, si no, les quedaba el largo camino a través del Perú. Esta fundación se distinguió de la anterior, en que los colonos no se adhirieron a la empresa con sueños de plata y oro; no iban a lo desconocido. Todos iban a trabajar la tierra con la esperanza de que esa ciudad se convirtiese en un puerto importante. También con la esperanza de que les tocasen algunos indígenas en encomienda, para así librarse del trabajo manual, pero como veremos eso no ocurrió.
La expedición fundadora fue encargada por el adelantado Torres de Vera y Aragón, a su teniente de gobernador Juan de Garay. Garay era un conquistador excepcional, sobretodo porque no se parecía en nada al típico conquista-dor. Siempre se hablaba bien de él; era una figura simpática y carismática. Llegó con sólo catorce años al Perú, y enseguida participó de grandes campañas conquistadoras. En 1573 funda Santa Fe con el objetivo de darle una salida y entrada al Paraguay, pero viendo que no era lo que esperaban, sus superiores le ordenan la repoblación del puerto de Buenos Aires.
Los preparativos
En enero de 1580, Garay levantó el estandarte real en Asunción, y mandó publicar y pregonar la futura pobla-ción del puerto de Buenos Aires. En ese bando se hacía alusión a la calidad de las tierras, al gran futuro que tenía la ciudad por fundar, e invitaba a los pobladores de Asunción que quisieran participar de la expedición colonizadora, a que registrasen sus nombres ante el escribano. A cambio les ofrecía las mercedes que otorgaría al llegar: terrenos en las manzanas de la ciudad, tierras para estancias, poder disponer del ganado vacuno y caballar salvaje y lo más preciado, encomiendas de indígenas. La encomienda era un derecho sobre el trabajo de los indígenas de la zona, un tributo que pagaban éstos a sus vencedores españoles. Se otorgaba un grupo de indígenas para que trabajase en lo que el encomendero decidiese.
Se anotaron unos sesenta y seis jefes de familia; entre ellos una mujer, Ana Díaz, viuda de un colonizador, que se registró con su hija casada con un vecino. De esos sesenta y seis, diez eran españoles de nacimiento y los demás, nacidos en la zona, es decir criollos o mancebos de la tierra. También, un portugués llamado Antonio Tomás, vete-rano de la primera fundación de Buenos Aires; iba como guía y como testigo.
Surgía la ciudad con más del mínimo indispensable. Las ordenanzas de poblaciones establecían que todo asiento debía comenzar con treinta pobladores como base. Todos ellos pagaban la expedición de sus propios fondos, la Real Hacienda no aportaba un peso, vendían todo lo que tenían para encaminarse a la nueva población. El Adelan-tado ponía dinero para los barcos y los gastos de viaje. Los vecinos viajaban con sus propias armas, caballos y ga-nados.
La comitiva viajaría una parte por tierra, llevando a los animales grandes, y la otra parte por agua, con bastimen-tos, plantas, semillas, útiles de labranza, animales chicos, etc.
La expedición
Los que iban por el río, lo hacían en una carabela acompañada por unos bergantines y muchas balsas y canoas guaraníes. Algunas partieron en febrero para comenzar con los trabajos de levantar la población, y luego retornaron a buscar más pobladores.
Los que fueron por tierra con el ganado, también partieron en febrero. El viaje fue agotador y difícil. Hay que pensar que no había caminos en esa época, y que llevaban casi mil caballos y quinientas vacas. Fueron costeando el río Paraguay, hasta la unión con el Paraná, siguiendo la ribera de este último. Tuvieron que cruzar ríos, montes tupidos, pantanos, lagunas, selvas interminables. Tardaron muchos días, durante los cuales sufrieron ataques de animales, fiebres, calores agobiantes. Llegaron a Santa Fe a principios de mayo de 1580. Allí se encontraba Garay y los que habían viajado en los barcos.
Luego de algunos días de descanso, partieron los que iban por tierra, hacia el puerto de Buenos Aires. El mando ahora lo ostentaba el sobrino del adelantado Torres de Vera y Aragón, Alonso de Vera. Garay también partió al mismo tiempo con las embarcaciones, llegando el 29 de mayo al lugar donde cuarenta y cuatro años antes se había asentado Mendoza con sus conquistadores. Ese día fray Juan de Rivadeneira (retengan este nombre) celebró una misa en el lugar que sería, más tarde, la plaza Mayor. Este fraile iba camino a España para traer más religiosos a estas tierras, ya que estaban escasa de ellos, y como en todo acto de fundación tenía que estar presente el poder eclesiástico, se lo aprovechó para la fundación de Buenos Aires. En otro capítulo contaremos las aventuras de este fraile.
Hacia la fundación
Mientras esperaban la llegada de los que iban por tierra, se organizó una junta en donde Garay escuchó las opi-niones de los oficiales reales y de los antiguos pobladores de Buenos Aires, sobre el lugar más óptimo para asentar a la futura ciudad. Eligieron la parte más alta de la meseta, entre dos cursos de agua, un trecho al oeste de la antigua Buenos Aires.
Durante todo el día desembarcaron los materiales: tiendas de campaña, víveres, vestimentas, útiles de labranza, todo lo necesario para comenzar el nuevo asentamiento. Garay exploró los alrededores mientras los pobladores levantaban sus tiendas. Los días siguientes los emplearon en limpiar el terreno de malezas, arrancaron troncos de árboles secos, emparejaron el suelo. Garay y los oficiales midieron el terreno, para hacer un plano y subdividir la tierra. Armaron cuadras de ciento veinte varas de largo (aproximadamente cien metros), que serían repartidas entre los pobladores. Eligieron el lugar que ocuparía la plaza Mayor (actual plaza de Mayo), el Cabildo, la iglesia Mayor y la casa del Gobernador.
Mientras los hombres preparaban el terreno, las mujeres armaban las viandas. En junio se dedicaron a terminar la limpieza de todo el terreno y a abrir las calles que formarían las manzanas. Estas manzanas serían ocupadas por los pobladores y sus familias. Se amojonó y asignó a cada uno de ellos un solar, que correspondía a un cuarto de manzana. También se cavó un foso que rodeaba la traza de la ciudad, éste serviría de protección contra futuros ataques de los naturales; obviamente estos últimos todavía querían echar a los españoles de sus tierras.
Se levantaron los cimientos del Cabildo y la iglesia principal. La plaza Mayor midió ciento cuarenta varas de lado. La ciudad quedó conformada por veinticuatro cuadras de frente sobre el río y una legua (aproximadamente cinco kilómetros) de fondo hacia el oeste. Esto era lo que se llama el ejido de la ciudad. Doce días les llevó todo este trabajo.
Por esos días llegaron los que venían por tierra con el ganado. Ya no había nada que esperar, así que Garay avi-só a todos los pobladores y autoridades que al día siguiente, 11 de junio, se realizaría el acto de fundación de la ciudad.
La fundación
El sábado 11 de junio de 1580 se llevó a cabo la ceremonia de fundación. Garay nombró a los alcaldes para hacer y administrar justicia, a los regidores para el gobierno de la ciudad, y al procurador para promover los dere-chos e intereses de los vecinos. Todos estos oficiales conformaban el Cabildo, íntegramente formado por vecinos de la futura ciudad. Todos firmaron el acta de fundación, junto con Juan de Garay, representante del adelantado del Río de la Plata, Torres de Vera y Aragón.
Una vez terminados dichos trámites, las nuevas autoridades y los pobladores se dirigieron a la plaza Mayor, donde se levantó un tronco grande de unos tres metros que haría de rollo público o árbol de justicia. Se lo puso en un hoyo ubicado en medio de la plaza. En éste, la justicia real se llevaría a cabo.
Luego Garay dio el discurso de toma de posesión: “…tomo posesión de esta ciudad y de todas esta provincias, este, ueste, norte y sur, …”. En señal de esta toma, sacó su espada cortando unas hierbas y cortando el aire, pregun-tó si había alguien que se opusiera, como simple trámite. El escribano dio fe de esto, y entregó el acta a Garay, quien la leyó a todos los presentes.
Se bautizó a esta nueva ciudad con el nombre de Santísima Trinidad en el puerto de Santa María de Buenos Aires. Eligió este nombre por ser el 29 de mayo, día en que arribaron, la festividad de la Trinidad. Luego de termi-nada la ceremonia fueron todos a celebrar una misa en la iglesia parroquial.
El resto del día y los siguientes se realizó el reparto de solares. Se terminaron trabajos, como el foso y la cons-trucción de una empalizada. Los pobladores construyeron sus viviendas. Se dividió a la población en doscientas cincuenta manzanas: cuarenta para los vecinos, seis para el fuerte, la plaza Mayor, tres conventos y un hospital, y el resto para chacras. Fuera de la ciudad también se repartieron entre los vecinos huertas de cuatro cuadras. También Garay repartió las chacras y estancias al norte, sur y oeste de la ciudad. Todas las chacras, de unas trescientas varas (aproximadamente doscientos cincuenta metros) de frente al río, con un fondo de una legua. Por el norte, éstas lle-garon hasta el actual partido de Tigre, en la zona norte de Buenos Aires; por el sur hasta la actual Ensenada. Las estancias tenían tres mil varas (aproximadamente dos mil quinientos metros) de frente y legua y media de fondo.
Se eligió también en los días siguientes a la fundación, al santo patrono de la ciudad. Pero no poniéndose de acuerdo en la elección, lo echaron a la suerte, y salió San Martín de Tours. Según se cuenta, cuando salió, nadie lo quería; entonces lo echaron otra vez a la suerte y volvió a salir, y así dos veces más, hasta que lo eligieron por can-sancio. En los días siguientes comenzó la historia de Buenos Aires, definitivamente fundada.
Para saber más
Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980.
Gandía, Enrique. “La segunda Fundación de Buenos Aires”. En: Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo III, cap. III.
López Fermoselle, Jaime. “Fundación de la ciudad de La Trinidad y Puerto de Buenos Aires por Juan de Garay”. Revista Historia. Buenos Aires, N° 17.
López Fermoselle, Jaime. “Últimos días de Juan de Garay”. Revista Historia. Buenos Aires, N° 6.
Zabala, Rómulo y Gandía, Enrique. Historia de la ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1937. Cap. X.
martes, agosto 21, 2007
La Ciudad Encantada de la Patagonia
La también llamada Ciudad Errante, Elelín o su nombre más conocido, Ciudad de los Césares, es a una ciudad de plana cuadrada, como Buenos Aires; de piedra labrada y edificios techados con tejas. Sus templos son de oro macizo. El pavimento también. En algunas versiones está en un claro del bosque; en otras, en una península; otras dicen que ésta en el medio de un lago, con un puente levadizo como única puerta que le da acceso. Abunda en ella el oro y la plata, de las cuales están forradas las paredes. Con estos metales también se hacen asientos, cuchillos y rejas de arado. Tiene campanas y artillería, que se escuchan de lejos. Algunos dicen que al lado de ella hay dos cerros: uno de diamante y el otro de oro.
Sus habitantes son altos, rubios y con una barba larga. Hablan una lengua extraña, aunque en algunas versiones, es el español. Se dedican al ocio y no tienen enfermedades. O son inmortales o sólo mueren de viejos. Algunos dicen que son exactamente los mismos que fundaron la ciudad, ya que no nace ni muere nadie en la Ciudad Encantada. Tienen indígenas a su servicio, y algunos custodian el camino que lleva a ella. Algunas versiones dicen que son dos o tres ciudades (sus nombres son Hoyo, Muelle y Los Sauces). Tienen vigías para detectar la proximidad de intrusos e impedirles el acceso. También se dice que es invisible para los que no son habitantes de ella; a veces uno la puede ver si es un hombre justo, o al atardecer; o el viernes santo. Se la puede atravesar sin siquiera darse cuenta. Algunos dicen que es errante, o sea, que para encontrarla hay que limitarse a esperarla en un sitio.
En 1764 el inglés James Burgh publicó una ficción sobre la Ciudad de los Césares, en la que la describía como una utopía, como el lugar ideal.
La ilusión
La Patagonia era y es un escenario helado, desconocido. El clima es muy frío, con pocas lluvias. Los vientos son constantes, del oeste, a una velocidad de ochenta kilómetros por hora. Se forman tormentas de arena. El agua y el combustible escasean, así como también los animales de caza, los guanacos únicamente. Un lugar inhóspito para la búsqueda de una ciudad de ensueño.
Pero ¿de dónde proviene este mito? ¿Quiénes lo persiguieron sin encontrarlo?
En la conquista de América se gestaron muchas leyendas, todas salidas de la mente imaginativa y ávida de fortuna de los conquistadores; bastaban unas palabras o gestos de los indígenas para que se creara una leyenda. Las hubo por doquier: La Fuente de la Juventud, en Florida; Las Siete Ciudades de Cíbola, al norte de México; El Dorado, buscado desde el Caribe hasta el Amazonas; la famosa Sierra de la Plata y el Rey Blanco, de la zona del Río de la Plata; y por fin la más longeva de ellas, La ciudad de los Césares, de la Patagonia. Estas últimas eran un reflejo del esplendor de los incas del Perú comentado por los indígenas a los conquistadores, los cuales sólo querían escuchar dónde estaban el oro y la plata. En La Ciudad de los Césares también tienen su origen las historias de náufragos abandonados y conquistadores perdidos a lo largo de la Patagonia.
El César
La leyenda de la Ciudad Encantada de los Césares surge a partir de varios hechos que sucedieron a lo largo de la conquista de nuestro territorio, pero en especial de uno, que ocurrió durante el viaje de Caboto.
En el año 1527, Caboto funda un fuerte llamado Sancti Spiritus en la confluencia de los ríos Carcarañá y Paraná. Es el primer asentamiento de la Argentina. Mientras él preparaba una expedición río arriba por el Paraná, en 1528 manda una partida a explorar el interior del territorio. Parten en noviembre catorce hombres liderados por el capitán Francisco César. Un hombre audaz este César, se internó hacia el oeste. Antes dividió su pequeña columna en tres partes: una fue hacia el sur, a la tierra de los querandíes, de la cual nunca más se supo; otra se internó en las tierras de los carcarañás, de la cual tampoco se tuvo noticias, y por último, la tercera, al mando del propio César, siguió el curso del río Carcarañá, hacia el Noroeste. Esta tercera columna fue la única que volvió al fuerte: siete hombres que anduvieron doscientos cincuenta o trescientas leguas (mil cuatrocientos o mil setecientos kilómetros) durante tres meses. Volvieron y contaron maravillas. "...habían visto grandes riquezas de oro e plata e piedras preciosas", según surge de las declaraciones del propio César y sus soldados en Sevilla, cuando procesaron a Caboto por desobediencia.
A esta incursión de Francisco César, algunos autores la hacen llegar hasta el Nahuel Huapí y otros hasta el Perú, donde se habrían entrevistado con el Inca. Seguramente los pobres habrían vagado erráticamente, rendidos por el hambre y la fatiga, hasta toparse con la cordillera, donde los indígenas les habrían contado sobre la riqueza de los incas. Esas riquezas las atribuirían a esa ciudad maravillosa, la Ciudad Encantada, que pasaría a llamarse la Ciudad de los Césares, en honor a Francisco César y a sus valientes que la habrían descubierto. Esta aventura constituyó el núcleo original del mito de la Ciudad Encantada que fue ubicada desde las pampas y la cordillera, hasta la costa atlántica y la Patagonia austral.
Para avivar la leyenda, se agregaron los náufragos que habían quedado en la Patagonia tras las fallidas expediciones de Alcazaba, y del Obispo de Plasencia, y las ciudades que fundó Sarmiento de Gamboa.
Mas leña al fuego
Alcazaba intento poblar la Patagonia en 1534 dejando su vida y algunos náufragos en la zona. Años mas tarde la expedición del Obispo de Plasencia que intento cruzar el Estrecho de Magallanes dejó ciento cincuenta hombres refugiados en tierra, de los que nunca se supo más nada.
Lo mismo les ocurrió a los pobres pobladores de las dos ciudades que fundó Sarmiento de Gamboa en el estrecho, quien luego de fundarlas en 1584, las debe abandonar a su suerte. Había soldados y cincuenta y ocho colonos, trece mujeres, diez niños y veintiséis obreros. De ellos se habla aquí.
Según el imaginario estos pobres náufragos, que seguramente murieron de hambre o a manos de los indígenas, formaron parte de la Ciudad de los Césares; algunos dicen que fueron ellos quienes la fundaron. También se incluyó a los incas que huyeron de Cuzco después de la prisión de Atahualpa a manos de Pizarro.
Otros supuestos habitantes de la Ciudad Encantada fueron los pobres habitantes de la ciudad chilena de Osorno que tuvieron que huir hacia el sur, en 1599, perseguidos por los araucanos. Nunca más se supo de ellos; hasta 1790 no se vuelve a hablar de Osorno.
La búsqueda
Conquistados por todas estas historias, fueron muchos los españoles que partieron en expediciones en busca de la Ciudad Encantada de la Patagonia, desde 1576 hasta 1794.
Las expediciones más importantes y serias fueron la de Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), que salió de Buenos Aires en 1604, y la de Gerónimo Luis de Cabrera, desde Córdoba en 1622. Ambos buscan la ciudad a través de las pampas. El padre Mascardi y el padre Menéndez lo hacen desde Chile y atraviesan la cordillera de los Andes en su busca. Marcardi realiza dos viajes en 1670, otro en 1672 y el último en 1673, durante el cual pierde la vida. Menéndez realiza varios viajes entre 1783 y 1794, en busca de la mítica Ciudad de los Césares; fue el último viajero que la buscó. No se dio cuenta de que la ciudad que le mencionaban los indígenas era Carmen de Patagones, fundada en 1779 y desconocida del lado chileno.
La gente de los últimos tiempos del período colonial siguió creyendo en el mito, y los indígenas siguieron contando leyendas de ciudades encantadas en el fondo de los lagos, en lo alto de montañas, etc.
Gracias a este mito se recorrió y conquistó gran parte del territorio de la actual Argentina.
Para saber más
Domínguez, Manuel. El alma de la raza.
Fernández de Castillejo, Federico. La ilusión de la conquista. Atalaya. Buenos Aires, 1945.
Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Bue-nos Aires, 1980.
Gandía, Enrique. “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de Magallanes”. En: Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo II, capitulo III.
Gandía, Enrique de. Historia crítica de los mitos de la conquista de América.
Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé, Buenos Aires, 1998.
Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.
Lozano, P. Pedro. Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1873.
Morales, Ernesto. La ciudad encantada de la Patagonia. Secretaría de Cultura de la Nación Teoría. Buenos Aires, 1994
martes, agosto 07, 2007
La Maldonada, desgracias en la primera Buenos Aires
Ya han visto los padecimientos que sufrieron los pobladores de la primera Buenos Aires. Muchos no pudieron tolerarlos, así como tampoco los malos tratos de los capitanes. Entonces deciden desertar de su deber de conquista-dores y partir en busca de una nueva vida a otro lado.
Una mujer española, no pudiendo soportar más el hambre ni los sufrimientos, decidió marcharse con los indíge-nas. No tenía nada que perder, o se moría de hambre en Buenos Aires, o la mataban los indígenas, pero tal vez és-tos la dejasen sobrevivir. Y como dice el cronista Ruy Díaz de Guzmán: “…tomando la costa arriba llegó cerca de la Punta Gorda en el Monte Grande (sur del Riachuelo); y por ser ya tarde buscó dónde albergarse, y topando con una cueva grande que hacía la barranca de la misma costa, y repentinamente topó con una fiera leona que estaba en doloroso parto…”. Según cuenta Díaz de Guzmán, la mujer se desmayó al instante del susto; la leona viendola como presa fácil acometió para atacarla, pero se arrepintió al ver que ni se preocupaba por su vida. La mujer al ver esa muestra de bondad, decidió ayudar a la leona en el parto, trayendo al mundo dos leoncillos. La española se quedó algunos días con ellos; la leona, aparte de alimentar a sus crías, lo hacía también con la famélica mujer.
Un día al salir de la cueva para tomar agua en la orilla del río, se topó con un grupo de indígenas. Inmediata-mente la tomaron prisionera y la llevaron a su morada. Uno de los ellos la tomó por esposa.
Tiempo después, uno de los capitanes de Mendoza estaba recorriendo la zona cuando al llegar al asentamiento indígena reconoció a la española y la llevó con él. Pero como todos sabían sobre la huida de esta mujer, se decidió castigarla por traición. Resolvieron echarla a las fieras. La condujeron hasta la orilla del río y la ataron desnuda a un árbol, para que las bestias le diesen el castigo merecido.
Éstas se fueron acercando por la noche, pero entre ellas también estaba la leona que había ayudado la española. Ésta al verla tan desguarnecida, se quedó y la defendió de los ataques de otras fieras, dándole calor cuando se alejaban. Así lo hizo durante tres días. Para entonces, el capitán mandó a unos soldados a ver qué quedaba de la española. Los soldados la encontraron viva y, con la leona y sus leoncillos a sus pies, la cual sin atacar a los españoles se corrió a un lado para que pudiesen llegar hasta el árbol. Desataron a la mujer y la llevaron a Buenos Aires. La leona daba bramidos de pena al ver alejarse a su bienhechora.
De esta manera, la española quedó libre de su sentencia, ya que ésta no había podido llevarse a cabo. Ruy Díaz de Guzmán, cronista, es el que nos trajo esta historia, él dice en su libro “…la cual mujer yo la conocí y la llamaban la Maldonada, …”. Es una interesante historia que no pasa de ser una de las tantas que cuenta Ruy Díaz en su libro La Argentina, las cuales tienen más de leyenda que de verdad.
Esta historia dio origen al nombre del arroyo Maldonado, que corre actualmente entubado y subterráneo a lo largo de la avenida Juan B. Justo, en barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires.
Para saber más
Guzmán, Ruy Diaz de. La Argentina. Emecé. Buenos Aires, 1998.
